Cara Sur.Un intento en este verano (2004)

Texto y fotos: Axel Míguez
Editó: Santiago Storni 

El Proyecto de encarar la pared sur  del Aconcagua se gestó en los últimos ocho meses del año 2003, aunque ya nos venía  zumbando en la cabeza desde hacía años. Inicialmente fuimos tres, Ignacio Castro, Axel Míguez y Pablo Minteguía, luego en el último mes se unió Diego Sánchez.
Hicimos una vaquita, compramos la comida, puntualizamos el equipo, y salimos para Mendoza el 25 de diciembre. El 27 a la mañana salimos para Puente del Inca. Dormimos en Confluencia, desayunamos bien y emprendimos la marcha hasta Plaza Francia donde estaban nuestros 5 petates con todo lo que íbamos a usar.
El 1º de enero subimos, cruzamos dos canales de avalanchas; para colmo habían caído varias durante los días anteriores, así que con las mochilas relativamente pesadas (no hicimos ningún porteo) corrimos para estar el menor tiempo posible sobre los conos de deyección. Así llegamos a nuestro primer vivac, a 4.400 m. Al otro día continuó la marcha. Eran muchos pedreros y glaciares a 35º. Al medio día el calor era molesto y a la noche el frío se hacía sentir. Luego de cuatro horas de marcha llegamos al Campo 1 (4.800 mts).  La montaña no tenía nada que ver con las descripciones leidas durante meses sobre otras expediciones, por lo que nuestro C1 no fue el de antaño, sino una serie de repisas de 2.00 x 2.00 sobre el filo del espolón. El tercer día nos topamos con las escaladas en roca; cuatro largos verticales de piedra semi-podrida nos obligó a ir despacio, además de que en cada relevo tuvimos que izar nuestras mochilas, las cuales eran imposible de cargar en la escalada libre. Así empezamos a romper los materiales; una lástima, pero bueno, era la Pared Sur del Aconcagua, no se iba a dejar vencer fácilmente. Luego de la escalada tuvimos que cruzar un campo lleno de penitentes que nos retrasó hasta que por fin llegamos a las Grandes Torres. Aparecen lateralmente y se muestran agresivas e inescalables, además están compuestas de piedra podrida o “galletita”, que se deshace con un poco de movimiento. Diego se encordó, yo lo aseguré y salió para arriba, escaló por una canaleta incómoda, inasegurable y expuesta al vacío que remataba en un extraplomo congelado. Así, con un solo seguros en unos 45 metros llegó al relevo y armó para que subamos. Uno a uno llegamos al relevo; Diego siguió por otra canaleta, en este caso angosta y metida entre las torres. Caían piedras todo el tiempo, nuestros los cascos sonaban y también alguna que otra interjección nuestra cuando algún proyectil nos impactaba. Cuando por fin Diego logra la salida de las Grandes Torres la noche estaba llegando, así que se acomodó en el final de la chimenea y vivaqueó; nosotros hicimos lo mismo. Nacho puso las mochilas una encima de otra para nivelar un poco la canaleta y acostarse sobre ellas. Pablo y yo dormimos sentados en una repisa; yo tenía los pies colgando al vacío, la sensación era extraña. Si bien estaba asegurado al relevo, estar durmiendo mirando el horizonte, tapado con mi bolsa a modo de sábana, fue una experiencia sumamente impresionante, al punto que decidimos llamarlo “El vivac de la muerte”. No hace falta aclarar que cuando llegó el amanecer varios no habíamos podido conciliar el sueño, tanto por la incomodidad como por el frío y el hambre, ya que casi no habíamos ni comido ni bebido. Fue toda una prueba. Ese día arrancamos un poco tarde pues tuvimos que idear un sistema de izado para las mochilas. Pasado el medio día salimos de las Torres, cruzamos otro campo de penitentes y una subida de unos 40º, muy molestos. Luego caminamos por un filo muy expuesto, sobre piedra rota hasta el fin del Glaciar Medio, allí llegamos de noche, muy cansados y deshidratados, fue una jornada relativamente corta pero muy exigente. En el glaciar hicimos un vivac, derretimos agua, varios litros que tomamos muy contentos con calditos, un arroz y a dormir. Ese sí fue un vivac cómodo, aún sobre el hielo, nada de frío ni hambre. El otro día nos encontró motivados, descansados y fuertes, así que terminamos de cruzar el glaciar y comenzamos a escalar el sector de las Areniscas, 5 largos de roca excelente pero más inasegurable que las Grandes Torres muy verticales y expuestas. Esas me tocaron a mí. Fue una escalada muy limpia, con pocos seguros (debe ser una constante en la Sur), no pude poner ninguno de los seis friends que llevábamos, así que aseguré gendarmes; incluso usé cintas con nudos para empotrar, como hacían hace décadas. El primer largo cometimos un error: izamos las cuatro mochilas lo cual nos atrasó mucho. De allí en adelante solo izamos la mochila del primero. Así llegamos al último largo, donde empalmábamos con la famosa barrera de séracs. Por el flanco derecho se pasaba con cierta dificultad; por cualquier otro lado hubiera sido imposible, o al menos epopéyico. Una vez que estuvimos todos en la micro repisa que hacía de relevo, Nacho se calzó los grampones y dijo: “La roca fue de ustedes, el hielo es mío”! Piquetas en mano se subió a la barrera. El hielo era excelente, salvo un par de lugares donde era cristal y los pasos había que hacerlos de forma delicada. Llegó al primer largo, armó el relevo con dos tornillos y yo salí segundo. Me llevé mi extremo de cuerda, más el extremo de la otra cuerda (llevamos dos de 9 mm x 60 m), así al llegar al relevo fijé la cuerda y mientras el resto del equipo venía, aseguré a Nacho en su 2º largo. Así hizo otro relevo y repetimos la maniobra anterior, en su 3º largo, Nacho se topó con un paso bastante complicado, un bloque de nieve se deshizo al poner el pié y quedo frente a una pared vertical de hielo muy duro cuya base empezaba a la altura de su cintura, o sea que tenía que poner los pies en otras paredes y concentrarse en el correcto clavado de las piquetas, ya que el en caso de se saliera una, lo más seguro es que cayera unos metros. Complicando la situación yo estaba casi debajo de él, sin posibilidad de correrme demasiado. Un piquetazo que me llenó de hielo, otro y acomoda los pies, otros dos movimientos y se monta definitivamente en la pared de hielo; así unos pasos más y sale a terreno seguro, luego camina por el glaciar, escala otra pared más fácil y unos cuarenta metros más arriba arma el relevo. Más o menos una hora después llegamos los otros tres. Pablo venía con la pierna golpeada por unos bloques de hielo que se desprendieron, pero caminaba.     


