Abusos del 
turismo
sobre reservas naturales

Como un trabajo hormiga, el público mal conducido en áreas naturales protegidas puede producir un notable deterioro del lugar, desmejorando la calidad del recurso. Analizar este efecto puede resultar una buena introducción para empezar a descifrar un caso concreto de impacto ambiental.
Por Eduardo H. Haene

La paulatina revalorización del estado de nuestro hábitat, ha incrementado no sólo la cantidad de personas que buscan un contacto más directo con la naturaleza, sino también un número mayor de formas de hacerlo. Como reflejo de ello el turismo no convencional convoca hoy una gama de posibilidades que van desde las remozadas actividades de campamento y contemplación de la naturaleza hasta grupos de supervivencia y aventura.
Planteada la inquietud, falta resolver donde canalizarla. Los lugares con bellezas naturales, aún agrestes y en muchos casos con un apoyo mínimo para el visitante, habitualmente se los puede hallar en reservas naturales. A tal punto puede llegar esta demanda, que se torna rentable aprovechar algunos establecimientos rurales con naturaleza agreste. Pero el contacto con el medio natural puede deparar algunos efectos contraproducentes.
Quienes diseñan los sectores para el acceso del turismo en una reserva buscan el mejor contacto con la naturaleza allí conservada de la manera menos traumática para la flora y fauna local. Aunque se intente minimizar, el impacto del visitante siempre ofrece la posibilidad de "incomodar" a las especies más susceptibles, que a la menor alteración abandonan ese lugar. Lo deseable, entonces, es centralizar los circuitos en determinados puntos, para mantener otras porciones del mismo bioma dentro de la reserva, pero con una conservación más estricta. Senderos de interpretación, carteles indicadores, folletería, instrucción y control con personal capacitado son algunos de los instrumentos utilizados para hacer efectiva esta idea, conscientes de que la perpetuación de toda unidad de conservación se logrará con la comprensión de su importancia por parte de la sociedad. Si se toman estos recaudos, la vivencia bien conducida resulta una tarea positiva, que debe aportarle al visitante un conocimiento impactante mediante la observación propia.
Para comprender en toda su magnitud este tema, del cual todos seguramente hemos sido testigo en alguna oportunidad, podemos empezar a analizarlo desde una base ecológica sencilla. Supongamos que la naturaleza de un sitio conforma un sistema con diversos componentes interrelacionados. Y este sistema "funciona" de una manera óptima con la mínima intervención humana, situación esta que nos servirá de marco de referencia inicial para entender como debe ser teóricamente una reserva natural. A partir de este planteo, podemos considerar que la interacción del visitante temporario puede actuar de tres maneras diferentes: "modificadora", "extractiva" y "contaminante". En el primer caso el sistema cambia digamos la "calidad" o el orden de alguno de sus componentes; en el segundo, en cambio, pierde (sale del sistema) alguno de ellos. En el tercer caso, se le agregan componentes que no le son propios (exógenos).

Los cambios innecesarios
Hay muchos ejemplos del efecto de la sumatoria de cambios pequeños en la naturaleza efectuados inconscientemente por los humanos. Estos fenómenos se observan en los sectores de la reservas con un público que excede su capacidad de carga.
Casos frecuentes son arrojar una piedra a un pájaro que se nos muestra, dañar un hormiguero, pisar un "bicho" (sea cual sea), cambiar de lugar piedras o troncos caídos (microhábitat para numerosos seres vivos) y aplastar plantas frágiles, entre otros.
El resultado de esta agresión resulta más nocivo si se realiza sobre aquellas porciones que son de fácil observación para el visitante, los senderos por ejemplo. Le restan atractivos al área, "afean el lugar" y suman otro motivo para desvalorizar una naturaleza que nos cuesta entender.


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