José Luis Fonrouge
22 de marzo de 1942 – 28 de abril de 2001
Hace un año, los medios reprodujeron imágenes y crónicas del avión caído en Roque Pérez. Nosotros preferimos rendir homenajearlo publicando estas fotos y testimonios.

Investigación y Edición: Santiago Storni


Esta nota fue posible gracias a José Antonio Fonrouge y Alfredo Rosasco, a Joaquín Allolio y también a Marcos Couch y Diego Allolio.

"UNA VIDA EN VERTICAL"

Por Alfredo Rosasco
En los años '64 o ´65, cuando aún en mí la montaña era un sueño, una búsqueda... Pasaba las horas en las legendarias paredes de la Philips, tratando de lograr esa mínima destreza que me iba a permitir, en una fecha cercana, poder ir a las verdaderas montañas. En esas paredes conocí a mis primeros compañeros; en las mismas paredes nuestros sueños dejaron de serlo y se concretaron en realidades, nuestras primeras experiencias: Sierra, Los Gigantes, el Frey...
Fue un domingo de esos años, estaba solo, ejercitando mis dedos y mi imaginación en la famosa travesía del diedro a la "escalerita", totalmente abstraído de los bocinazos y del ruido del trafico que ya comenzaba a despertar, cuando pasé por debajo de unas piernas colgando de alguien que, sentado arriba de la pared me observaba. Era un joven alto, delgado, rubio, de unos 23 años, vestido con una camisa celeste, pantalones de poplin beige y zapatos de gamuza. "Un curioso", pensé.

Cuando pasé por su vertical me dijo:
- ¿No lo viste a Abo? Le presté un libro y quedó en traérmelo hoy aquí.
Sin soltarme de la pared le dije:
- No, no lo vi. ¿Un libro? ¿Cuál?.
Me contestó:

"Anapurna, el primer 8.000." ¿Lo leíste?.

Le contesté que aún no, pero por la pregunta imaginé que se trataba de algún entusiasta de la montaña, así que le pregunté:

¿Vos también escalás?

En su cara apareció una sonrisa de niño, casi infantil, y me contestó:

José Luis Fonrouge en la cumbre del Fitz Roy.
Foto gentileza José Antonio Fonrouge

- Yo... yo soy Fonrouge.

Lo miré sin decir una palabra y recuerdo que caí. Ya en el suelo pensé qué idiota había sido. Era como preguntarle a Fangio si corría en auto.
Fue así como ese domingo del ´65 conocí a José Luis Fonrouge, quien con el tiempo se convirtió en mi inmejorable compañero, amigo y referente. Como vivía muy cerca de mi casa, en Agüero y Juncal, no solo me llevó, sino que me invitó a ir con él próximo fin de semana a Sierra. Y así fuimos los dos. Era un sueño, escalar con el gran Fonrouge.
En muchas oportunidades, muchos años después, recordamos ese primer encuentro. A él le hacía mucha gracia cómo recordaba yo los detalles. Me decía: "Hermanito, yo no recuerdo tanto, pero habré visto en vos buena madera", mientras reía y de ese modo halagaba nuestra amistad.

Ya para esa época José Luis era un alpinista consumado, creativo e inteligente, que buscaba objetivos vírgenes y los lograba con criterios propios, aunque éstos lo alejasen de la ortodoxia del momento. La expedición al Torrecillas en Esquel a los 14 años, La Torre Norte del Paine con su gran amigo Jorge Inzua y otros compañeros. La Supercanaleta del Fitz junto a Carlos Comesaña. El Fitz Roy no solo fue un hito en su vida, el más importante, sino que fue un hito a nivel del alpinismo mundial. Por esa hazaña, la Federación Francesa de Montaña lo hizo miembro del Grupo de Alta Montaña, al que sólo se accede por méritos y muy pocos extranjeros lo han logrado. Él está junto a Bonington, Bonatti y Messner, entre otros.
Pero hoy, luego de más de 35 años de amistad, no deseo hacer una cronología de sus logros, en la Antártida, la Sur del Aconcagua, Perú, Alaska o Patagonia, que ya todos los conocemos. Hoy quisiera exaltar en él al hombre, al esposo, al padre y al amigo que fue en su generosa y rica vida.
Detrás de esa sonrisa infantil con alma de niño, había un hombre cabal, seguro de sí mismo y de sus convicciones. Un hombre ágil y brillante, que lograba lo que se proponía y que irradiaba genialidad en sus propuestas u objetivos.Sensible y optimista, siempre veía al futuro venturoso y hasta mejor que al pasado. En una oportunidad que me regaló un libro, la dedicatoria decía: "A mi Amigo Alfredito... que sepa que todo tiempo futuro es... mejor". O en "Horizontes Verticales" me puso "Alfredito, por todos los horizontes que nos quedan por descubrir. Tu amigo".

