Febrero 2008    

 
 
 

COCHAMÓ
EVOLUCIÓN EN EL GUSTO DE UN ESCALADOR

Por Daniel Seelinger
escaladores@DanzaenPiedra.com

 Yosemite
Escalada y pubertad llegaron al mismo tiempo: 1989. No mucho más tarde mi primera novia y nuestro primer viaje de escalada.
Debby, mi compañera de secundaria de 17 años, ojos azules y cabello castaño claro, se sentó junto a mí en la camioneta Chevy y pasó su brazo sobre mi espalda mientras avanzábamos sobre la autopista 120 entrando a Valle Yosemite. Nuestras miradas se detuvieron y nos quedamos sin aliento frente a los imponentes El Capitán, Bridalveil Falls y Half Dome.
Todo era relativamente nuevo. Mi joven e inexperto gusto por un gran destino de escalada estaba en sus despertares, así como mi aún mayor inexperiencia en el gusto por las mujeres. En mi mente, solo se dibujaba la palabra Grande. Grandes paredes y grandes talles de corpiño. Este viaje, con suerte podría proveer los dos.
Exploración y maduréz llegaron alrededor de una década mas tarde: enero del 2001. Con algunos nuevos gustos adquiridos a través de mis andares de los últimos años, me encontré a cientos de kilómetros al sur, en Chile, sorteando un sendero más parecido a un barrial que a un camino, con mi equipo de escalada y camping en mi espalda. Silvina, una argentina de 1.52 m, delgada y ojos brillantes caminaba detras mío, también con una pesada mochila en su espalda. Nuestro destino: las paredes del Valle Cochamó, el Yosemite de Sudamérica. Esta vez estaba buscando consistencia. Largas, inescaladas rutas y relaciones que duraran más que un bloque de magnesio.
Luego de cinco horas de caminata, emergimos del bosque valdiviano e ingresamos en un espacio abierto cubierto de césped. Levanté mi mirada y en una vuelta de 360 grados me deleité con las vistas del cerro Trinidad, las cascadas, el cerro La Junta y otras paredes aún sin nombre. Es obvia la razón por la que otros visitantes han usado la palabra “Yosemite” en el mismo párrafo que “Cochamó”. Además de las paredes de mil metros de granito y las cascadas que las adornan, Cochamó también tiene un tranquilo río color turquesa que demarca el centro del valle, y grandes pampas para sentarse y avistar a los escaladores.
Ambos valles tenían características en común, de la misma forma en que ambos eran diferentes, al igual que los dos viajes y las dos relaciones sentimentales.
Lo que había definido como un gran destino con Debby era en parte por una razón social. Tenía tan poca experiencia propia que aceptaba como mío lo que otros decían acerca de Yosemite: que era el destino de escalada óptimo. Con respecto a Debby, era relativamente lo mismo. Eso fue hasta que la llevé a Yosemite conmigo.
Yosemite fue mi primer gran viaje con una novia donde compartía mi actividad favorita: la escalada. No sólo quería enganchar a Debby en el deporte, sino ser romántico con ella. Había planeado todo. Nadar desnudos en los piletones formados por las cascadas de Yosemite y más tarde una cena a la luz de las velas en nuestro camping junto a los boulders de Camp Four. Yosemite era una de las áreas naturales mas bellas. ¿Cómo no iba a salir todo a la perfección?
