Broad Peak
Texto: Aníbal Maturano
Fotos: Mauricio Manzi - Fernando Grajales
Expedición cuyana a la cumbre (8.047 m) en el macizo del Karakorum, Pakistán, en julio del 2001

El problema de escribir un diario de viaje es que no suceda aquello que se quería, es encontrarse con cosas y situaciones indescriptibles, es saber que el viaje termina; por eso se atora la tinta y los renglones se vuelven un embudo infranqueable.
Los viajes son sueños de muchas noches, es un calidoscopio que combina destellos y opacuras con colores simples, con objetos pequeños, que aislados, solitarios, se pueden describir como maravillas, como granitos de arena, pero que inmersos en un todo, en un sueño, en un viaje, se convierten en únicas e insuperables obras, en momentos sublimes, en el reflejo de la mente.
Por qué no empezar a relatar un viaje con hechos consumados, obviar decir que todo montañista sueña con subir un ocho mil, alguna de las catorce montañas más altas de la tierra, que lleva toda una vida dejar de soñar pero sólo algunos largos meses preparar una expedición a Pakistán, conseguir los permisos, los servicios, los pasajes, entrenar, preparar todo, correr, volar y llegar a destino. Cosas triviales, pasar por hoteles, trámites, apuros. Todo se desmorona con los primeros contrastes de un mundo distinto, ambiguo, donde las mujeres se deben ocultar y los hombres son los ásperos encargados de promover los misterios, el honor, la disciplina. Y ellas corren asustadas para que no las fotografíen, y ellos miran recios algo que admiran por magnificencia y evitan por dignidad: el otro lado del mundo, el liberalismo, la desvergüenza de los que comen cerdo y no cubren a sus mujeres. Los islámicos no toman alcohol, visten largas camisas sueltas, oran cuatro a cinco veces al día, comen con la mano derecha; y muchas cosas más, y distintas, y exóticas, y ajenas; pero qué importan las culturas y las ciudades, los aeropuertos, las miradas extrañadas de la gente si no podemos mirarnos en ellas, si no son apenas un reflejo de las fotografías que queremos develar, de las imágenes que queremos encontrar en nosotros. Si miramos hacia afuera es como si la vida de uno fuese la vida de todos, como si decoráramos las ciudades colgados de hilos y nos moviésemos al son de un cuerpo estéril, despierto, en un mundo en donde todos estamos igual de ocupados en vivir, en contar historias épicas de algún tiempo pasado, de algún sueño, y no nos vemos.
Conviene empezar imaginando un poblado perdido a orillas de un río, ambos con nombres perdidos en algún diario de viaje, de esos que se escriben parejos, sin miedos ni lluvia. Este río revienta en cada piedra y remonta las curvas con destreza, como leyendo y atropellando, repartiendo mensajes que trae de un dónde ansiado, lejano. Imaginar un campamento y luego otro, en otro pueblo, en el mismo río, y lluvias por la tarde, oraciones de porteadores que te despiertan a las tres de la mañana. Puentes que parecen quebrarse al paso, sendas esquivas que de querer esconderse y no ser pisadas, que de no querer alterar en lo más mínimo aquello que está escrito en el terreno, se vuelven tímidas, olvidadizas del tamaño de los pies del hombre.
No importa el nombre, pero había un pueblo llamado Askole y calles hechas para personas y personas hechas en aquellas calles. Conviene imaginar que la lluvia cesa, y que un sol altanero, de esos que no dejan mirarse y se escapan cuando los llaman de cualquier ciudad, aparece en el horizonte con miles de picos nevados y torres de piedra.
No importan los nombres, pero los campamentos se decían Jhole, Paiju, Urdukas y Goro II, y las montañas las colosales y conocidas torres Catedral y del Trango, la inigualable torre sin nombre, el Liliwa, el escarpado Gasherbrum IV, el famoso Masherbrum, el Chogolisa, el Mitre. ¿Por qué querer subirlas a todas?.ver y mirar lo que ellas. Acaso para desde ese lugar reírnos de nosotros mismos atravezando medio planeta y avanzando seis días por el Glaciar del Baltoro, una de las masas de hielo continental mas grande del planeta, con 97 porteadores llevando nuestra carga hacia un destino incierto, hacia un sueño?
Todo parece un sueño al ver por primera vez el Broad Peak desde Concordia, respirando despacio para contrarrestar los 4.800 metros de altura. Un producto de la imaginación, el K2 de fondo, como la contratapa de una revista, concentrado en otros hombres, en otros nombres, dominando un paisaje de papel.La bienvenida son cuatro días de mal tiempo, agua y nieve entre manuscritos y discos de León Gieco. Empezar escalando despacio, para al quinto día de arribar al Campo Base, esquivando piedras, empezar a equipar de a poco los dos primeros campamentos a 5.600 y 6.300. Descansar tres días y volver tímidos para el primer intento a la cumbre, con el verano ya encima, con millones de avalanchas silbando por las noches, burlescas, cercanas pero intrascendentes a las dos mañanas heladas que pasaríamos.
