Dibujo: D.Yzurieta

La Argentina Silvestre
Toda la naturaleza para descubrir


por Eduardo Haene


La Argentina ofrece múltiples posibilidades para los amantes de la naturaleza. A pesar de las grandes modificaciones operadas por el hombre, aún contamos con refugios de diverso tamaño donde hallar el esplendor de la vida silvestre en escenarios naturales poco alterados. Habrá que recorrer enormes distancias aunque, a veces, podremos descubrir pequeños santuarios hasta en los bordes de las grandes ciudades. Deberemos caminar por desiertos y selvas, aprender a descifrar cada paisaje que se nos presente, lleno de secretos interesantes para el naturalista.

Una reseña a vuelo de pájaro nos permitirá acercarnos a este mundo salvaje aún palpable en muchos rincones del país. Pero el entusiasmo por la aventura y la voluntad de descubrir la naturaleza no bastan para gozar en plenitud con este espectáculo que nos ofrece la vida silvestre. 
Hay que capacitarse para entender sus códigos y saber dónde y cómo identificar cada grupo biológico y estudiarlos. Afortunadamente existe un espacio alternativo: la Escuela Argentina de Naturalistas, el emprendimiento más original de Aves Argentinas. Antes de partir en este raudo vuelo, pongámonos de acuerdo en las escalas a realizar. En una simplificación importante, podemos dividir a los grandes tipos de naturaleza de la Argentina en cinco unidades: selvas, gran Chaco, Andes y estepa, bosques patagónicos y litoral marino. Son los equivalentes a los dominios biogeográficos.

Foto: Hernan Rodriguez Goñi

Foto: Hernan Rodriguez Goñi


Junglas de vida

Una maraña de plantas de 20 a 40 metros de altura. Adentro, sabemos, se esconde el mayor número de especies para una formación natural, en este caso de carácter subtropical. Se extienden en forma continua por las tres cuartas partes del centro y norte de Misiones y, en forma de parches, sobre los pisos intermedios de los faldeos orientales de las montañas del Noroeste Argentino, entre Salta y Jujuy hasta Catamarca.
Nos internamos en el monte y apenas empezamos a descubrir cierta diversidad vegetal. Un techo arbóreo en lo alto, plantas creciendo sobre las ramas, una multitud de troncos y un sotobosque sombrío, lleno de vegetales de hojas grandes y helechos. Varios pasos y casi no hay noticias de su fauna, que la sabemos muy rica, pero ahora entendemos que es esquiva y mimética. Está ahí, pero ¿cómo registrarla?
Para el estudio de cada grupo hay técnicas específicas. Por ejemplo, las aves selváticas demandan tener muy buen oído y estar más dispuestos a escucharlas que a verlas. Un grabador resulta imprescindible y luego un banco de sonidos donde contrastar cada uno de nuestros registros. Para las plantas, en cambio, la sola identificación de las especies es una tarea ardua, pues allí puede haber dos mil o más en cada localidad. A largo plazo, un herbario es siempre el método más seguro de contar con un listado completo de la flora, pero en una aproximación rápida se puede trabajar reconociendo los árboles y dar una idea de su abundancia relativa. En este último caso, las cortezas nos ofrecen el material más palpable de cada ejemplar, pues las flores y frutos están lejos (a más de 20 m de alto) y aparecen por temporadas. Aprender a reconocer por el tronco a los árboles de la selva constituye una tarea posible.

Gran Chaco
La extensa llanura chaco-pampeana que va desde el norte de la Argentina por el centro del territorio hasta el noreste de la Patagonia está ocupada por un tipo de naturaleza con ciertas características en común. Su versión más diversa y compleja la hallamos en el norte: el bosque chaqueño.

 Es el reino de los quebrachos y una riqueza sorprendente en los esteros y bañados, abundantes en la porción oriental. Más al sur estos bosques se continúan con una versión empobrecida, donde se mantiene el estrato arbóreo intermedio de los bosques chaqueños, ahora como componente principal. Es la patria de los algarrobos, el ñandubay y el caldén, que se ubican con bosques achaparrados y espinosos entre el Chaco y la Pampa bajo el nombre de Espinal. De estos bosques se desprenden otras unidades. Hacia el oeste árido, sólo se mantienen los arbustos, con las jarillas como elementos excluyentes. Por ser el dominio de los matorrales o "monte", tal la denominación criolla, se ha dado el nombre de Monte a esta subunidad. Y en la medida que el monte trepa por las serranías secas del noroeste del país surge la Prepuna, donde el cardón será la especie emblemática.Pero hacia el centro de la Argentina, el Chaco tiene una versión de clima templado-húmedo, donde quienes ganan posiciones son las hierbas: el pastizal pampeano. A tal punto, que allí originalmente no había ningún árbol.Si nos aprestamos a observar aves, en general tendremos buena visibilidad y sólo en los montes más espesos del Chaco deberemos recurrir a priorizar el oído.

Foto: A.Bosso

 Los mamíferos, como siempre, serán esquivos. En los desiertos, son uno de los grupos más comunes, representados por varias especies de roedores. Su estudio demandará trabajar con trampas pequeñas, dejarlas abiertas y con cebo durante la noche; una vez atrapados vivos se puede hacer su reconocimiento específico, pesaje, mediciones y, si se hizo un trampeo sistemático, obtener información de su abundancia relativa y uso de hábitat.