Axel y Pablo saliendo para el campo 2

Allí por fin armamos la carpa, fue una noche llamativamente ventosa. Por suerte para nosotros, no tuvimos que vivaquear. Tal vez fue la montaña que nos dio tiempo a llegar al C3 (6.000 m).

Al otro día salimos para la Pala Messner. Nuestra intención era acampar arriba para mirarla bien. Luego de caminar varias horas por el glaciar superior, llegamos cerca del mixto; su rimaya era infranqueable salvo en el máximo extremo izquierdo del glaciar, casi sobre la caida de seracs al vacío. Allí estudiamos un tiempo el mixto mientras esperábamos a la otra cordada, la roca era terrible, no había hielo, no había nieve, solo piedra podrida y para colmo caían piedras de todo tipo. Luego de unas horas desistimos de intentar la pala, así que fuimos para ver la Vía Francesa. Caminamos aproximadamente una hora más, cruzamos varias grietas temibles, y cuando estábamos por llegar a la base, quedamos en el filo de la madre de todas las grietas. Esta debía de tener unos 300 m de largo, me asomé hasta donde pude. Calculo que vi unos 25 m de profundidad, pero todavía continuaba. La única forma de cruzar esta grieta era volver sobre nuestros pasos hasta el fin del glaciar. Curiosamente el único paso era justamente el mismo que había que cruzar para hacer el intento a la Pala. Eso nos desanimó muchísimo, estabamos muy cansados, los músculos pedían reposo, llevábamos varios días de continuo ejercicio, y la comida y el gas estaban escaseando. No teníamos provisiones para más de dos ó tres días, y nos faltaba uno para cruzar la grieta, dos de escalada de la Vía Francesa, además de la cena de ese día. O sea que además de estar en el límite de nuestras fuerzas, estabamos  con pocas provisiones y sabíamos que un error o un día de mal tiempo sería algo muy peligroso para nosotros. Cuando llegaron los otros chicos, hablamos sobre el tema, y luego de un rato afrontamos la realidad, y decidimos bajar.

Fueron dos días de rappeles y destrepes. Tratamos de mantenernos fuertes aún con la “derrota” y sabiendo que bajábamos sin la cumbre. Pero también sabíamos que habíamos estado donde muy poca gente estuvo, y que habíamos hecho todo lo que pudimos. Pero “La Sur” no se nos prestaba para ser subida, al menos no este año, al menos no esta vez.


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