Expedicion a los 
Hielos Continentales

 Fotos y texto:  Rosa María Torlaschi

El Chaltén sería el comienzo de nuestra fantástica aventura por los hielos continentales. Dedicamos un día a chequear equipo y conocer al resto del team. La expedición estaba compuesta por: Frank Van Herreweghe, guía, belga-andorrano, Bárbara Regli, guía, suizo-alemana, Eli, andorrana, y los tres argentinos: Alejandro Bouzas, Florencia y Rosa María Torlaschi. Las instrucciones eran reducir el equipaje a lo mínimo indispensable porque ya había mucho peso extra con arnés, crampones, raquetas de nieve, botas rígidas, algo de comida, carpa, etc., etc., con lo cual decidimos dejar con el resto de los petates que sobraban unos chocolates deliciosos que aportaba Alex. Gran error!! Cómo lo lamentaríamos después, en momentos de hambruna, pero así fue...

Partimos con día espectacular el 10-2 en combi hacia el puente del Río Eléctrico (camino al Lago del Desierto), donde nos depositaron. Sería la última vez en 20 días en que éramos transportados por algo que no fueran nuestras patitas. Al cabo de unas 2,5 hs. de caminata por un bosque de película arribamos a Piedra del Fraile (en honor al Padre De Agostini que anduvo por la zona en sus escaladas), una estancia particular que tiene un refugio para los que atacan la aguja Mermoz del Fitz Roy. Hicimos un pic-nic y seguimos a nuestro primer campamento, en la base del glaciar Marconi. Se complicó un poco porque hubo que vadear el Río Polone muy crecido y caudaloso. El agua hasta la cintura, casi. A eso de las 8 P.M. nos instalamos en la playita del lago Eléctrico (la típica laguna de origen glaciario) y a la mañana siguiente iniciamos la subida al Paso Marconi por el glaciar.

Ya nos colocamos crampones, botas rígidas, arnés y se hicieron dos cordadas: una con Bárbara, Alex y Eli y la otra con Frank y las dos hermanas.   El terreno estaba bastante agrietado y hay zonas con peligro de alud que pasamos al galope. 
Vistas increíbles de la Aguja Pollone, que se asoma finita en medio de paredones más contundentes, como los del Pier Giorgio y otros cerros de la Cadena Marconi. Hay glaciares y cimas con hongos de hielo erosionados por el viento por donde se mire. Hicimos una parada en unas rocas con containers de nuestra expedición. Allí se habían hecho porteos previos para llevar comida y no tener que subir con todo el peso. Los guías iban con dos trineos de plástico que se cargaron con los pertrechos ya en nuestra bajada del Paso. Avanzamos un poco más y armamos nuestro primer campamento sobre hielo, previa construcción del omnipresente muro de bloques de nieve, esencial para no terminar en el Atlántico con el viento que suele haber siempre por esas latitudes. Siempre tardábamos unas 2 hs. en lograr una pared que protegiera a las dos carpas. 

La terminación la dábamos con las raquetas de nieve, con las que al mejor estilo pato apisonábamos el terreno donde plantaríamos nuestro hogar temporario. Ya al otro día, después de un poco más de trepada, con los trineos que se tiraban de la cintura, descendimos al campo de hielo. La vista desde la cima del P. Marconi es espectacular: hacia el oeste la cadena Mariano Moreno y hacia el sureste el Co. Torre, Fitz Roy con todas sus agujas, etc., etc. Era otro día despejado y casi sin viento. Pasamos a las raquetas de nieve y luego de unas 5 hs de marcha llegamos al Nunatak Witte. Nunatak es un término de origen esquimal y designa a una formación rocosa que surge en el hielo, sin pertenecer a una cadena determinada. Plantamos las carpas junto a una gran roca al abrigo del consabido muro. Esa noche fue la primera gran sacudida de viento, con ráfagas de más de 100 km/h. Era algo increíble, se lo oía venir a lo lejos, uuuuuu!!!, y decíamos "¡ahí llega! ¡A sostener la carpa!!", y nos aferrábamos a los parantes para que no se aplastaran contra el piso. Se sacudía como adentro de una licuadora. ¡Qué impresionante! Y luego de unos minutos se batía en retirada, uuuuuu!!!!. Así pasó toda la noche. El resultado fue que se nos torcieron dos parantes. De allí en más nuestra carpa adquirió un aspecto tipo Jorobado de Notre-Dame. Pero sobrevivimos. La siguiente etapa fue al Nunatak Viedma, ya con día más calmo. Subimos a un col, siempre por el campo de hielo, desde donde veíamos el Glaciar Viedma hacia el norte y hacia el sur, en su unión con el Glaciar Upsala. Ya empezó la zona con grietas, con lo cual el tránsito con los trineos se volvió muy difícil. Inventamos un sistema para que uno tirara y dos atrás, con cuerdas, fueran levantándolo cuando caía en los agujeros, aunque al final se optó por llevarlos en la espalda, con un look medio tortuguesco. También hubo que atravesar unos ríos. Nunca imaginé que hubiera ríos arriba de un glaciar. Son de un azul intenso y hay partes que están congeladas y se ve el agua circular debajo. Por ahí arriba pasábamos, como en puntitas de pie, para no terminar con un baño gélido. Ese día fue agotador y se decidió decretar descanso para el día siguiente. En realidad tuvimos otro más de inmovilidad obligada por una tormenta de nieve que se desató luego de tanto sol. Pero así es la vida en los hielos. 

En cuanto a los menúes se comía lo siguiente: desayuno: quáker con leche, pasas, nestum, copos de maíz (con el pasar de los días se acabó la leche y las pasas se contaban como gran hallazgo!), un "aperitivo" a eso de las 12 que consistía en nuestra amada barrita energética casera (con fruta seca, miel y más quáker, por supuesto), al almuerzo (a eso de las 3 P.M.): galletitas con salamín y queso, té, jugos y un poco de chocolate. Digamos que nunca resultaba suficiente pero más carga no se podía llevar. Cena: sopas instantáneas y el archiconocido triduo: polenta, arroz o fideos. Aunque hay que reconocer que había días en que la cocina se sentía con ánimo festivo y nos sorprendía con unos deliciosos capeletinis. Llegó un momento en que hubo dieta líquida, o sea, nada más que sopa (a la noche cuando nos pescó una tormenta por dos días), con muchooooo orégano y pimienta para engañar el buche. El orégano era otro elemento omnipresente en las comidas, a tal punto que como venía todo en termos hubo una mañana en que recibimos el café con leche con orégano también!!! Pero esos objetos nadadores no muy identificados se engullían sin pestañar, mientras fuera comible...

 

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