Tupungato
Cara sur en solitario
Texto y fotos: Leonardo Rodríguez


Mi amor por este cerro nació desde la primera vez que lo vi, hace ya varios años cuando, tímidamente, daba mis primeros pasos por el alto valle del río Tunuyán. Ahí estaba, imponente, solo, salvaje e inaccesible para mí en ese entonces. A medida que pasaban los años fueron pasando también los cerros y aumentaron mis conocimientos. Así fue que en setiembre del ‘99 con un equipo precario, que me atreví a cortejar al volcán. 


 4300 m. Desde el pie del cerro

Como parece que todavía no era el momento, solamente llegué hasta el pie del mismo. Entretanto fui ganando experiencia en la cordillera limítrofe. Entonces el 1º de octubre pasado puse en marcha la maquinaria de expedición y me encaminé con la obsesión de subir el cerro como único norte. El 2 a la madrugada parto con mis amigos Hugo y Yagua que me llevan cerca del refugio Scaravelli (3.100 m) y ahí comienza mi travesía porque en el camino hay un planchón de nieve. Apuré mi despedida porque mis amigos se preocupan por el peso que llevo. Y por fin solo. Avanzo hasta los 3.800 m e instalo la carpa. Al día siguiente me siento bien y logro alcanzar el Portillo Argentino a las dos de la tarde. Luego de despedirme por teléfono de mis seres queridos (desde aquí no hay mas señal hasta la falda del cerro Tupungato), me descuelgo hacia el valle. Mientras más me adentro en la cordillera voy rompiendo los lazos que me atan al llano. Luego de unos 20 km de caminata y tras trece horas por fin llego al refugio Real de la Cruz (2.800 m). Una vez allí me tomo unos días para comer bien y recuperarme un poco. Luego del descanso sigo con rumbo norte siguiendo el río Tunuyán hasta el mismo C° Tupungato. Tras cruzarlo camino todo el día y llego luego de 15 km hasta un depósito de comida que había dejado en marzo. Para mi sorpresa el mismo estaba cubierto de hielo y nieve! Antes que perder un día picando hielo opté por volver hacia el refugio y reaprovisionarme allí. Aquí perdí dos días. Una vez retomado el camino logré llegar, una vez que recogí mis cosas en el deposito de comida, hasta el pie del cerro San Juan. Luego de la rutina diaria de armar la carpa y luego hidratarme para comer algo, me dispongo a oír el pronóstico del tiempo porque el cielo esta cerrado y cae un poco de nieve. Por suerte fue falsa alarma; los vientos hicieron su trabajo y se llevaron las nubes y al día siguiente continúo mi derrotero hacia el cerro Tupungato. A esta altura de la expedición ya estoy metido de lleno en la misma. No extraño ni mi cama, ni las bebidas gaseosas, ni las comodidades típicas de la vida citadina. 


5000 m Cresta SSE

Perdido en el tiempo en cada descanso hacia donde dirijo la mirada mis ojos se maravillan al contemplar tanto paisaje imponente y casi virgen: glaciares; seracs; ventisqueros y el mismo Tupungato que parece ha decidido aceptar mi cortejo. Al día siguiente me toca un día pesado. La distancia es corta pero el desnivel importante. Luego de diez horas me subo a la falda del cerro que pasa a ser mi campamento base a 5.000 m. Allí paso dos días aclimatando porque he decidido atacar el cerro desde ese lugar. La cumbre se ve ahí nomás. Pero los números no engañan: es un tirón de 1.500 metros. Sé que me espera una jornada larga. Y así fue. Aunados mi espíritu y mi físico en una misma dirección parto el 14 de octubre a las 6.30 hs de la mañana hacia la cumbre del Tupungato. El primer tramo avanzo rápido. Luego, llegado a los 6.000 m, la inclinación es interesante y se vuelve penosa mi marcha (en parte por la falta de oxigeno en la altura). Decido ahí avanzar por donde me siento cómodo y me monto en la cresta de roca para trepar durante los últimos 500 m que me separan de la cima SurEste (6.500 m) del cerro Tupungato. El clima no puede ser mejor. Si no tuviese viento desde el oeste seria extraño. 


6000 m Cumbre SE

Permanezco poco tiempo en la cumbre porque el sol se apura a desaparecer. Filmo un poco, saco unas diapos, me arrimo a la orilla del glaciar y una vez puestos los crampones y piolet en mano me dispongo a descender en estilo "poto-esquí" o "culo-patín". Me detengo para atravesar a pie una sección de hielo vidriado. Y de nuevo más abajo para disfrutar de una puesta de sol espectacular. Eso me costó llegar tarde a una sección de grietas. Por suerte no tuve mayores problemas al atravesarlas. Avanzando por inercia, a las diez de la noche me introduzco en mi amarillo hogar. Como los días están muy buenos me regalo un merecido día de descanso. Al día siguiente me levanto temprano y dejo el lugar tal y como lo encontré. Empiezo a descender. Luego de doce horas llego a diez kilómetros del refugio, pero mis pies dicen "basta!". Duermo y al día siguiente por fin llego al Real de la Cruz. Me tomé dos días para recuperarme. Con El Portillo tuve suerte porque salí temprano y logré llegar a la ventana (4.200 m) en ocho horas, y continué luego unas tres horas más hacia abajo hasta encontrarme con Yagua que venia a mi encuentro. Tras un emotivo abrazo, bajamos a festejar el triunfo.

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