Transpatagonia

  Por Mariano Loreffice

Querer es poder
Unir los dos océanos por caminos y rutas no es difícil. Pero hacerlo cruzando los Andes por senderos y luego la Meseta de Somuncurá nos exigirá hacer camino al andar.

Comienza la aventura
Para la segunda edición de la travesía Transpatagonia, tenia preparada una sorpresa, quería hacer un cruce de los Andes diferente y sólo me faltaba encontrar a los audaces. Moni Nicola, del gimnasio Pacha de Venado Tuerto, me presentó un grupo que quería vivir una aventura y que lo que les sobraba era entusiasmo. A ellos se les sumaron algunos participantes más y quedó conformado un equipo de 10 ciclistas, muy diverso y desparejo, con gente que en un 90% no tenía nada de experiencia en travesías de estas características.

¿Quiénes están preparados?
Más fácil hubiera sido ir con ellos a alguna carrera de aventura, en donde llegado el caso, se podrían retirar de la prueba. Pero en esta ocasión no habría posibilidades de abandono: tendríamos que llegar o llegar. Durante los 3 días del cruce, quedaríamos sin vehículo de apoyo y sólo con la posibilidad de obtener eventual y limitada ayuda de algún poblador aislado. Cada uno tendría que pilotear su bicicleta por trabados senderos y cargarla por escarpadas subidas, con una mochila, bolsa de dormir y colchoneta.
Confiaba en que las etapas habían sido diagramadas como para que les quedara margen e incluso un día de descanso. La experiencia con otros grupos realizando travesías con características extremas, me había demostrado que tanto chicos, mujeres o veteranos, pueden.
Siempre aparecen casos destacables que sirven como un buen ejemplo para aquel que tiene una buena bici, entrena a diario y no se anima.
Creo que cualquiera, con un entrenamiento medio y ganas puede realizar las etapas. Lo fundamental son las ganas y no se puede hacer nada ante la desmotivacion de la persona más entrenada...

El héroe de la Patagonia
Mientras esperábamos la balsa para cruzar el lago Tagua Tagua, algunos descansaban, tomaban mate, sacaban fotos y contaban historias. Pero hubo alguien que juntaba basura. Para él la basura no era chilena: así como el medio ambiente, era de todos y debía ser juntada. Ese era el concepto conservacionista de Mariano Blatt.
Quien sabe si cruzaría la Patagonia... pero a su paso dejaría la huella invisible de quienes saben andar.

32 km en 14 hs!
En la región cordillerana patagonica, aún quedan pasos a Chile restringidos a todo vehículo motorizado. Hay muchas huellas y senderos que se pueden trasformar en un obstáculo infranqueable para todo aquel que no esté dispuesto a esforzarse.
Pero ¿para qué esforzarse habiendo caminos? La respuesta la tendrán todos aquellos que vivan la experiencia y se animen a llegar, aunque sea  empujando las bicis.
Para unir la aldea de Llanada Grande, en Chile, con el lago Puelo y el Bolsón, hay que descifrar una maraña de senderos que llevan a lugares de una belleza extraordinaria. Bordeando lagos, ríos y cruzando pequeñas pampitas se pueden encontrar pobladores que se describirían como habitantes del paraíso. Como premio a nuestro esfuerzo podríamos compartirlo con ellos.
En medio del bosque, cuando el cansancio se siente, y en donde la luz apenas atraviesa la tupida floresta, podés sentirte perdido... El sendero se hace tan estrecho que apenas puede pasar un peatón. La huella tan profunda y angosta, es una canaleta que labró el agua y apenas deja espacio para los pies. Las manos van ocupadas en empujar la bicicleta y en retirar las ramas para abrirnos  paso. La cuesta parece que llevara al cielo, interminable, nos obliga a resignarnos. Nuestra velocidad apenas alcanza el kilómetro en la hora. La distancia se transforma en un enigma y los cálculos de tiempo nos advierten que de día no llegamos... Por fin termina la subida, no alcanzamos el cielo y lo tenemos que adivinar por encima del eterno techo de vegetación de la selva valdiviana.
La bici, se transforma en un elemento de batalla que amigablemente abre la cortina de vegetación y nos permite deslizarnos en las bajadas, rumbo a lo desconocido. De una forma instintiva, como jamas lo habíamos hecho, disfrutamos del dominio de una bicicleta que en ese momento descubría el verdadero mountain bike. Jugamos, nos sentimos chicos y también nos caemos como tales.

Lógicamente los integrantes del grupo tenían habilidades dispares. Había quienes eran más fuertes en las subidas y quienes más hábiles en las bajadas. También teníamos a Dina, sobrecargada de peso y de cosas superfluas, como luego admitió ella y a Mario que se había olvidado la mochila!
Pero lo más importante era la gente y las buenas personas que constituían el grupo. Esto fue fundamental para formar un excelente equipo. No faltó quien le cediera a Mario una bolsa de dormir, ni quienes se quedaran atrás para ayudar a Dina, que por suerte no se fastidiaba ni perdía el buen humor.

En mi caso: cargaba dos alforjas laterales, un bolso superior y un trailer Halawa. Mi equipaje estaba constituido por elementos de auxilio y la comida para dos días de 11 personas. En las angostas canaletas, que a veces teníamos como camino y entre las piedras el trailer podía llegar a atascarse pero ahí estaban, serviciales para desatascarlo. Quien sabe de donde les salía la motivación... todos estaban cansados pero no dejaban de solidarizarse.
El dominio y el temple de cada uno se pusieron  a prueba. El dominio estrechamente ligado al coraje y a la prudencia en las bajadas. El temple: con la garra, la paciencia y la confianza en las inteminables cuestas minadas de rocas, en donde la bici se transforma en un lastre. Nos hubiéramos encontrado perdidos si perdíamos la confianza. Una prueba psicológica en donde casi todos debieron encontrar el poder de su fuerza interior.