Es 9 de Julio, el día de la Independencia, salimos del campo tres a las dos de la mañana y avanzamos enterrándonos en la nieve hasta arriba de nuestras rodillas. El viento no deja de soplar. La apertura de huella se hace muy lenta. A las siete alcanzamos el sitio que algunas expediciones utilizan como campo cuatro a siete mil trescientos metros. En el filo cumbrero se ven pasar nubes a toda velocidad. Son las 8:00 y las nubes bajan, el viento no cesa. Decidimos regresar y probar al día siguiente. Al llegar al campamento nos cuesta recuperar la sensibilidad en nuestros pies y manos.
Madrugada del día 10, siete mil seiscientos metros y una cordada que avanza lentamente por entre los seracs cubiertos de nieve, tratando de no cortar ninguna placa que provocaría una avalancha, midiendo al milímetro la fuerza empleada en cada paso para no desgastarse. Gerardo que se detiene, debemos atravesar una gran rimaya que corta el glaciar (ya hemos atravesado otras sin encordarnos). Avanzo unos metros y me paro en el puente, estoy pensando si terminar de cruzar o no, Fernando que me grita que estoy parado en el peor lugar, reacciono y retrocedo unos metros para pedirle a Gerardo que me asegure. Nos atamos, veo como Gerardo arma el anclaje clavando las dos herramientas, avanzo unos pasos, desconfío, miro alrededor para elegir otra pasada, sin embargo me muevo un paso más y siento como el piso se mueve a mis pies, todo el puente se desmorona junto con buena porción de los labios de la grieta. Mientras caigo pienso inconscientemente en la imagen de Gerardo clavando las herramientas, una cámara lenta que me lleva con una buena tonelada de nieve y hielo al vacío inconcluso, una mente que recorre la soga y se focaliza. De pronto siento el tirón y las camionadas de nieve y hielo que al seguir su trayectoria me golpean, entre ellas un gran bloque de hielo que me da de lleno en el casco y me arrebata la linterna. Las pulsaciones no me dejan respirar y por unos segundos sigo atónito el camino de la nieve hacia el fondo invisible de la grieta. No tengo aire para gritar, solo pienso en el anclaje, en Gerardo colocando las herramientas en el hielo y de a poco me voy recuperando del susto, grito que estoy sano un par de veces, de golpe siento que sigo bajando, es solo un tirón de la cuerda enterrándose en el borde de arriba. Pasan algunos minutos y finalmente el otro extremo de la cuerda aparece silbando en el aire con los gritos de Mijel.
 Me sacan a superficie, estamos todos agitados, miramos alrededor y descubrimos que se nos acaba de abrir toda la rimaya y no queda puente alguno. Hacemos una gran travesía a la izquierda, recién está saliendo el sol, unas nubes negras amagan desde el Chogolisa. Avanzamos encordados, luego de dos horas las nubes han ganado posición en la zona de la Mustang Tower y amenazan con entrar al K2 y al Broad Peak; sin embargo continuamos, estamos a pocos metros del collado y del filo que nos deposita en la cumbre. A las diez de la mañana estamos a siete mil setecientos metros y las nubes nos cubren, la esperanza de la cumbre se desvanece. Comienza a nevar y regresamos al campo tres.La inestabilidad del tiempo nos obliga a abandonar el campamento y regresar al base, Federico se ha adelantado y el resto de nosotros descendemos por un largo rappel entre el campo dos y el uno. Fernando se detiene a conversar con integrantes de la expedición búlgara que han dispuesto su campamento uno en un pequeño filo a 5.100 m de altura. Mauricio ya ha bajado el mismo tramo y para unírseles comienza a hacer una travesía por un canal de hielo cristal. Yo he terminado el rappel y decido cruzar unos metros más arriba donde el canal es mas ancho. Ulises se encuentra en la cuerda y Mijel y Gerardo esperan en el anclaje. De pronto se escucha un terrible estruendo en nuestras cabezas, al mirar para arriba veo como se desprende una parte rocosa de la montaña del tamaño de una casa y escucho los gritos de Ulises. Corro hacia la derecha como regresando al final del rappel mientras voy sintiendo los terribles sonidos que acompañan la descarga en su camino hacia nosotros. Cuando mis fuerzas se agotan me arrojo al suelo y miro al costado, estoy a salvo de la avalancha, pero la misma se dirige directamente hacia el campamento búlgaro. Anclado en la nieve, por entre el casco y mi hombro miro hacia abajo y veo como las figuras humanas corren desesperadas, salen de las carpas y miran hacia arriba, se mueven de un lugar a otro sin saber a donde ir, distingo el casco de Fernando entre ellos. La avalancha pasa arrasante, veo una piedra del tamaño de una habitación picar y dividirse en dos frente a la figura de Fernando, luego todo se pierde en una nube de polvo y piedras. Pasan unos segundos y las figuras se incorporan de a una, algunos salen de atrás de una pequeña protuberancia de roca, otros se levantan del suelo y hacen señales con las manos para indicar que están bien.Fernando grita que esta sano, solo tiene algunos magullones en las piernas. Pasan unos segundos y al entrar en razón nos acordamos de Mauricio, la última vez que lo vimos estaba cruzando el canal justo a la altura por donde se encauzó finalmente el grueso de las rocas; comienzan los gritos.