Otros desiertos
La cordillera de los Andes contiene en sus pisos superiores desiertos de altura con muchas especies exclusivas. Se trata de la Puna, una de las unidades ecológicas más singulares de América, y la alta montaña, ya vecina a las nieves eternas y pedregales sin vida. La escasez de agua disponible para los seres vivos está acentuada por la caída de precipitaciones en forma de nieve, la pendiente del terreno que facilita un escurrimiento rápido y los fuertes vientos, que ejercen una acción desecante muy importante.
En la Patagonia esta unidad se extiende a lo largo de la estepa hasta el borde del mar.
La apariencia de la vegetación tienen varias particularidades comunes a toda la unidad. Por ejemplo, el predominio de arbustos achaparrados, en cojín, espinosos y fuertes; los arroyos se tornan correntosos en las montañas, y tienen remansos a manera de grandes alfombras verdes, absorbentes, conocidos como vegas o ciénagas.
La fauna presenta adaptaciones sorprendentes a las rigurosas condiciones ambientales. El mayor herbívoro, el guanaco, es un ejemplo entre los animales silvestres de la unidad. Gran caminador, puede sobrevivir a las nevazones invernales con su denso pelaje y aprovechar las hierbas podándolas sin necesidad de matarlas, lo que permite su rebrote.
Para estudiar esta naturaleza tendremos que tomar muy en serio varias precauciones. En los cordillera la altura genera un cansancio adicional, "apunamiento" o "soroche", que demanda una aclimatación previa y cuidados extras para no sumar insolación y deshidratación. La magnifica visibilidad nos permitirá realizar muchas observaciones visuales y facilitar la fotografía de plantas y animales. Pero la vegetación achaparrada nos dará pocos sitios donde ocultarnos. Preparar refugios junto a las aguadas puede ser una forma de permitir el acercamiento a muchos animales ariscos de la montaña.

Paraísos patagónicos
Los bosques del sur constituyen la cuarta gran unidad ecológica terrestre de la Argentina. 
Tienen una antigua relación con otras formaciones arbóreas de Nueva Zelandia y zonas cercanas, con géneros comunes en ambos sectores como los Nothofagus, representado en América por la lenga, el coihue y el ñire, entre otros.
Exclusivos de la Argentina y Chile, resguardan un elenco de plantas y animales endémicos muy interesante. 
Se trata desde el huemul, un ciervo robusto, hasta el carpintero gigante, de típica figura: copete rojo erecto y cuerpo negro.La máxima expresión de estos bosques es la subunidad conocida como "selva valdiviana", típica de Chile que ingresa por ciertos pasos bajos de la cordillera hasta la Argentina. 
Allí podemos hallar más de veinte especies de árboles junto a lianas y epífitas. Por el contrario, el resto de los bosques andino patagónicos tienen pocas especies arbóreas predominantes, resultando frecuente los bosques 
puros.

Un litoral viviente

Foto: G.Gil

Toda la costa atlántica de la Argentina nos conecta con la última gran unidad natural del país: el litoral marino. Es el reino de una multitud de peces, moluscos y algas de diverso tipo.
Sobre las playas hallamos algunas de las máximas expresiones de la vida salvaje: enormes colonias reproductivas de aves y mamíferos marinos. Allí se concentran de a cientos gaviotas, gaviotines, pingüinos, lobos y elefantes marinos, ofreciendo un espectáculo muy vivaz. Incluso la ballena franca austral permanece durante unos meses cerca de las costas para aparearse y tener sus crías. Estos sitios son un lugar ideal para el estudio del comportamiento animal y la fotografía de animales silvestres.

Un balance preocupante
Pero ya intuimos que este panorama a vuelo de pájaro de la diversidad natural de la Argentina ve comprometido su futuro. Los sectores con suelo más fértil (el pastizal pampeano) fueron arados en toda su extensión; sólo se salvaron los lugares con piedras, las lagunas y los bajos arcillosos. Los bosques también se vieron afectados, extirpados por completo para instalar cultivos y degradados en diverso grado los restos en pie con extracción forestal y ganadería desmedida. Los desiertos, los dos tercios del territorio nacional, frágiles de por si, con algunas décadas de sobrepastoreo perdieron su capacidad productiva original y, los que se hallaban sobre médanos, se convirtieron en dunas en expansión.

En conjunto, el manejo inadecuado de los recursos causa uno de los mayores problemas de conservación. Por ejemplo, un cambio descontrolado de los paisajes silvestres por otros modificados (cultivos, pasturas y ciudades). En sí, lo grave es la falta de una planificación cuidadosa a nivel regional que permita contar con un mosaico equilibrado de parches salvajes y otros de uso intensivo.
El segundo gran factor de degradación es la contaminación de suelo, agua y aire, que no sólo afecta a la vida silvestre, sino también al hombre en forma directa.El tercer gran componente es la proliferación de especies exóticas. Se trata de plantas y animales provenientes de otras unidades naturales que pueden instalarse y criar en los ecosistemas nativos de una manera desmesurada ante la falta de controles naturales de su patria. El espacio y los recursos que aprovechan estos nuevos integrantes de nuestra flora y fauna promueve el desplazamiento de los elencos autóctonos, que siguen contando con sus controladores poblacionales.

Foto: Daniel Gomez

 El resultado: las especies foráneas exitosas invaden el lugar cambiando las condiciones de nuestros ambientes, lo que trae por resultado la retracción de muchas nativas que tienden a disminuir e incluso a extinguirse localmente. Cambia el paisaje, perdiéndose también un componente clave de nuestra identidad regional.
Un verdadero ejército avanza por todos los frentes. Son liebres y jabalíes europeos, cardos y mostacillas del viejo mundo, truchas y acacias norteamericanas, paraísos y ligustros asiáticos. A diferencia del uso inadecuado de los recursos y la contaminación, la invasión de especies exóticas no está reconocida como problema por la sociedad y, lo preocupante, no existen en el mundo formas eficaces de controlarla.


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