La cocina

Foto: S. Storni

La cocina, en los puestos de las montañas, es el lugar del encuentro, el diálogo, de la tarea domestica fundamental. Es naturalmente un lugar acogedor. Allí uno se informa de todas las novedades y acontecimientos importantes ocurridos en la región. Es siempre un lugar cálido, tanto en los comentarios como en su temperatura. 
Con la compañía del fuego, las conversaciones son largas y sin fin, más allá que la decisión propia de terminarlas. No hay límites de tiempo, no hay límites de horarios, no hay apuros, nada entorpece el diálogo, nada lo distrae y esta situación tan "rara" para esta época de apuros y prisas, tan especial, tan fuera de lo común es de una profundidad y de una importancia tal, que las conversaciones siempre son largas y pausadas, ricas e interesantes.

La tenue luz del fuego es suficiente como para verse tibiamente y la suficientemente escasa como para que las palabras adquieran la importancia que tienen. Nada se destaca ni distrae la atención y lo fundamental se concentra en lo que se dice y escucha. La simplicidad del mobiliario y de la arquitectura colaboran notablemente en la valoración de la conversación. Una mesa petiza, dos o tres sillas bajas, una serie de adobes o piedras con cueritos de ovejas o un pelero encima contra el suelo para sentarse, unos cuantos cacharros con agua, unas ollas negrísimas, un caño para avivar el fuego y nada más. El piso de tierra acepta sin incomodarse el vaso de vino que se derrama y esto, que normalmente en otra cocina seria un problema, aquí pasa inadvertido. De igual manera ocurre con el lavado de los platos sin la necesidad de una pileta o la borra del mate cocido en el fondo del jarro que termina en el piso de tierra con absoluta naturalidad o con los huesos pelados de la ex sopa son presa que siempre un perro en silencio espera con ansiedad. El techo negro y brillante de tantos años de humo tiene impregnado el mejor de los insecticidas ya que difícilmente se encuentre una alimaña en este ambiente de hollín y humareda permanente. Pero... muchas veces, muchísimas veces, este ambiente tan agradable y tan acogedor para unos resulta para quienes no están acostumbrados un suplicio, un sacrificio enorme y llorando como Magdalenas comentan: "como pueden aguantar el humo en los ojos!". "Esto es terrible!". "Como no se les ocurre hacer una campana para sacar este humo infernal!", sin pensar que por la campana se iría parte importante del calor. "Que hay que hacer para acostumbrarse?". "Cual sería la solución?", mientras los lugareños conversan, se ríen y realizan sus tareas sin tener en cuenta esta situación tan dramática para otros. Como nadie pregunta por respeto, nadie contesta la que no se pregunta y es así como viven dos realidades muy particulares y tan diferente una de otra en un mismo ambiente y en un mismo momento. Después de tantos años de recorrer las montañas y de experimentar esta realidad se descubre que la solución es tan simple y tan elemental como son simples y elementales las grandes soluciones de los grandes problemas. El humo, en las cocinas donde el fuego se hace con leña y donde normalmente tienen poca ventilación, siempre esta en contra el techo y baja hasta la altura de la puerta por donde se va. El secreto esta en sentarse por debajo de este nivel y de esta manera no tener instalada la cabeza en medio de la nube de humo. Han visto a un puestero alguna vez parado en la cocina?. Jamás!. La gente entra e inmediatamente se sienta. De esta manera su cabeza queda por debajo del humo y no tienen todos esos horribles problemas que tenemos nosotros hasta que nos "avivamos". Algunos tardamos mucho tiempo en darnos cuenta y el objetivo de este cuento es acortarles el camino a todos aquellos que lo lean ... de nada.

Moraleja: "Cuando a una cocina entras, rápidamente te sentas".


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