Cho Oyu 2002
Texto y fotos: Dario Bracali


Descripción de la Montaña y de la Ruta
El Cho Oyu es la sexta montaña más alta del mundo con 8.201 msnm y se encuentra ubicada sobre la línea E-O de máximas alturas que determina el límite internacional entre Nepal y Tíbet, hoy provincia de China, en plena cordillera del Himalaya. La ruta normal, por la cual asciende la inmensa mayoría de las expediciones que visitan la montaña, recorre su cara NO, enteramente por territorio tibetano. Muy cerca al O del Cho Oyu se alza el Nangpa-La o Khumbu-La, un collado glacial de 5.700 m de altura que es tradicionalmente utilizado por nepalíes y tibetanos con fines comerciales. Al S de este paso se extiende la región del Khumbu, patria de los famosos sherpas, pueblo de origen tibetano que migró hace unos quinientos años a esta zona. Hasta hace poco tiempo era habitual para las expediciones aproximarse por el lado nepalí y cruzar el Nangpa-La -con o sin conocimiento de los chinos- antes de hacer la ruta normal. Hoy los chinos otorgan un permiso a través del Club Montañista Chino y se accede a la montaña desde el pueblo de Tingri, al N en el altiplano tibetano. En nuestro caso éste costó u$s 2.200 por persona, pero esto es muy variable.
El nombre Cho Oyu se traduce habitualmente como "La Diosa de las Turquesas". Su primer ascenso tuvo lugar en 1954 por parte de dos austríacos y un sherpa, en el contexto de una expedición de carácter notablemente alpino para los cánones de la época. Herbert Tichy, uno de ellos, lo narra en el libro "Cho Oyu", que en castellano ha sido editado por Timún Mas. En las librerías de Kathmandu se consigue una guía de ascensos por la zona de Jan Kielkowski, titulada "Cho Oyu Himal".

El llamado Campo Base, hasta donde llegan los vehículos, se halla a 4.860 msnm en una apertura del valle del río Ra, unas dos horas al S de Tingri. Desde aquí un sendero, la ruta habitual de las caravanas de yaks que todas las semanas cruzan el paso en camino a la feria de Namche Bazaar, sigue en dirección S por un vallecito aledaño al principal. Al pie del Nangpa-La el glaciar que de él baja confluye con el Gyabrag, el cual viene del Cho Oyu, al SE. Justo al N de la confluencia, en las morrenas que separan al hielo de la pedregosa ladera del Pc. Dzapowa Ri y a una altura de 5700 metros se encuentra el Campo Base Avanzado, el cual cuenta con agua -hervirla- y una vista privilegiada del cerro. Hasta aquí se accede normalmente en dos jornadas de marcha. La noche se hace en el llamado Campamento Intermedio, a 5380 metros de altura.
Del CBA se sigue en dirección SE, remontando las morrenas del irregular valle, hasta llegar al pie de las estribaciones más occidentales del Cho Oyu, donde dos glaciares confluyen para formar el Gyabrag. Se continúa por la margen oriental del de la derecha (S), hasta que se toma un empinado vallecito proveniente del E. Pronto se accede a un valle de altura ya en pleno Cho Oyu, a 6000 metros y donde es posible acampar (también hay agua). Un acarreo de fuerte pendiente lleva hasta el Campo 1, instalado justo sobre un filo a 6400 msnm.

Hacia arriba comienza el ascenso en glaciar. Un filo de pendiente variable que sube en dirección a la cumbre (E y luego SE) conduce hasta la cascada de seracs, la primera dificultad técnica de la montaña. Esta cambia todos los años con la nieve y el movimiento del glaciar, pero básicamente es un tramo de unos 50 metros de desnivel con una inclinación que va de los 40 a los 70 grados. El hielo es muy bueno y, si bien hay cuerdas fijas, no ofrece mayores dificultades. Sigue un tramo plano y luego otro técnico -éste obviable mediante un rodeo hacia la derecha-, de menor inclinación pero peor calidad de hielo. Finalmente por un sector suave del glaciar se sigue un recorrido que rodea contra las agujas del reloj una escabrosa masa de seracs hasta alcanzar un pequeño plano en el hielo a 7.040 msnm, donde se asienta el Campo 2.