Tuvimos suerte de llegar. La pronunciada pendiente del Paso Tioga fue demasiado para el motor de mi camioneta que levantaba temperatura en forma continua. Yo no quería que nada arruine mi viaje perfecto, así que ignorando el problema del motor mantuve el pedal del acelerador a fondo. Llegamos hasta la entrada, pagué los u$s 5 (ahora son u$s 20), y aceleré. Un par de horas más tarde y dejando un sendero de humo a medida que avanzábamos, nos internábamos en el valle de Yosemite.
Finalmente ingresamos en el corazón del parque nacional más visitado de Norteamérica, con cuatro millones de turistas por año. El comienzo de los mil metros del impresionante El Capitán parecía levantarse justo al costado de la ruta, aunque en realidad se requiere una aproximación de veinte minutos para comenzar la escalada. Pude distinguir The Nose y ver varios grupos de escaladores en diferentes partes de los 31 largos. En medio de mis fantasías de escalada tuve que apretar el freno con ganas y esquivar para no chocar un auto blanco de alquiler detenido en el medio de la ruta mientras su conductor se asomaba por la ventanilla, filmadora en mano.
Entramos la camioneta casi sin funcionar en el taller mecánico. Entre sus hoteles cinco estrellas, rutas pavimentadas y shopping malls, hay además una cárcel y una corte para hacer más efectivos los reglamentos internos del parque.
La estimación del precio de los mecánicos para reparar el radiador estaba sobrevaluada, como la mayoría de los precios en el valle, pero pagar una grúa para volver a casa era más caro. Llené mi mochila con equipo de escalada y camping, dejé las preocupaciones de la camioneta atrás y me concentré en el próximo objetivo: asentar nuestro íntimo refugio en algún lugarcito perfecto de éste paraíso.
El famoso Camp Four estaba completo, así como cada uno de los sitios para acampar en el valle. Sólo debido a nuestro inconveniente con la camioneta no fuimos echados del valle y nos permitieron acampar por u$s 15 en un sitio de emergencia.
Rodeados de casas rodantes con familias enteras y jubilados, nuestro sitio no tenía ni privacidad ni mucho espacio que nos separara de los otros acampantes. Levantamos mi carpa súper liviana de dos personas, con el vestíbulo mirando hacia una casa rodante de siete metros de largo.
Cociné quesadillas en mi calentador al mismo tiempo que mis vecinos calentaban algo en su microondas. Tratando por todos los medios de mantener el romanticismo, le llené a Debby un vaso de vino Chardonnay que había robado de la casa de mis padres. Brindamos, comimos y nos metimos en la carpa.
Nos recostamos, apagué mi linterna y fijé mi vista en los reflejos de la cercana luz artificial que se filtraba a través de las paredes de la carpa. El sonido de los generadores dando electricidad a los vecinos y ocasionales llantos de niños taparon cualquier sonido de la naturaleza. ¿Dónde estaban los sonidos de las cascadas, el correr de las aguas de los ríos o al menos las canciones de fogón? Todo lo que quise oír en ese momento fue que un oso irrumpiera y destrozara la casa rodante vecina.
Al día siguiente escalamos y arrastré pared arriba a Debby unos cuantos largos de clásica fisura de dedos y manos. A medida que Debby raspaba sus piernas recién depiladas y enrojecían sus manos, su voz, antes suave, se iba transformando a frustrada, y se hacía más y más claro que el único que estaba enamorado de este deporte en esa cordada era yo. Abandonamos y partimos caminando a la turística Yosemite Falls. Nada fue como yo esperaba. Nuestras primeras 24 horas llegaron y se fueron sin dejar rastros de expectativas cumplidas.

