Everest 50 Años II
El Everest ¿Sólo porque está ahí?
Por Reinhold Messner
Edición: Santiago Storni
"El Everest en los días de la inocencia". La otra cara de la moneda o lo que podría ser la pérdida de esa inocencia la describe Reinhold Messner, leyenda viva del ochomilismo mundial e integrante de la primera cordada que lo ascendió sin oxígeno, en una carta del 18 de septiembre de 2001 publicada por Desnivel y que aquí resumimos, que podría llamarse "El Everest en los días de las expediciones comerciales y los reality shows", porque nos muestra los aspectos no tan románticos que se suceden desde que el Everest se convirtió en una montaña accesible a partir de la llegada comprobada a su cumbre, ocurrida hace 50 años.

En el Everest es otra vez temporada alta, y vinieron escaladores de todo el mundo. Ayudados por sherpas y dirigidos por guías de montaña, con el camino preparado por cientos de porteadores, empiezan las colas para alcanzar el último logro de prestigio de alcance internacional. Bastante a menudo se encuentran los viajantes de estos grupos amontonados en el filo cumbrero en una especie de embotellamiento. Los "Señores Blancos", también denominados Sahibs, quienes no cargan mochila, son llevados al techo del mundo como se lleva a otros grupos de turistas a otros lugares de interés. El turismo global finalmente también ha alcanzado la cima del Everest.


Vista desde la cumbre del Everest

No, a mi no me extraña que este gigante de hielo, que hasta hace 100 años era invencible y que hace 50 años era la meta de los mejores alpinistas, ahora sea utilizado para la realización de uno mismo. En los tiempos de "Gran Hermano" es ideal para las grandes escenificaciones. Después de que le robáramos todos sus secretos, ahora pertenece a todos. Desde que se vende en Internet y en catálogos de viaje a través del eslogan 'Everest para cualquiera', la idea del ascenso al Nirvana por un poco de dinero, ha convertido esta montaña en un bien comercial, lo que para los nepalíes es un monte sagrado llamado "Sagarmatha" o para los tibetanos "Qomolungma". Lo sensacional en estas ofertas es la montaña en sí y la historia de sus ascensiones, que tiene más que ver con el morir que con el vencer. Por cada 10 personas que alcanzan la cima hay un muerto en la estadística.
¿Cuánta energía, cuánto dinero y cuánto valor fueron necesarios desde septiembre de 1921 hasta mayo de 1953 para alcanzar la cima del mundo? Una cantidad enorme. Ahora escaladores famosos sólo empiezan cuando ya está montada la cadena de campamentos avanzados de las expediciones comerciales. También se encuentran botellas de oxigeno tiradas por todos los lados. Pero no solo se escala cada vez más rápido en unas altitudes donde no hay tiempo que perder, sino que también se esconde cada vez con más rapidez aquello que sale mal.

Por ejemplo en 1996. Había dos indios colgados en el filo cumbrero. Fuertemente amarrados a una cuerda no lejos del "Segundo escalón". Mientras pasaban dos japoneses camino de la cima, uno de los indios pidió ayuda. Inútil, los japoneses tenían prisa, ya que ellos mismos iban camino de la cima. 
Tanta irresponsabilidad!
De 1921 a 1953 se atrevieron una docena de expediciones con este experimento. Por fin en 1953 alcanzaron los británicos la meta. Cuando Hillary, un criador de abejas de Nueva Zelanda, llegaba a la cima con su sherpa el 29 de mayo de 1953, se encontraban sobre los hombros de un enorme y caro proyecto de Gran Bretaña. Por suerte no se trabó la cámara de fotos y gracias a ello hay pruebas irrefutables. La meta, que era un ideal, se había alcanzado. Con ello también se había acabado.


