Historia del Montañismo XIII
ARQUEOLOGIA DE ALTURA
Por Jorge González

Seguimos publicando en capítulos este trabajo de investigación y recopilación realizado por Jorge González, y en este capítulo con la intervención del salteño Christian Vitry, y de Patricia Arenas. Esta sección está abierta a recibir comentarios y aportes de lectores que quieran sumar material, fotos, topos, relatos, observaciones, etc. enviándolos al autor, con copia al editor: georgmallo@yahoo.com c/c santiagostorni@infovia.com.ar .

Dentro de la “historia del montañismo”, entiendo que es muy importante lo que concierne al desarrollo más o menos reciente de la arqueología de altura. Al encontrarse, muchas veces por azar, restos de antiguas culturas a grandes altitudes, se inició el estudio de estos santuarios y momias que hoy abren un capítulo apasionante para el investigador. Han sido montañistas los que han tenido acceso a tales indicios y poco a poco se agregaron a ellos investigadores que realizaron una exploración y estudio más metódicos arribando a conclusiones con las que intentan explicar la razón de tales ofrendas. No es el propósito extenderme en lo que a esos significados se refiere ya que es un capítulo por demás extenso y sobre el que aún hoy se tejen todo tipo de especulaciones. Me remito a la historia de los principales ascensos y hallazgos según los conceptos de un prestigioso especialista.

Breve historia de la arqueología de
alta montaña

Por Christian Vitry (Revista “Miradas”, nº 21, Salta, junio/julio 1999 y Pacarina, nº 3, Jujuy, 2003)