Encima del C2 se extiende por unos 300 metros una pendiente de acarreo habitualmente cubierto de nieve. A continuación se llega a un espolón de escasa inclinación que por abajo se hunde en el acarreo y por arriba se funde en el escalón rocoso que separa las partes altas del resto de la montaña. Sobre el filo, en unas terrazas a una altura de 7.500 m, se instala el Campo 3. Desde allí la cumbre parece al alcance de la mano, pero aún restan unas siete horas de marcha.
Unos cien metros por encima del C3 se encuentra la famosa Banda Amarilla, un tramo de roca de unos 20 metros de altura, 5 de los cuales son casi verticales, aunque con numerosas y muy buenas tomas. Tras ello un couloir de 50 grados permite un rápido ascenso. Existe, sin embargo, una alternativa a este tramo : unos 300 m a la izquierda se abre una brecha en el escalón, implicando una travesía por debajo y otra por encima del mismo pero evitando las dificultades técnicas. Un pedrero que sigue al couloir o a la travesía superior lleva a un perpetuo nevé lenticular, que es lo único blanco que queda en la alta cara NO de la montaña tras un día de viento. Este implica un ascenso inicial de unos 45 grados por buena nieve y, tras un giro a la izquierda, una marcha fácil hasta un sector rocoso de balconcitos paralelos que conducen hasta el inmenso plateau cumbrero. Aquí resta ascender poco más de 100 m de desnivel, pero la distancia es importante y el viento no tiene freno. El terreno se compone de sucesivas lomitas, cada una apenas más alta que la anterior, que van limitando la visibilidad a unos pocos metros. A la izquierda una punta nevada llamada la Aleta del Tiburón aparece alta, advirtiendo acerca del desnivel que falta superar. El suelo vuelve a presentarse nevado y la pendiente es mínima. Pasa el tiempo con los pasos hasta que de pronto el paisaje se abre y tras un vasto plano aparecen otras montañas, entre las cuales destaca el Everest. Un cúmulo de banderas de oración retorcidas y congeladas se alzan en un punto indistinto. Y 100 m más allá una lomita, apenas más alta, detrás de la cual la montaña vuelve a bajar. Es la cumbre del Cho Oyu.

Experiencia Personal
A mediados de marzo del 2002 apareció en mi casilla de correo un mensaje de mi amigo español Luis Aguero que me informaba que salía en expedición al Cho Oyu en tres semanas con su amigo Martín Ramos y me invitaban a participar. Por esas cosas de la vida yo tenía los ahorros en dólares en un sobre, como esperando tal oportunidad. Seríamos tres, y ellos se encargarían completamente del tema burocrático. Veinte días más tarde nos encontrábamos en Amsterdam, camino a Kathmandu. Mientras esperábamos el permiso chino discutimos las estrategias de ascenso y, debido a algunas diferencias entre mis ideas y su enfoque particular y la tradición himalayesca en general, decidimos que básicamente yo iría por las mías. Así es que si bien compartimos varios campamentos, a excepción de la mitad del primer día y de unas horas del de cumbre, durante toda la expedición me moví solo.
El 21 de abril comenzamos la marcha. Remontando el valle del Ra durante dos días alcanzamos el CBA. Tras un día de aclimatación instalamos el Campo 1 y volvimos al CBA. Siguieron unos días de mal clima y el 27 de abril iniciamos el ascenso, que en mi caso creía definitivo mientras que los chicos planeaban volver a bajar. Tras dormir en el C1 ingresamos al glaciar. Ellos ya habían bajado tras instalar su Campo 2 y yo estaba en el segundo escalón de hielo, unos 100 metros más abajo, cuando una bruta tormenta me obligó a depositar mi carpa en una grieta y volver navegando el viento blanco con mi GPS. Dormimos en el C1 y al día siguiente me quedé allí solo. Planeaba comenzar mi ascenso final la próxima jornada, pero el clima fue pésimo y no tuve más chance que bajar al CBA. Allí estuvimos dos días a la espera de una mejoría en las condiciones meteorológicas. Luis y Martín pensaban lanzar su ataque a la cumbre desde el Campo 2 y yo creía mejor hacerlo desde el 3. Así, planificamos que yo subiría un día adelante de ellos, con la intención de procurar coincidir en nuestro intento de cumbre.