Cochamó. Chile.

Luego de ese viaje a Yosemite, visité otros lugares en diferentes rincones del mundo y pasé por algunas otras relaciones sentimentales. Cada viaje y relación produjo cambios, madurez y evolución en mis gustos. Pero ninguno fue como ese primer viaje al Valle Cochamó con Silvina. Yo era mayor y quizás más inteligente en algunos aspectos. De todas formas ya debería haber aprendido a no soñar en un paraíso de escalada y perfecto romance de nuevo, pero por supuesto... lo hice. Cochamó ya tenía su estigma motivador del sueño: "El Yosemite de Sudamérica". También quería tener una romántica estadía con Silvina, pero de lo que no me tenía que preocupar por suerte era de enganchar a la guía de trekking en un deporte del que ella ya estaba enamorada.
Comparando los dos lugares, Yosemite tiene forma de “U”, mientras que Cochamó la de una “V”, con los lados verticales de una U encima de la V. En lugar de los pinos que llenan el valle de Yosemite, Cochamó está ocupado por el frondoso bosque valdiviano, que todavía alberga alerces (en peligro de extinción): gigantescos árboles del tipo de los norteamericanos red-wood.
La mayor diferencia era la ausencia de caminos para vehículos y de todo lo que usualmente traen consigo. Acá nuestras botas estaban continuamente siendo testeadas por los charcos, el barro y por resbaladizas rocas y troncos. Las cinco horas de caminata no son de las más fáciles, demandando a veces plena concentración en el arte de sortear obstáculos.
Una gran ventaja sobre Yosemite es no tener los cientos de regulaciones a respetar y los otros tantos guardaparques autoritarios asegurándose de que se cumplan. Yosemite es como un parque de policías. Es difícil conocer algún escalador que no haya tenido algun problemita con los guardaparques.
Dejamos atrás el denso bosque y cruzamos otra pampa. Eramos los únicos en el lugar. Las paredes de granito aparecieron a ambos lados, alguna con más de mil metros de altura y con 24 largos en su ruta más larga. En este rincón del paraíso, junto al río y bajo la sombra de un coihue, saqué de mi mochila la misma carpa que había usado años anteriores en el sitio de emergencia de Yosemite.
 Mientras terminábamos de armar campamento, comenzó a llover. Nos metimos en la carpa, comimos, leímos, reímos, nos acurrucamos y nos dejamos vencer por el sueño, mientras escuchábamos el sonido de las gotas golpeando la tela de la carpa, el rumor del la corriente del río, y la distante y constante caída de agua en las cascadas.
A la mañana siguiente, cuando salí de la carpa, las cascadas se habían transformado durante la noche. Ahora emanaban de las paredes como en una explosión. Los obvios sistemas de fisuras, antes secos, también se habían convertido en cascadas. Mientras las nubes comenzaban a disiparse, permitían a los rayos del sol penetrar la tierra. Los colores de los arco iris se arqueaban sobre el bosque y las paredes. Silvina salió de la carpa y pasó su brazo sobre mis hombros a la vez que fijaba su mirada al igual que la mía en el espectáculo de luz que la mañana nos regalaba.
Al día siguiente no vimos ni una nube. Caminamos hasta la base de Trinidad y armamos campamento junto a la pared de mil metros. Dimos un par de vueltas en las proximidades mirando paredes y escaladas. Líneas increibles aparecían en todos lados. La cantidad de fisuras y diedros parecían infinitos.
Cercana a la base de la pared agua cristalina emanaba y formaba en su camino atractivas piletas de un azul que reflejaba la luz de ese excelente día. Dejamos nuestra ropa en un costado y nos estiramos desnudos sobre las rocas, absorbiendo los rayos del sol y el calor de la roca; luego el agua fría de la cascada que cayó sobre nuestras cabezas como una gran ducha.
Finalmente escalamos. Mi primera impresión fue amarga. Lo que creí como un lindo sistema de fisuras se transformó en una realidad cerrada y llena de vegetación. ¿Dónde estaba la perfecta fisura de dedos con la que había soñado? Me empujé hacia arriba. Mi cuerpo limpio por el chapuzón en el agua azulina se llenó de tierra, y mis dedos se poblaron de espinitas por abrirme camino entre las matas. A la vez que mi frustración crecía mi comunicación con Silvina transitaba de alegre a malhumorada. De repente no estaba disfrutando mi adorado deporte. Abandonamos.
Si querés escalar en Yosemite, abrís la guía, elegís una ruta, leés como llegar y te vas a escalar. Todo está escrito, inclusive qué equipo necesitás y cómo es el descenso. En Cochamó en cambio, hay que descifrar los topos que hay de algunas rutas, hechos a mano por los escaladores con el papel y el lápiz que tenían a mano, y muchos dejados dentro de un frasco en la base de Trinidad, donde permanecieron por años.
La mayor diferencia entre la escalada de los dos valles yace en el equipo del escalador de Cochamó, especialmente para primeros ascensos. Aparte del equipo estándar, los escaladores tienden a llevar muchos beaks, dos juegos de micro empotradores, friends offset y algunas herramientas de jardinería. En algunas líneas la vegetación predomina, y no es exagerado tener a mano un machete para abrirse paso entre el bambú y el espeso bosque que bloquea la llegada a las paredes aún sin escalar.
Todas estas son las características que se pueden encontrar, pero de todos modos hay muchas fisuras limpias y armoniosas, especialmente a mayores alturas. Camp Farm, mi primera línea escalada en Cochamó, una ruta de 7 largos y grado 5.11d, consta en su mayoría de fisuras regulares y limpias, y escalable placa.
En Cochamó, el clima asegura un bosque verde y sano con más que suficientes precipitaciones: 1.200 a 3.000 mm de agua, comparados con los 970 mm de Yosemite. Los meses de verano, entre diciembre y marzo, son los menos húmedos. Febrero es normalmente el más seco, no habiendo recibido prácticamente precipitaciones en los últimos años. De todos modos, lluvia no es sinónimo de no escalada en Cochamó. Paredes Secas ofrece desplomadas rutas deportivas y algunas fisuras que permanecen secas aún cuando diluvia.