Poincenot - 1967 Foto: Alfredo Rosasco

José Luis se descubrió a sí mismo en los grandes espacios verticales y ahí, suspendido entre el cielo y la tierra, aprendió a pensar en vertical. En todos los años que compartimos, jamás lo vi depresivo o con pensamientos o ideas "horizontales". Siempre vivió con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo.
En los ‘70 aparece en su vida una mujer a su medida, María Elena Tezanos Pinto. "Mariele", su adorada Kuki como cariñosamente la llamaba. Hacen un proyecto de vida, se casan y Mariele, dinámica, emprendedora e inteligente, juega el rol de ejecutora y materializadora de los proyectos que juntos desarrollan. Es su cable a tierra, a la realidad de todos los días. Se transforman en exitosos empresarios industriales, pequeños pero como decía un buen amigo nuestro, Juan Carlos Vasquez: "...estos Fonrouges son genios; viven como si tuvieran un millón de dólares, pero sin la obligación de tener que cuidarlos".

JLF y A Rosasco en cumbre Gorra Blanca 1997

Luego fueron llegando sus tesoros: sus hijos. Primero José Antonio, luego Carola y por último Agustín. Los hijos fueron criados con libertad y sin miedos, sin imposiciones predeterminadas. Así se fue forjando en ellos una personalidad definida.
José Antonio, prolijo, detallista, estudioso. Hoy ingeniero ambiental y casado con Loli. Carola, romántica, amante del arte, cantante lírica, buena esquiadora, viajera incansable. Agustín, callado, profundo, un poco introvertido, soñador y sensible. Hoy estudiante de ingeniería y muy de novio.
Los cinco conformaron un mundo, el "clan Fonrouge". En él siempre me sentí bienvenido y querido, pudiendo compartir los pequeños detalles de su vida diaria. Tenia en su casa mi espacio, el quincho, en el cual dormía y aún duermo cuando viajo a Buenos Aires, rodeado de libros y recuerdos. Su hogar era su refugio preferido, y cuando no estaba viajando o de expedición, en él recibía a sus amigos y amistades con sencillez y cariño.

Hielo Continental 1998 (foto: Alfredo Rosasco)

Nunca el trajinar cotidiano nos impedía largas charlas comunes o soñar con nuevos proyectos y aventuras. Recordábamos esa fría experiencia con nuestros kayacs en el Manso en invierno, o ese vivac que tanto lo marcó cuando, desprovistos de carpa, vimos el amanecer con las cumbres encendidas en llamas del altiplano Japón del Hielo Continental. Cuando programamos nuestra última salida a la montaña, el volcán Maipo en abril del 2000, recuerdo que en el vivac hablamos de las estrellas, del universo y las leyes que lo rigen... de la relatividad. Nunca hablábamos de técnicas de escalada, de sponsors o materiales. Más aún, nunca lo vi leyendo un catálogo ni creo haber visto jamás uno en su casa. José Luis nunca recordó una ascensión como una cronología de superación de dificultades técnicas. Siempre la relató como una sucesión de vivencias y recuerdos que enriquecieron su vida.
Hoy, ya hace un año que José Luis junto a sus adoradas Mariele y Carola se ausentaron, el 28 de abril del 2001. En una lluviosa madrugada, el avión que los transportaba cayó en plena pampa húmeda.
Lo más trágico de perder a un Amigo no es la muerte... es la ausencia. Ir no se ha ido; está presente en cada manifestación de la naturaleza, y para reencontrarlo solo necesito cerrar los ojos y sentir el peso de su brazo sobre mis hombros.

Alfredo Rosasco compartió con José Luis Fonrouge:
- S.O. Poincenot 1967.
- Adela 1970.
- Everest (miembros de la expedición) 1971.
- Tolosa, Glaciar del Hombre Cojo, 1974.
- Lanín Colada Sur 1976.
- Kayacs del ‘80 al ‘87.
- Cerro Grande ‘92.
- Gorra Blanca ‘97.
- Travesías en esquí ‘90 al 2000.
- Volcán Maipo ‘2000.


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