El 2 de mayo inicié una vez más mi ascenso, yendo de nuevo hasta el C1. La actividad en la montaña se hallaba como congelada tras la tormenta, y así es que estaba absolutamente solo. El día siguiente amaneció bueno y seguí hacia arriba, una vez más en compañía únicamente del viento. Tras recoger mi carpa alcancé el C2. Comenzaba a nevar y descubrí que la carpa que instalaran los chicos unos días antes había sido destruída. Opté por usurpar alguna de las abandonadas en vez de ponerme a armar la mía. La única en condiciones era una VE 25 de unos checos. Entré huyendo del viento blanco. El suelo de la carpa estaba encharcado y cubierto de desperdicios entre los cuales destacaba una especie de orujo de baya de olor inimitable. Me tuve que poner a limpiar sentado encima de la mochila. Estaba a punto de pasar la primera noche de mi vida a una altura superior a la de la cumbre del Aconcagua, de okupa y dedicado a una actividad insólita. Terminada la faena me puse a derretir agua. Pasaron los otros ocupantes del campamento.

¿One member?
One member.

¿No sherpas?
No sherpas.

¡Uuuhhh!

Vino la noche y luego otra vez el día. El clima era bueno otra vez. Dejé la Apestosa y a mi aire subí hasta el C3. Mi paso era la unidad de medida del tiempo. Cuando llegué al campamento el sol tenía aún mucho por andar ese día. Sobre una plataforma y en completa soledad alcé mi carpita, debiendo hacer uso de algunas creativas estrategias para contrarrestar el accionar del viento. Luego saqué unas fotos, hice agua, cociné, cené y preparé la mochila. Ya de noche me puse la ropa que usaría al día siguiente y, contra todos los pronósticos, me dormí como un bebé.
A las 4 AM del 5 de mayo sonó el despertador. Me sentía congestionado, producto de algún frío que había tomado al cambiarme. La noche helada y ventosa recomendaba esperar. Dos horas más tarde oí unos ruidos y al salir me encontré con Luis y Martín, que venían con otro español y dos rusos. Tras saludarnos bajamos las linternas y comenzamos a ganar altura. Con los minutos fuí mejorando y cuando por fin nos dió la luz del sol y me pude sacar las n capas de abrigo que había puesto sobre mi cara me sentí muy bien. Por otro lado mis piernas funcionaban sin problemas y logré mantener un buen ritmo, casi sin descansos. Martín, tras pasar cual exhalación colgado de las cuerdas fijas de la Banda Amarilla mientras nosotros la trepábamos usándolas sólo como seguros, se adelantó y los otros se atrasaron, excepto uno de los rusos que perdí de vista. Promediando los balconcitos rocosos miré hacia atrás: los tres habían pegado la vuelta. Seguí maquinizado y accedí al plateau somital. Las lomitas se fueron sucediendo sin pausa. El viento fue amainando de a poco. De pronto apareció Martín que bajaba de la cumbre. Cruzamos unas palabras y cada uno siguió su rumbo. Continué hacia arriba y súbitamente apareció ante mí un vasto plano con un mar de montañas de telón de fondo. Eran las 13:00 hs. Junto a un monolito compuesto por una cantidad indeterminada de banderas de oración retorcidas y congeladas un hombre se hallaba sentado inmóvil con la cara entre sus manos en una forma de nieve volada. De pronto me oyó llegar y movió su cabeza, descartando en la mía la hipótesis de la momia cumbrera. Verme y pararse haciendo amplios movimientos fue una sola cosa. Era el ruso restante, de nombre Andrei Volkov. Nos abrazamos con emoción, gritándonos no sé que