N°96

   

 
 
 

 

Pedaleando en el Techo del Mundo
Texto Y Fotos: Vanessa Barrera


Todo empezó en un viaje en bici que hice en Salta. Uno de los cicloturista habia estado en el Tibet el año anterior en una travesia organizada por Mariano Lorefice, quien tambien organizaba nuestro recorrido por los Valles Calchaquíes.
Ante la tíipica pregunta de si habíamos hecho algún otro viaje en bici, Raúl contó la travesía que había hecho en el Tibet, sin mayores detalles más que resaltar que había sido una experiencia que le contaría a sus nietos...


Yo escuchaba y seguro en algún lugar de mi conciencia quedó guardada toda esa "info". Tiempo después, cuando en noviembre del 2003 viví mi propia experiencia, comprobé que no era simple info, sino el relato de un anhelo que supe guardar muy bien.
¡Que suerte! Cumpliría el sueño de estar en el Techo del Mundo del modo que más me gusta: montada en una bici.
Llegué a Milán el 28 de octubre y mi equipaje giraba por diversos aeropuertos, y no me había llegado hasta el otro día. La bici nunca llegó, así que, desapego total de por medio, me compré otra bici, y el 29 de octubre partí desde Milán a Katmandú con un grupo de 34 italianos.
El recorrido propiamente dicho empezó en Lhasa, antigua capital del Tibet, centro administrativo y espiritual de esa región, donde se encuentra el Potala, residencia del Dalai Lama hasta el año '59. Ese año los chinos invaden el Tibet, se apropian del territorio, y el Lama emigra sin destino mas que escaparse de ellos.
Lhasa es una ciudad casi industrial, donde se muestra el destrozo que ha sufrido la cultura tibetana budista a raíz la ocupación amarilla.
Recorrimos el llamado "Camino de la Amistad", casi 1000 km que se iniciarían a 3.400 m a nivel del mar, hasta Katmandú, pasando por paso mítico paso, Pang-La, a 5.120 m ... Sí, en bici, y apunamos.
El Tibet es increíble; un desierto de roca, sin vegetación, sólo pequeños poblados de casas hechas de barro pintadas con cal y decoradas con bosta de yak (cuasi-vacas tibetanas) que las pegan en las paredes para que se sequen y usarlas luego como combustible.
¿El baño? Al natural. Buscá la roca mas grande y ahí encontrarás en W.C. Sí roca, porque árboles no existen. ¿Agua? Bueno, eso es más complicado. Sólo agua potabilizada por el organizador del grupo. ¿Duchas? Más complicado aún; pasamos casi seis dias sin ducharnos. No había ni ríos, ni riachos ni aldeas donde sacar agua, más que para asearte las manos y la cara, y estabas listo para el otro día.
Es increíble acampar en el medio de la nada y de repente ver aparecer los tibetanos desde la montaña que venían a ver quiénes eran esos extraterrestres vestidos de colores fuertes con ropa dry-fit. Ellos en cambio lucen trajes estilo koyas, con pecheras de colores rojos, piedras semipreciosas que decoran sus cabelleras trenzadas de vaya a saber cuántos años sin lavarse, y fajas de plata decoradas que sostienen sus extravagantes atuendos.
Qué casualidad que mi viaje había empezado en Salta. Creo que nada es casual en la vida. Me reencontré con los koyas del norte, sólo que hablan otro idioma y veneran otra imagen, pero sus facciones, su tez, su vestimenta y su modo de vivir coincide. Somos todos uno, pensé.
El último día en el Tibet hicimos camping libre antes del paso de Pang-La. Una aldea cercana de tres casas, un monasterio y algunas terrazas de cultivo (como era invierno, se mimetizaban con el árido terreno), me inspiraron para entrar en ese humilde monasterio. Quería llenarme de lo último que haría en el Tibet. Un monje me permitió pasar y la imagen del Buda me hizo retroceder y sentarme en el piso. ¿Qué pasa con esas imágenes? Se ven cargadas de energía, tienen vida, te miran... Me quedé con los ojos cerrados, sin tiempo, hasta que el monje me tocó el hombro señalándome la puerta. Le agradecí con una mirada de comunión con su religión. Él me regaló una lana de color rojo, símbolo de la unidad, y me dio a beber una infusión que tomé con placer. Al otro día cruzaríamos a Nepal para llegar a Katmandú, y me llevaba conmigo esas imágenes del Tibet: la foto de la cara sur del Everest vista desde le monasterio más alto, de Rong buk, y la experiencia de haber podido mínimamente vivir la devoción del pueblo tibetano a Buda.
Montados en la bici cruzamos a Nepal, en 70 km de diferencia y de descenso increíble. Entramos a un país verde, lleno de agua, ríos y terrazas cultivadas por donde quieras mirar.
Me sentía más a gusto con el paisaje y observaba la influencia hindú reflejada en la vestimenta y en las deidades. Luego me enteraría por el guía nepalí, que Nepal vive del turismo. La agricultura, segunda actividad de este pais, les sirve para alimentarse y comerciar con la India.
Llegamos a Katmandú por la tarde, luego de trepar 1.500 m bordenado los poblados a orillas de montañas aterrazadas custodiadas por la gran cadena montañosa de los Himalayas.
Buscar el hotel en Katmandú fue toda una odisea. Sortear porteadores, carritos de bici con turistas ávidos de nueva cultura, taxis llenos de estampas de dioses y ofrendas de flores, y por supuesto vacas, que por favor no las molestes porque todos te miran mal. Y por fin en el albergue sanos y salvos.
A los dos días tomamos un mini avión, arreado por los vientos que azotan a los Himalayas, y llegamos a Lukla para iniciar uno de los trekkings que ofrece el Parque Nacional de Sagarmatha. Seis días de duros desniveles para llegar a ver el Kala Pattar, montaña de una de 5.546 m, llena de ofrendas a los dioses, y el "CHOMOLUNGMA" o " SAGARMATHA ", diosa madre del mundo, o Everest, como lo quieran llamar. Observamos las caras norte y suroeste. Bordear el glaciar Khumbu, llegar al Kala Pattar después de 1.000 m de desnivel ininterrumpidos, y sentir que el Everest (8.850 m) no parece tan grande como dicen. Es que está rodeado por el Lhotse (8.501 m), el Nuptse (7.860 m), y bueno, sahumerio de por medio, banderas y piedras con ofrendas que nos rodeaban, habíamos cumplido el objetido de avistar el "techo del mundo".
Luego mi viaje terminó con un mini-retiro en un centro de meditación de la rama de Osho, cerca de Katmandú, que ayudó a seguir rompiendo mis estructuras, y a percibir que no me había equivocado. Y que, mi guardado anhelo de conocer la montaña más grande del mundo, lo habñia cumplido desde el corazón.