Reinhold Messner

Los primeros británicos que habían muerto en el Everest, Irvine y Mallory de repente se convirtieron en algo más interesante que los primeros escaladores que habían llegado a la cima, que ni siquiera eran ingleses. Así se convirtió Mallory en un mito. Aquel George Leigh Mallory, que volvió a aparecer en 1999 como cadáver de mármol. Su existencia ha desplazado a todos los demás muertos del Everest de las primeras páginas de los periódicos.
Hoy en día se retransmite la muerte ahí arriba vía satélite y después los muertos son
rápidamente olvidados. Así como en 1996, cuando los participantes de una expedición comercial estuvieron errantes sin guía en la zona de la muerte y luego desaparecieron.
Murieron una docena de ellos. No les ha quedado nada de aquello por lo que habían pagado, ni tampoco reconocimiento, ni inmortalidad. Ahora ya saben todos aquellos que han subido a la cima que no se alcanza como héroe o
vencedor la cumbre, sino más bien como un paciente de neumología con una respiración galopante y medio aturdido; aún así cada vez son más los que quieren ascender.
Y llegan unos pocos de ellos a la cumbre y la mayoría también de vuelta al campo base, pero tan perdidos y con lagunas en la memoria, que después lo acaban confundiendo todo.
No, no es la excepción que los escaladores del Everest hagan cosas raras; es la regla. El peor de todos los síntomas de enfermedad a esa altura, la falta de capacidad de pensamiento, eso se esconde. 

También la falta de riego sanguíneo cerebral, lo que sufren todos a esa altura. A ello se suma el ego y ante una tormenta rápidamente se pierde la vida.
A la falta de esperanza en esas situaciones se suma la soledad, que crece con la lentitud del avance. Y es que allí arriba no hay nada que buscar, ni tesoros, ni reconocimiento, ni divinidad alguna. Los autóctonos, para nosotros personas incultas, siempre intentan evitar las cimas. Solo las escalan si se les paga por ello. Son los animadores en el camino a ese nirvana que solo existe en la imaginación de sus clientes. 
Pero después tienen todos lo que querían: los sherpas su dinero y los sahibs el sentimiento, por un instante, de haber estado más cerca del cielo.
La verdad es que la ascensión del neozelandés Hillary de 34 años y del sherpa Tensing de Darjiling de 39 años, siempre será un momento estelar en la historia del alpinismo. Cuando 25 años después me arrastraba hacia la cima del Everest, sobre manos y rodillas, el viento era tan fuerte que Peter Habeler y yo no podíamos mantener el equilibrio por momentos.


Cumbre del Everest

 Con el aullido de la tormenta en mis oídos y de mis propios pulmones en mi tórax, seguía subiendo. La expectación que produjo nuestra ascensión sin máscara solo se puede atribuir a que es mundialmente conocida la necesidad de una cierta cantidad de oxígeno para que exista la vida. Pero cuando me dirigí al Everest dos años más tarde para ascenderlo en solitario ya no le interesó a nadie.
El cansancio, el miedo y la desesperación de la primera ascensión ya los había olvidado. ¿O
sólo ignorado? Sólo hay que imaginarse la vida de ahí arriba: siempre pies fríos, y medias mojadas en la carpa; siempre sed, y dolores de cabeza, y vómitos; luego esas sopas que despiertan las náuseas; la estrechez de la carpa, miedo a ahogarse, pánico. Al llegar a la cima no vi nada. Estaba rodeado de niebla. Así que ninguna vista celestial, ni alegría, ni orgullo. Nada. Ni siquiera algún pensamiento. Hice de forma automática lo que me había propuesto hacer: un par de fotos, respirar, un poco de descanso arrodillado y con los ojos cerrados. Y empezar con el descenso.
Increíble con qué rapidez nuestro cerebro olvida todas estas incomodidades. Por ello hay miles que reservan una plaza para ascender al Everest como si fuera un simple viaje al Tíbet. Con buen tiempo la ascensión a la cumbre por uno de los caminos preparados no es más que un trekking en la zona de la muerte. Aún así sigue siendo peligroso.
La montaña más alta del mundo se ha convertido en un bien comercial. Pero bajo los miles de cuerdas, escaleras y tanques de oxígeno, se encuentra escondido el viejo Everest, un mundo horrible. Porque la montaña más alta del mundo es más severa y mortal que nunca. Personas inteligentes harán bien en ignorar la oferta de "Everest para ti". Los aún más inteligentes podrán observar el Everest desde la ventanilla del avión, sin tener que pagar enormes cantidades a poco serios organizadores de viajes, que siempre intentan vender la idea que son mejores unas vacaciones en el Everest que en Mallorca."

"Alcanzar la cumbre de una montaña da una gran satisfacción, pero nada me ha recompensado tanto en esta vida como resultado de nuestra ascensión al Everest, como el habernos dedicado a la asistencia y bienestar de nuestros hermanos Sherpas."

Edmund Hillary


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