cosa. Luego nos sentamos, me quité la mochila y cambié el rollo de mi cámara de fotos. A cien metros un bastón telescópico en el ápice de una loma apenas más alta que las otras indicaba el punto más alto de la montaña. Andrei ya había ido hasta allí y me esperaría mientras yo hacía otro tanto. Desde la cumbre del Cho Oyu saqué un fotográfico 360° y luego simplemente disfruté. Me rodeaba el Himalaya y hacia todos lados había buena visibilidad excepto hacia el SE, donde una inmensa nube de desarrollo vertical mantenía oculto al Everest. Tras 45 minutos de cumbre tocó bajar. En el nevé nos cruzamos con tres españoles que iban a por una cumbre vespertina y luego Andrei se adelantó. A media tarde estaba de vuelta en mi carpita. Me hidraté bien, cené y otra vez a dormir profundamente. A las 3 AM me despertaron los españoles que venían bajando deshidratados. Encendí el calentador y se tomaron unos tragos. Luego siguieron hacia abajo y yo volví a mis sueños.
Al otro día desperté satisfecho y me preparé un relajado desayuno. Afuera reinaba el viento. Tras reptar fuera de la carpa me agaché y saqué la primera piedra de su interior. Cuando, media hora más tarde, até mi carpa al lateral de la mochila, acababa de culminar uno de los trabajos más cansadores de mi vida. Luego bajé hasta el C2, donde una tormenta aconsejó volver a usurpar una carpa y continuar con el descenso al día siguiente. Entre las carpas un sherpa cocinaba arroz. Me invitó a almorzar y fue memorable. Luego sacó una gran bolsa azul de su mochila y me dijo que me sirviera lo que quisiera. Me comí dos latas de almejas "chicken of the seas" casi sin respirar, seguidas de otras delicatessen. Por la noche pagué estos desarreglos con una urgencia intestinal que tuve que resolver de apuro en el ábside. Evidentemente este sitio me predisponía a las actividades más insólitas.

El siguiente día resultó espléndido y bajé hasta el C1. Tras desmontarlo seguí al CBA. Al día siguiente me robarían de mi carpa una bolsa conteniendo plata, documentos y el irrecuperable rollo de fotos tomado durante el ascenso del C1 hasta justo antes de la cumbre. Habría de bajar a toda velocidad a orientar al oficial de enlace en la supuesta investigación, pero todo eso no viene a cuento en esta historia de montaña.

Día a día
Si bien los permisos para ascender al Cho-Oyu normalmente son de unos 60 días, también se puede hacer de este modo:

21/4/02 (Día 1) : Ascenso del Campo Base (4860) al Campo Intermedio (5380)
22/4/02 (Día 2) : Ascenso del Campo Intermedio al C. Base Avanzado (5700)
23/4/02 (Día 3) : Aclimatación y exploración en CBA
24/4/02 (Día 4) : Instalación Campo 1 (6400). Noche en CBA
25/4/02 (Día 5) : Aclimatación y descanso en CBA
26/4/02 (Día 6) : Tormenta pospone salida hacia arriba. Huevo en CBA
27/4/02 (Día 7) : Ascenso del CBA al C1
28/4/02 (Día 8) : Instalación Campo 2 (7040). Noche en C1
29/4/02 (Día 9) : Aclimatación en C1
30/4/02 (Día 10) : Tormenta pospone ascenso a C2 y obliga a descenso a CBA
1/5/02 (Día 11) : Mal clima. Descanso obligado en CBA
2/5/02 (Día 12) : Ascenso del CBA al C1
3/5/02 (Día 13) : Ascenso del C1 al C2
4/5/02 (Día 14) : Ascenso del C2 al C3 (7500)
5/5/02 (Día 15) : Cumbre Mt. Cho Oyu (8201). Noche en C3
6/5/02 (Día 16) : Descenso del C3 al C2. Tormenta aconseja noche en C2
7/5/20 (Día 17) : Descenso del C2 al CBA
8/5/20 (Día 18) : Descanso (y robo) en CBA
9/5/02 (Día 19) : Descenso del CBA al CB