Sobre el culto a las montañas y los hallazgos arqueológicos realizados por exploradores, montañistas, arrieros o huaqueros, existen muchos antecedentes y no sólo en la cordillera de los Andes. Por ejemplo, en el año 1519 Hernán Cortez, con el afán de impresionar a los aztecas (además de conseguir azufre para sus armas) ordenó a sus soldados que conquistaran la cima del volcán sagrado del imperio, el Popocatepetl de 5.432 metros. Hoy sabemos por las investigaciones arqueológicas realizadas en las montañas de México que el culto a los cerros y volcanes fue más importante de lo que se pensaba, habiéndose registrado numerosos hallazgos de objetos y estructuras arqueológicas en casi todas las montañas mexicanas, como también cultos relictuales que se conservan hasta la actualidad. En otros rincones del mundo también encontramos montañas sacralizadas, por ejemplo en la India el Monte Meru; en Irán la montaña llamada Haraberezaiti; el Monte de los Países en Mesopotamia; en Turquía el Monte Nemrut, en Palestina el Monte Gerizín; en Africa el Kilimanjaro, el Meru y el Kenia; en el Tibet el Monte Kailas y la mayoría de las montañas del Himalaya, y sabemos que los ejemplos siguen. Pero en el continente americano y especialmente en la cordillera de los Andes este culto a las montañas alcanzó grandes dimensiones. El registro arqueológico indica que son más de cien los cerros donde se construyeron templetes y estructuras complejas con fines cúlticos, muchos de ellos superan la cota de 6.000 metros.
Nuestro país tiene mucho que ver en la historia de la arqueología de montaña. El primer hallazgo del que se tiene noticia, se remonta a fines del siglo XIX (1888) cuando el geógrafo chileno Francisco San Román, anuncia haber hallado un “puñal de cobre” (posiblemente un tumi) en la cumbre del cerro Chuculai (5.420 m), ubicada en la Puna salteña, próximo a los grandes volcanes limítrofes. En el año 1905, se producen dos hallazgos, uno sobre las laderas del volcán Socompa (6.031 m Salta-Chile), a una altura de 5.300 metros, el incansable y pionero Federico Reichert ubica “una gran pila de madera dura”, transportada desde centenares de kilómetros por los antiguos moradores andinos. El segundo descubrimiento de ese año (1905) y sin duda uno de los más importantes de nuestra provincia, se realiza sobre las laderas occidentales del Nevado de Chañi cuando el Teniente Coronel E. Pérez, ubica sobre las laderas de la montaña de casi 6.000 metros, un enterratorio con el cuerpo momificado de un pequeño de aproximadamente cinco años. Su ajuar constaba de dos ponchos, dos fajas tejidas en colores, un peine de caña, una chuspa (pequeña bolsa tejida) adornada con plumas, un canuto de caña con decoración pirograbada, un disco de barro cocido y varios fragmentos de tejidos. Lamentablemente no existe un registro o informe con mayores detalles del hallazgo que permitan hoy investigar más sobre el tema. El cuerpo momificado y su ajuar fueron donados al entonces recién creado Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Otro descubrimiento que marca un hito importante en la arqueología de alta montaña se realizó en el año 1930. El Profesor Eduardo Casanova, asciende a la cima del Cerro Morado (5.200 m), ubicado en la localidad salteña de Iruya, y descubre varias construcciones bastante destruídas, en cuyo contexto halló fragmentos de cerámica y algunos vasos casi enteros de marcado corte incaico, además, dos fragmentos de láminas de oro y plata, la parte superior de una campanilla de oro y treinta cuentas de collar de malaquita y lapislázuli. Es el primer arqueólogo que realiza un trabajo sistemático sobre un santuario de altura. En el año 1954, un arriero buscador de tesoros, descubre en el cerro El Plomo (Chile) a unos 5.400 metros una momia infante que causó un gran impacto entre los estudiosos de la época. Es en esta década donde se produce una eclosión y son descubiertos una gran cantidad de sitios de altura en las elevadas montañas de la cordillera andina. Uno de los pioneros de esta actividad es el austríaco Matías Rebitsch, quien en el año 1956 asciende al volcán Gallán (6.000 m) y en un enterratorio de la cima halla estatuillas antropomorfas y zoomorfas. En 1958 regresa a la Argentina y arremete hacia el volcán Llullaillaco (6.739 m), donde realiza importantes descubrimientos y relevamientos (los primeros realizados sobre el volcán). En el año 1965 el austríaco pionero de esta actividad realizó sus últimas expediciones, de las cuales se destacan los picos de la puna catamarqueña como el Peinado (5.740 m), Dos Conos (5.900 m) y el Azufre o Copiapó (6.080 m). Desde la década del '60 hasta la fecha se destaca la labor realizada por el Dr. Juan Schobinger de la Universidad Nacional de Cuyo, y especialmente la del director del Centro de Investigaciones Arqueológicas de Alta Montaña de San Juan, el andinista y arqueólogo aficionado Antonio Beorchia Nigris, quien ha publicado la más completa síntesis de los hallazgos de montaña realizados a lo largo de los Andes que se conozca (CIADAM, Tomo 5, 1985 y otros).
Desde la década de 1980 se destacan los estudios teóricos y descubrimientos del antropólogo norteamericano Johan Reinhard, quien ascendió y exploró gran cantidad de montañas de Argentina, Bolivia, Chile y Perú. En 1995 realizó lo que se consideró uno de los descubrimientos más espectaculares de la arqueología de alta montaña de los últimos tiempos: tres momias y un rico ajuar en la cumbre y laderas del nevado Ampato (6.300 m) en Arequipa, Perú; y en 1999 dirigió la expedición al volcán Llullaillaco, de donde se extrajeron tres cuerpos momificados a más de 6.700 metros y cuya espectacularidad eclipsó totalmente al descubrimiento del nevado de Ampato.
Durante la década de los ´90 y hasta la fecha se destacan los trabajos del arqueólogo mexicano Arturo Montero García y de la argentina Constanza Ceruti junto a toda una nueva generación de estudiosos en Perú, Chile, Bolivia y principalmente Argentina que lleva la delantera en este tipo de investigaciones, tanto en cantidad de investigadores y sitios localizados como en calidad de los hallazgos producidos.
En el año 2004 se crea en la ciudad de Salta el Museo de Arqueología de Alta Montaña (www.maam.org.ar), único en su temática en el país, cuya misión es conservar, investigar y difundir el patrimonio cultural relacionado con los hallazgos arqueológicos vinculados con las montañas. La primera sala está dedicada al montañismo de la década de 1950-60, exhibiéndose entre otras cosas el primer libro de cumbre del volcán Llullaillaco, dejado en la cima en 1952 por los chilenos Bión González y Juan Harseim, junto a equipo de montaña de diferentes épocas. El museo se está transformando en el lugar de referencia y visita obligada de todos los amantes de las montañas y sus insondables misterios.