Amor latino en el Yosemite sudamericano

Desde ese viaje que hice con Debby, volví a Yosemite más de una decena de veces. Me encanta la variedad de escaladas, los numerosos clásicos, su historia, una divertida noche en Camp Four y la oportunidad de poder ver a un oso tratando de abrir un auto.
En Cochamó, el valle es el lugar donde disfruto de la vida cuando no escalo. Si quiero soledad, no hay prácticamente restricciones para acampar y un sinfín de privados piletones en el río. La escalada, cuando se encuentra, es fenomenal, y encontrarla se hace más y más fácil a medida que más rutas son establecidas cada año.
Es posible que Cochamó esté en el mismo estado en que Yosemite estaba hace 40 años, recientemente nacida y con ilimitado potencial de primeros ascensos. Espero que Cochamó, al igual que Yosemite, alcance su potencial como uno de los grandes destinos de escalada mundiales, pero que permanezca tranquilo y natural. La libertad que se vive en Cochamó permite dar rienda suelta a la pasión por la aventura.
Cuatro años después de mi primer viaje con Silvina, en diciembre del 2004, caminamos nuevamente el valle de Cochamó. Ésta vez con nuevos planes: abrir un refugio de escalada y empezar una nueva vida en ese hermoso lugar, quizás a pasar el resto de nuestras vidas allí. Nuestro refugio sería un campamento base para escaladores y otros haciendo treking en la zona.
De todos modos, a pesar de lo atractivo de nuestros planes, mi cabeza estaba en otro lado. Aunque habíamos caminado este sendero más de 20 veces desde que vinimos por primera vez, hoy era diferente a todas las veces anteriores. Silvina no llevaba una mochila, pero de todos modos, tenía un cuidado extra cuando cruzaba el río con caudal de verano. Lo que yo ahora buscaba en una mujer y un destino de escalada había evolucionado. Todavía soñaba con escalada y romance pero no hoy. Éste día el sueño no sólo me involucraba a mí, no sólo a Silvina, sino algo más importante, como un tercer punto completando un triángulo, o como las tres cumbres de Trinidad se levantaban sobre el valle. Continuamos río arriba. Miré nuevamente hacia atrás, hacia Silvina. Ella caminaba y se veía fuerte y decidida con sus ojos fijos en lo que teníamos por delante y su mente concentrada en el mismo sueño. Ella llevaba nuestro sueño, en su panza redondeada, una nueva vida, para ella, para mí y para el Valle Cochamó.

 

Argentinos abren vías largas en Cochamó.

Los argentinos hicieron numerosas primeras ascensiones en Cochamó, un valle chileno rodeado por paredes que alcanzan y superan los mil metros de altura.
En el verano 2005-2006 los barilochenses Ezequiel Manoni, Juan Pablo Manoni y Daniel Seeliger abrieron la vía más larga en libre del valle: "Bienvenidos a mi insomnio" de 20 largos, a 6b+. Sus 920 metros de granito escalan el cerro Trinidad. Empieza con unos largos de fisuras cerradas y termina con largos de clásicas fisuras de dedos y manos, y entre ellos placas y diedros bien protegidos y divertidos.
En el mismo cerro, el cordobés Valentín Barchi junto con el brasilero Jose Luis “Chiquinho” Hartmann, abrieron “Pegadito a la Pared": 7 largos a 6c+/A0. El largo de que todos hablan, el quinto, sigue 30 metros de una perfecta laja.
El porteño “Chino” Toaquín junto con dos catalanes les tocó mal tiempo, y sin embargo abrieron siete largos en una pared nueva, solo faltando unos largos para terminarla. También intentaron repetir la vía "Viaje a la Luna Creciente" 7c, 24 largos, 1.070 metros, pero en su tercer día en la pared tuvieron que bajar por la lluvia.
Ezequiel también abrió la vía más desplomada: "Casí Desmotivado", una 7b deportiva que sale de una cueva en Pared Seca, donde se puede escalar cuando llueve.

Para más información sobre la escalada en Cochamó: StoneDance.com.



ENCABEZADO: Refugio La Junta. Detrás las paredes Capicúa y La Junta.

Yosemite El Capitán.

 

Campamento en la base de la pared Pedra do Gorila, Cerro Trinidad. Foto Daniel Seeliger

Andy Hoyt en "Camp Farm". Foto Jens Richter.

 

El cordobés Valentín Barchi en "Pegadito a la Pared". Foto José Luis “Chiquinho” Hartmann.

El barilochense Ezequiel Manoni en un boulder. Foto Daniel Seeliger

Mapa.

Daniel Seelinger en “Agua de fuego”, en Paredes secas. Primer ascenso a la primer ruta deportiva: 5.12 a. Foto Patricio Gana.

Daniel Seeliger, Silvina Verdún y su perro Woody en el Refugio Cochamó.

La Vista del Cóndor. 5.11d/A3, en “Pedro do Gorila”. Foto Heli Gargitter.

Scott Thelen en el largo 20 de “Bienvenidos a mi insomnio”, 5.10d en la torre norte de Cerro Trinidad. Foto Sam Skrocke.


Daniel Seelinger en el 1er largo de la vía “Italiano”. Foto Silvina Verdún.

 

La Trinidad. Foto Daniel Seeliger.