El montañismo actual en el Himalaya
Subir un ochomil no es como subir una montaña de los Andes. Abstracción hecha del tema de la altura, existen otras cuestiones que convierten a ésta en una actividad aparte. Las diferencias comienzan en la ciudad : permisos que cuestan una fortuna y una burocracia interminable (y tanto más si el destino de uno es China). Ya en la montaña uno comprende el significado del rótulo Expedición : toneladas de equipo "necesario" para montar un campamento base cuasi urbano que permite "asediar" la montaña durante largo tiempo, subiendo y bajando para ello de sus laderas cuantas veces sea necesario. Toda esta infraestructura supone una caravana de yaks y, para los más ortodoxos, lujos que van desde porteadores de altura que instalan campamentos donde sea hasta campos base con grupo electrógeno, luz, música, teléfono e internet. Y esto no es percibido, excepto por las "elites", como un estilo preferible sobre otros sino como la única opción.
"No se puede subir un ochomil de otro modo" me dijeron. Aún cuando en el Cho Oyu el CBA se halla a una altura en la cual no hay confort que detenga el proceso de deterioro del cuerpo, y las largas estadías en él resultan indudablemente contraproducentes a pesar de la contraria ilusión generalizada. Y se debe considerar además que del lado tibetano las aproximaciones no son de más de dos o tres días.

"Y...pero tenés que aclimatar en el CBA sin cocinero..."
"Tres o cuatro días en una (carpa) North Face ¡Qué espanto!"
"Y...pero tenés que montar y desmontar tus campamentos..."

Te invito a los Andes. Subir un ochomil se ha convertido, en definitiva, en un ejercicio para aristócratas de la montaña, que no pueden vivir 20 días sin cocinero.

Esta filosofía genera campamentos que parecen ciudades, enormes basurales y contaminación de todo tipo, comenzando por la de la experiencia. Se altera en definitiva la esencia del deporte, aquella de llegar donde quiero ir por mis propios medios y llevando lo mío, que me cuesta y por ende lo valoro y debe ser no más que lo indispensable. Quizás el único ejemplo de algo parecido a esto que describo en nuestras montañas sea el Aconcagua. Quizás quien esté leyendo esto se pregunte: "¿Y éste qué es, un talibán del purismo montañístico? Sólo soy un tipo hecho a andar por los Andes salvajes shockeado por la experiencia de ver los Himalayas domesticados.

Y todo esto afecta también la libertad de decisión. Las montañas en general ofrecen una "línea natural", por donde ascenderlas resulta más simple y directo. Allí se constituyen habitualmente las rutas normales. Estas en los ochomiles están tapizadas de cuerdas fijas. Es decir que para ascender a una cumbre hace falta sólo un par de buenas piernas y saber jumarear. No es necesario "pensar" la montaña, no importa la calidad del ascenso, sólo basta bajar la cabeza y seguir como un cordero un recorrido diseñado por otros. Y, si bien en su gran mayoría las cuerdas pueden ser simplemente evitadas e ignoradas, excepto desde el punto de vista de la polución visual, existen ciertos pasos en donde o se las utiliza o se las pasa por encima. E intentar ignorarlas no siempre resulta agradable a la corriente de gente que por ellas se desplaza. "Ayer un imbécil subió en piolet tracción el serac y me tuvo 15 minutos esperando abajo", me comentaron. El imbécil era yo. Todo esto dejando de lado el hecho de que una de las mayores causas de accidentes en el Himalaya son las caídas de (con) cuerdas fijas viejas o mal colocadas. Para evitar estas "facilidades" la única alternativa son las nuevas rutas, las caras inhóspitas, las temporadas más hostiles. Y eso, naturalmente, queda reservado para quien ya conoce cómo su cuerpo funciona a esa altura y está dispuesto a la soberbia de ignorar la vía natural que ofrece la montaña.

