Además de Arenales

Texto y fotos: Santiago Storni

Arenales es conocido como un importante centro de escalada. Lo que no es tan difundido es su potencial como lugar de trekking y ascensiones de montañas de diversa dificultad y gran altura. Y cuando uno averigua un poco acerca de a quién recurrir para resolver la logística de estas excursiones empieza a escuchar un nombre devenido en personaje: “El Yagua”.

Llegamos a Tunuyán, Mendoza, con Alicia y Héctor, cerca del mediodía del sábado de ese fin de semana largo de diciembre de 2003. En la terminal nos estaba esperando “el Yagua” con su simpatía y amabilidad, para llevarnos a su casa en El manzano histórico, con los bártulos en su vehículo que frecuentemente es contratado por escaladores para llegar hasta el Refugio Portinari, donde la mayoría de los transportes no llegan.

Lo primero extraño que vimos (o más bien que no vimos) fue que a las montañas había que adivinarlas detrás de una densa bruma, que en realidad era humo. Mucho humo, de unos campos que se estaban incendiando, y ya se había quemado un bosque de pinos de cincuenta años y luego se había extendido sin control por los pastizales. Cuando nosotros llegamos ya hacía una semana que ardía el fuego en la zona, iniciado por los restos de un asadito de unos imprudentes. El humo empujado por el viento enrarecía el aire y la visión de las montañas que veníamos a recorrer.

La casa en El Manzano Maga y Mora
El pueblo de El manzano histórico se llama así porque por ahí paró San Martín en su gesta andina.
Conocer a la familia del Yagua fue algo totalmente inesperado. Con el estrés que salí de la ciudad me encontré de repente con tres chiquilines encantadores que con Adriana, su mamá, nos mostraban sus cabritas y chivatos, y explicaban cómo hacen quesos caseros, dulce de mosqueta, de membrillo y de berenjena. Luego “Maga”, nuestra improvisada guía de cuatro años, nos llevó como una profesional experta a ver el Arroyo Grande: “Sin pisar los arbolitos como éstos”, dijo mostrando unos retoños. “¿Pisaste alguno?” preguntó cruzando los brazos en tono severo. “Si te cansás volvemos” me aclaró atenta, para luego advertirnos “Cuidado que ahí hay resbalón”, señalando la empinada bajada al correntoso arroyo de montaña.  Al igual que sus hermanos Mora y Manuel, señaló cada insecto, lagartija o pájaro que hubieran sido invisibles para nuestra mirada de ciudadanos recién bajados del micro. El mayor de los hijos, Mariano, estaba en la ciudad.

Había tiempo, no había apuro. Mientras el Yagua subía con su jeep a buscar a otros montañistas nos quedamos en el arroyo jugando con los chicos juntando “pepitas de oro” del barro (unos brillitos como de mica molida pero dorada). “Tomá, con esto te podés comprar una remera, pero guardalas”, me dijo Maga extendiendo su mano.

Charlando con Adriana comentamos la gran afluencia de escaladores que llegan en Semana Santa:

“En general son prolijos, pero nos preocupa un poco el impacto. Suelen bajar la basura, pero igual Yagua les pone unos cestos para que tiren ahí, y él después la baja. Y hay quienes no saben y se enjabonan en el río, porque nadie les dice lo contrario. Ahora estamos pensando en poner un guardaparques municipal de El Manzano”.

Le pregunté si la tierra es fiscal... “Acá en El Manzano se lotea, y en Arenales son muchas hectáreas de una familia muy numerosa: los Guiñazú, que viven por acá y por Tunuyán, pero son tantos que no tiene sentido subdividirla. Son humildes, y en otras ocasiones les han quitado sectores. Ahora para hacer el refugio más nuevo (del Club Tupungato), el “Indio” un muchacho del ejército, les pidió permiso, y lo dejaron si lo hacía bien. Pero no sé si el estado en que está cumple con lo pactado.”

En la casa Adriana nos sirvió unos canelones hechos con acelga de la huerta, y charlando me fui enterando de las historia de ellos...

El Yagua es de Berazategui. Vivía en Pinamar. Cuando “las Madres” cumplieron diez años fue a la Plaza de Mayo. Allí conoció a Adriana, de Quilmes. Otro día la cruzó por la avenida Corrientes, y en una tercera ocasión fueron a tomar un café. Se dieron un beso y se fueron juntos a vivir a Valeria del Mar. En 1987 se vinieron a El Manzano a hacer una nueva vida. Se ocuparon de un refugio que hay en la zona y luego empezaron con la construcción de su propia casa, en la que viven y que están terminando.

El Yagua      
El Yagua tiene 51 años y en realidad se llama Rubén ..apellido?. El apodo se lo pusieron unos paraguayos que lo alojaron en Buenos Aires en 1976. Decían que era rápido y peligroso como el yaguareté.
“Yo en realidad iba a poner un bar en Arenales, que se iba a llamar “Estación”, como un parador que iba a poner en Pinamar. Pero empecé a trabajar con todos estos escaladores, tan atrevidos, y empecé a alucinarme de cómo están siempre al límite. Por eso mi agencia se llama ‘Estación Límite”.
No para de contarme mientras manejando su jeep por ese camino que otros transportistas evitan nos vamos metiendo en el Cajón de los Arenales.
Pasamos delante del hotel “Samai Huasi”, que se quemó seis meses atrás.
Me indica montañas como el Cerro Verde, el Punta Blanca, el Punta Negra... Pero me confiesa su debilidad por el Tupungato... “El Tupungato es un cerro que quisiera subir. Es un cerro místico.”