Sin hoteles, hosterías, ni camping...
La primer noche la pasamos en la casa de una señora que amablemente nos brindó su comedor particular y cocina. No es que resultáramos entrometidos, pero qué mejor forma de conocer a la gente que incursionando en la propia casa!. La segunda noche nuestro anfitrión fue el bosque, que luego de andar un par de horas a oscuras se abrió, permitiéndonos vivaquear debajo de los árboles. El lugar y el tiempo eran excelentes, teníamos a nuestro costado un mirador por sobre 200 mt, del río Puelo y un charco de donde poder cargar agua. No nos faltaba nada, teníamos todo como para disfrutar de la Naturaleza “al natural”. Sobraba cansancio y el grupo se durmió enseguida. Con certeza: esa noche se les haría muy difícil soñar con algún lugar tan paradisíaco como en el que estábamos.

El horizonte esconde sorpresas.
En la Patagonia donde el aire es tan limpio, la vista avanza decenas de kilómetros por delante. El camino ondulado nos permite acceder a miradores sobre el final de cada cuesta. Podemos apreciar lejanos cerros y bordes mesetarios que se presentan como antiguos castillos. Motivantes figuras, generadoras de curiosidad, nos inspiran a llegar a ellas. A veces aparecen bajos que se podrían describir como enormes cráteres  con lagunas y ocasionales pobladores, que supieron descubrir su oasis. La meseta de Somuncurá (“piedra que suena” en mapuche), esta llena de estas lagunas y habitantes expertos de la vida patagónica, que en mi caso me generan mucha admiración.
El cielo es fantástico: a veces nos sorprende con curiosas nubes, que el viento contorsiona en figuras surrealistas. Los atardeceres son inigualables. Y nosotros pedaleando en ese filo del horizonte, en donde se une el cielo y la tierra... No podemos mas que sentirnos dichosos.

No se trata de sufrir...
En la segunda parte de la travesía hicimos desde El Bolsón a Pto. Madryn, cruzando la meseta de Somuncurá desde El Caín. Fueron 950 km a una media diaria de 120 km. El paisaje se tornó diferente: para algunos, un duro desierto en donde el sol los castigaba implacablemente. A pesar de que las huellas de las meseta eran duras, el grupo estaba muy bien mentalizado, contentos por haber superado la prueba del cruce, parecía que nada los detendría. Ahora nos acompañaba un minibus de apoyo y Hernán Roldán: chofer, cocinero y habilidoso en todo lo que hubiera que hacer. No estábamos solos y la camioneta podía tentar a todo aquel que no quisiera pedalear...
Antes de hacer el viaje había quedado de manifiesto que esta seria una travesía de placer que no habría porque torturarse y como servicio ofreceríamos el vehículo de apoyo con sus confortables lugares.
En ningún momento instamos a la gente a pedalear más allá de lo que consideramos apropiado, e incluso hasta les tuvimos que poner freno a algunos entusiasmados ciclistas. Hubo quienes estaban orgullosos por su desempeño y no podían creer lo que estaban logrando. Raúl como ejemplo para sus compañeros, conscientes de que hacía sólo unos meses que entrenaba y que no tenía antecedentes deportivos, lo atestiguaba. Mariano que tampoco tenía experiencia y otros más que realizaron su historia personal.
Como lo dice la nota al comienzo y la ya tan escuchada frase: “querer es poder” Primero está el querer, la fuente de motivación y luego el poder, viene solo...

Raúl dentro de su humildad nos dice: “...me da la impresión que no fui yo el que logré lo que logré, sino que alguien lo hizo por mí”.  Esto les da la pauta de que en ocasiones, a partir del querer, el poder viene solo. El esta oculto en todas las personas y a veces parece que obra milagros.


Los participantes
Dina Vilches: Un ejemplo. Con sus 57 juveniles años, era la única mujer de esta edición, la mayor del grupo y se había animado a dejar su confortable departamento de Palermo. Ya tenia algo de experiencia.
Mariano Blatt (18): 39 años menor que Dina, era el más joven del grupo y ostentaba un récord de 80 km en un día por los circuitos asfaltados de BS AS. ¿Podría completar la media de 120 km que deberíamos realizar en la Meseta Patagónica?
Raúl Widmer (49): Su récord de distancia tampoco superaba los 80 km y se puso a entrenar 2 meses antes, cuando se entero. Antes no pedaleaba ni era habitúe al deporte.
Rodolfo Paolini (51): Con un poco más de entrenamiento que Raúl, también debuta en la aventura.
Braulio de Ipola (52): Con la experiencia de haber realizado el Abra de Acay y cruzado el Himalaya.
Enrique Fasciolo (50): Junto con Braulio eran los dos únicos que ya habían completado travesías de este tipo. El participo en la edición 2000 al Abra del Acay.
Juan Cacciolatto (31): Bombero, bicicletero y duatleta. No le faltaba nada, especialmente entrenamiento y vocación de servicio.
Carlos Turdó (42): Ex campeón santafesino de ruta, sin nada de experiencia en travesías, resaltaba que nunca se había ido de su casa por tanto tiempo.

Mario Lartigau (45): Entrena en bici desde hace sólo un par de años. Humorista por naturaleza supo darle alegría al grupo.
Ricardo Maydana (36): Fue uno de los primeros en apuntarse y en entrenar a conciencia.

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