Es decir que la cosa funciona así: el primero que llega disfruta de la libertad de subir el cerro a su aire, pero como la lógica incuestionable del "asedio" lo impulsa a instalar enormes campamentos y kilómetros de cuerdas fijas, precisa de un ejército de yaks y porteadores. Para quien quiera subir estas montañas en estilo puramente alpino no hay lugar en sus rutas normales en las épocas más razonables. Son hermosos cerros cuyo interés ha sido menoscabado por el negocio de lo masivo. Yo no soy un gran lector de temas de montaña, y creía que el estilo de las grandes expediciones de la década del ‘50 había caducado en favor de ascensos de estilo más alpino. No es así. Una forma comercial de la gran expedición es lo que está en boga, y goza de una salud inmejorable dada la concepción de incuestionable que tiene a ojos de la enorme mayoría de los montañistas que van por allá. Esto naturalmente facilita que mucha gente no preparada acceda a la montaña, con la ya conocida alta tasa de accidentes -los cuales también en muchas oportunidades alteran la experiencia propia-. Pero por otro lado no implica que el ratio de gente que hace cumbre sea igualmente alto. Es decir que este estilo facilita que mucha gente ande por la montaña, no que mucha haga cumbre. A modo de ejemplo, durante el tiempo que nosotros estuvimos allí había 200 montañistas en el cerro, y cuando nos fuimos sólo 13 habíamos hecho cumbre. La otra cara de la moneda son los "esponsoreados" : no pueden fallar, lo único que importa es la foto en la cumbre; casi no disfrutan y como todo vale contribuyen en gran parte a la polución.

Yo, invitado a una expedición ya organizada, fuí en parte víctima de este confortable estilo. En principio intenté sin éxito apostar un dinero que no tenía a que era posible subir una montaña como el Cho Oyu desde el vehículo sin apoyo alguno, quizás debiendo hacer un porteo al CBA. Luego, a decir verdad, tuve la posibilidad de mantener mi independencia y no contratar yaks ni porteadores, pasar de las cuerdas fijas (o en casos extremos utilizarlas sólo como seguro) y minimizar al máximo las idas y vueltas entre el C1 y el CBA, así como el tiempo de permanencia en ese campamento. Sin embargo, dado que habíamos comprado toda la comida de base en conjunto y ellos habían contratado tal servicio, tuve que someterme al falso confort de la carpa cocina/comedor en el CBA. Eticamente no es ni mejor ni peor que un refugio, pero genera una serie de inconvenientes que, al menos desde mi punto de vista, daban al tema un balance negativo. No obstante, para ser justo, nada de esto era grave. Más molestaban los basurales, los despojos de cuerdas fijas, el robo de equipos y bienes, el negocio omnipresente y determinante.

Subir el Cho Oyu por su ruta normal en el post-monzón no es en estos días un logro del montañismo ni mucho menos. Fue sólo tener una oportunidad. De hecho muchos montañistas argentinos no lo han subido simplemente porque no la han tenido. Cuando me preguntan si vale la pena ir hasta allá, contesto que en Argentina tenemos 5000 kilómetros de Andes, de los cuales el 90% está esperando ser descubierto. No hay basura ni amontonamientos ni polución. Sin embargo ahora yo iría al Everest. Eso sí, me gustaría hacer algo diferente.

Mayo de 2003: Diez escaladores alemanes de una expedición alemana en el Cho-Oyu murieron de una vez. Es el mayor accidente fatal a 8.000 msnm en 31 años. En 1972 quince escaladores murieron en una avalancha en el Manaslu: 10 sherpas, 1 japónés y 4 coreanos.

Fuente: Barrabes.com. Atención: aventurarse.com


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