A los pocos segundos Mauricio asoma por sobre unas rocas a cien metros de donde lo habíamos visto y con un crampón en la mano, nadie se explica como pudo llegar tan rápido hasta allí. En el campamento búlgaro quedan cráteres de dos metros de ancho y encontramos los cien primeros metros del rappel que llevaba al base molidos en pedazos de cuerda. Bajamos rápido, los búlgaros abandonan su campamento, nadie quiere seguir en la montaña.
Mientras sigue la tormenta esperábamos en el campo base, la comida de Ali y de Aslam, nuestros cocineros pakistaníes, nos ayudaban a recuperar fuerzas. El viento del sudeste no para y la presión se mantiene por el piso. Partidos de truco, libros y más música por cuatro días.
El 15 de julio parece mejorar y Ulises y Gerardo parten para el campamento dos, ese mismo día un muchacho francés amanece muerto por mal de altura a veinte metros de nuestro campamento. A Mijel le toca asistir a sus compañeros y darles la noticia. Este suceso nos desmoraliza un poco.
La tormenta continúa los siguientes días y nuestros dos compañeros quedan estancados en el campo dos. Los treinta y dos días estipulados para subir la montaña se están acabando y las esperanzas con ellos, igual sabemos que debemos subir a desarmar los campamentos y recuperar el equipo. Seguimos al detalle los movimientos de la aguja del altímetro y el día 18 a pesar de las recomendaciones de las otras expediciones partimos a las cinco de la mañana en medio de la nevada y hacia el campo dos. Somos los únicos en la montaña. A las dos de la tarde deja de nevar, a las cuatro llegamos al campamento y nos juntamos todos nuevamente.
El siguiente día amanece despejado, Federico decide quedarse y comenzar a bajar desequipando los campos uno y dos. Nosotros avanzamos al campo tres donde encontramos una carpa destrozada. Por la tarde sopla viento y dudamos de salir para la cumbre; sin embargo a las dos de la mañana del día 20 de julio el viento cesa y avanzamos con nuestras linternas por entre los seracs, enterrándonos hasta la cintura en algunos tramos y en lo posible alternándonos para abrir huella; esta vez pasamos encordados por el campo de grietas.
A las ocho estamos enfrentando la trepada final al collado. Cuando asomamos al mismo un fuerte viento nos castiga con fuerza, la exposición se hace grande en el filo que en algunos tramos no tiene más de 30 centímetros, algunos deciden regresan al tres. Con Mauricio avanzamos un tramo cautelosamente, nos movemos por el filo usando en partes unas viejas cuerdas fijas. La cornisa de la pared china se muestra peligrosa y en algunos casos a punto de desprenderse debajo de nuestros pies. Mantenemos comunicación abierta con Fernando. Luego de un par de horas y al llegar a una de las antecimas vemos unas banderas de oración flameando a lo lejos, el corazón se sobresalta y continuamos una hora más. A las 14:30, y después de una pequeña trepada final en roca alcanzamos la cumbre central de 8.016 metros, nos abrazamos, emocionados y sin aire les transmitimos por radio a nuestros compañeros, disparamos fotos presurosas por el frío e iniciamos el descenso.
A las 22:00, exhaustos y a oscuras, llegamos al campo tres donde los chicos nos esperan con té y sopa caliente. La jornada de cumbre fue de 20 horas, quedan un par de días más de rappeles, los festejos en el base, y tres días de regreso con los porteadores a través del Ghondogoro La.
Los viajes son espejos con imágenes sueltas, lo difícil es encontrarse, componer en la realidad esa figura de los sueños, buscar el lugar y el tiempo de lo que queremos ser, donde queremos encontrarnos. Es difícil explicar lo que se siente, es como si se cortaran los hilos y las marionetas danzaran por si solas, en armonía con nada y como parte de un todo omnipotente, de una verdad inexplicable, de un nirvana sin regreso.
Por eso creemos que los viajes nunca terminan, que la vida es un viaje. Y no importa cuantas montañas subamos ni por qué queremos subirlas, importa hacer de nuestro viaje eso, una estampida de letras. Los viajes son personas, amigos.


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