Paramos en el Paso de las Rosas donde hay un puente de madera y una estatua de Cristo en la montaña y dejamos bajar a dos polacos que aprovecharon el viaje. Delante nuestro aparece nevado el cerro Manantiales y a la derecha, puntiagudo como la gran pirámide, el cerro Keops, que al día siguiente intentaríamos. Pero esa noche fuimos a dormir al refugio Scarabelli (+ 3.200 msnm).

El Keops
Salimos a las nueve de la mañana con sol. Media hora de caminata hasta entrar en la quebrada Guanaquitas que luego de dos horas más nos deja en la base misma del Keops, a + 3.600 m, en una pampita con un arroyo. Delante nuestro hay dos acarreos bastante empinados. Conviene subir por el de la derecha y bajar por el de la izquierda (llamado La Canaleta), más empinado y de piedras más sueltas. Subir el acarreo es un esfuerzo importante, que a nosotros nos tomó algo más de tres horas. Al final es la parte más complicada en la que también hay que usar las manos. Ese sector es cansador y con cada paso se producen pequeños aludes de piedras que ruedan; hay que prestar especial atención y tener cuidado con los demás. Ese tramo nos tomó cuarenta minutos.
El tiempo cambió repentinamente. Una nube había entrado desde el otro lado y nos cubría, y lo que era un día de sol se había convertido en una tarde muy destemplada; empezó a nevizcar. Eran las 15.30 hs, no faltaba mucho para la cumbre, pero había que tomar una decisión: si seguía bajando la temperatura y cayendo nieve se cubriría el pedrero por el que debíamos bajar, y si esa pendiente se veía empinada con rocas sueltas, recubierta de nieve congelada se convertiría en un interminable tobogán. Decidimos seguir, pero no había más tiempo que perder.
A las 16.15 hs hicimos cumbre bajo un cielo totalmente cubierto y la nevada se hizo intensa. Encontramos una libreta dentro de una bolsita de nylon. El testimonio anterior era de nueve meses atrás: en febrero unos chicos habían subido, también con el Yagua. Anotamos nuestros nombres, sacamos dos fotos, y emprendimos la vuelta.
De la cumbre un rodeo hacia el sur nos deja en el tope de la empinada canaleta. Un pedrero así es una cosa cuando está seco, y otra cosa distinta cuando las piedras se mojan y se empieza a formar hielo sobre su superficie. Por eso, a pesar del cansancio nos abrigamos con lo que teníamos y fuimos bajamos con cuidado pero sin detenernos, con una persistente nevada que nos reducía la visibilidad y reclamaba nuestro mejor temple.

Un día normal eso se baja corriendo, pero en esa situación era impensable si uno no quería resbalar y romperse un hueso. Bajamos, bajamos y bajamos... Callados bajo la tormenta, viendo unos metros por delante la mochila toda escarchada de un compañero y sin perder de vista unos metros más atrás la silueta de otro. En ese manto blanco interminable no reconocíamos el terreno árido de esa mañana. Seguíamos al Yagua que aguantando el frío caminaba sin darse vuelta pero a un ritmo que lo pudiéramos seguir. Finalmente llegamos al refugio Scarabelli a ponernos ropa seca y comer algo consistente por primera vez desde la pampita de la mañana donde sólo habíamos picado unas barritas y caramelos. Habíamos empezado el descenso a las 16.40 hs. Llegamos al refugio a las 20.25 hs.     

Otras variantes        
El mal tiempo nos privó de la vista desde la cumbre, pero en un día claro se pueden ver muchas otras montañas que también se pueden subir. De izquierda a derecha: al sur, solo, el Punta Negra (4.445 m); atrás el Pirca (5.600) y el Pirquita; los Gemelos, la Torre del Campanario y el Cerro Tres Picos del Amor (5.200). Hacia el oeste el Cordón Portillo: el Cerro Portillo y el Circo de la Quebrada de Manantiales con el Cerro Manantiales (4.900), el Polonia, el Nevado de Manantiales (que tiene una cascada de hielo escalable). 
Y hacia el norte están el Morado y el Pómez, pero no llegan a verse (Las alturas mencionadas son aproximadas).
Tanto el pedrero que subimos como la canaleta por la que bajamos conforman la cara noreste del Keops.
Agotados como habíamos llegado al refugio, entramos en calor y nos fuimos a dormir. A la mañana siguiente el cielo estaba despejado y un manto de nieve cubría todo el paisaje, las montañas, las piedras junto al arroyo y el suelo (foto de tapa). Las estalactitas goteaban en el alero del refugio. Parecía mentira que estuviésemos en diciembre.

Cargamos el jeep. Miramos el cerro que habíamos subido, y a la canaleta se la veía cubierta de nieve, intransitable. 
Emprendimos el regreso en el vehículo.
Abajo nos enteramos de que la nevada que nos había tocado en el cerro, en el valle había caído como lluvia del cielo y finalmente se habían apagado los incendios!

En el camino a El Manzano, en el campamento marista conocimos a Quino, que coordina cabalgatas en la zona. Por ejemplo se puede subir a caballo (o a pie) hasta el paso de altura llamado El Portillo Argentino, que cruza al otro lado del cordón Portillo, y se accede al Valle Argentino, y allí dormir en el Real de la Cruz, un refugio con capacidad para muchas personas desde donde se puede ir a la cordillera central que conforma la frontera internacional (ver mapa mas arriba). Y hay muchas otras variantes a pie o con bicicleta de montaña, sin adentrarnos en el tema de la escalda de paredes, de lo que se informa en la guía de Mauricio Fernández y que es todo otro capítulo aparte, quizás el más difundido.


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