Hans Schobinger
Por Patricia Arenas (“Antropología en la Argentina”-Museo Etnográfico, Buenos Aires, 1991)

Hans Schobinger es natural de Lausana (Suiza), donde nació en 1928. Dos años después llegó a la Argentina con sus padres inmigrantes. En 1951, Schobinger obtuvo el profesorado de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires y se doctoró en 1954 con una tesis sobre la arqueología de la provincia de Neuquén. Actualmente y desde 1956, es profesor titular de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuyo en la cátedra de Arqueología Prehistórica.
Schobinger es un exponente de la tradición viajera de los padres de la arqueología moderna, dotado de una curiosidad que lo empuja a la búsqueda de respuestas a los interrogantes que su actividad plantea. Bajo este mandato de su temperamento profesional ha realizado numerosos viajes por América, Europa, Asia y Medio Oriente: Es autor de aproximadamente cien trabajos publicados, entre libros, artículos y notas de divulgación científica en Argentina y en el extranjero. Su especialidad es la arqueología de alta montaña, en cuya práctica ha logrado resonantes éxitos.
Uno de los más importantes sin duda es el que se refiere a la momia hallada en el Aconcagua que, por su situación, reúne las características de las montañas elegidas a estos efectos rituales. Schobinger, había abandonado sus intentos exploratorios tras los relevamientos infructuosos realizados en 1970, pero en 1985 volvería a la carga. “Mientras buscaban alcanzar la veta del Aconcagua utilizando una vía prácticamente inédita, cinco jóvenes miembros del Club Andinista de Mendoza dieron con algo que parecía una momia, incluso a juzgar por las pircas que la protegían. Tuvieron la buena idea de limitarse a tomar fotografías y a extraer muestras de tejidos y algunas plumas con las cuales probar a su regreso haber individual izado un yacimiento arqueológico”.
En efecto, el cuerpo de un niño menor de doce años, uno de los raros casos de momificación por congelamiento, fue hallado sobre una cresta del sector Noroeste de la montaña, más exactamente sobre un contrafuerte llamado Cerro Pirámide, a unos 5.300 metros de altura. Uno de los aspectos a destacar, más allá del interés específicamente arqueológico, es el tratamiento dado al involucro fúnebre y al cuerpo, para el que se han utilizado todos los recursos tecnológicos disponibles desde la exhumación y el traslado hasta la intervención de laboratorio. Se trató de una notable cita interdisciplinaria de la que quedó una documentación completa, incluido un video.


Ruinas cerca de la cumbre del Llullaillaco. Foto Fedrico Norte.


Ruinas en el Llullaillaco.
Foto Vitry.


Momias de los niños del Llullaillaco.


La niña del Llullaillaco. Encontrada por Johan Reinhard en 1999, casi perfectamente conservada. Había sido sacrificada por sacerdotes incas cinco siglos atrás.
Foto National Geographic


Juan Schobinger.


Constanza Ceruti y el hallazgo de los
niños del Llullaillaco.


En el Llullaillaco. Foto Vitry.


Estatua Inca vestida,
encontrada junto a las
momias del Llullaillaco
dentro de la tierra.