PERÚ - CORDILLERA BLANCA
CHOPICALQUI
Por Juan Pablo Gustafsson
G.R.A.M. (Grupo Rosarino de Actividades de Montaña)
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El viernes 15 de julio de 2005 partimos desde Rosario Fernando Arranz y yo, Juan Pablo Gustafsson. Glauco Muratti, quien debía venir con nosotros, se había destruido un tobillo seis días antes de la partida en un accidente tan doméstico como inoportuno.
Durante años conocimos las montañas de Perú a través de los viajes de nuestros amigos, quienes escalaron allí en varias oportunidades, ahora había llegado nuestro turno. El cerro elegido fue el Chopicalqui, de 6.354 m, del cual en un principio no teníamos demasiada información, salvo un par de fotos del enorme labio de hielo y el filo que conforman su cumbre. La belleza de esas imágenes terminaron de seducirnos.
A la una de la mañana del sábado 16 aterrizábamos en la ciudad de Lima, de la que huímos literalmente hacia Huaraz ni bien se hizo de día, haciendo los 400 km que nos separan hacia el norte en ómnibus. El pasaje se saca con pasaporte en mano y una vez arriba del coche, pasa una persona filmándole la cara a todos y cada uno de los pasajeros. La inseguridad y el mal servicio en el transporte son moneda corriente.
Hacia la tarde comenzamos a internarnos en lo que se denomina el Callejón de Huaylas, valle recorrido por el Río Santa con orientación NNO-SSE enmarcado al este por la Cordillera Blanca y al oeste por la Cordillera Negra. En este valle se asientan las principales poblaciones de la región. La Cordillera Blanca es conocida en todo el mundo por su belleza y por concentrar la mayor cantidad de seismiles en todo el continente americano. Se cuentan 32 montañas de más de seis mil metros de altitud en una extensión de 180 km.
Huaraz es la capital del departamento Chavín, paso obligado de escaladores de todo el mundo y también ciudad de las bocinas. Allí suena una bocina, con un intervalo máximo de dos segundos. También es la ciudad inconclusa. Todas las casas tienen los hierros de las columnas apuntando al cielo, esperando un próximo piso que nunca se construye, es muy pintoresca, sobre todo por la vida de sus calles y sus ferias. Fue reconstruída luego del terremoto de 1970 y conserva muy poco de su trazado y edificios originales. Este terremoto es amargamente recordado por los peruanos porque no solo destruyó muchas ciudades sino que el movimiento provocó que la nieve acumulada en las laderas de los cerros Huascarán Norte y Huascarán Sur se desprendiese completamente, formando un alud de piedra y barro que arrasó a la ciudad de Yungay, sin dar tiempo de nada a sus pobladores. Fueron sepultados en pocos minutos ésta y sus 70.000 habitantes. Hoy, Yungay se levanta nuevamente desplazada 1 km hacia el norte, en zona más segura y tiene 150000 habitantes.
El lunes 18 luego de preparar todo lo necesario hacemos el viaje de una hora en combi hacia Yungay. Una oprimente sensación me invade al atravesar el descampado que hay en el sitio donde se levantaba la antigua ciudad.
Otra combi nos lleva directamente hacia nuestro objetivo, la Quebrada Ancash, recorriendo la Quebrada Llanganuco en una larga subida. Pasamos por dos hermosas lagunas, la laguna Chinancocha y Orcococha.
Una vez en la entrada de nuestra quebrada Ancash y con la vista del imponente Chacraraju a nuestras espaldas, nos internamos entre la vegetación y en poco más de media hora alcanzamos el campamento base. Un par de enormes carpas-comedor, guías y porteadores, franceses, norteamericanos, austríacos, alemanes, etc. nos dan la bienvenida y nos confirman que esta no sería una escalada solitaria.
Había promesas de buen tiempo pero todavía no se estaban cumpliendo para nosotros. Por lo general, salvo en las primeras horas de la mañana los cerros se cubrían con nubes y teníamos sol de a ratos.
Comienzan a apreciarse toda variedad de montañeros. Están los que van solos, por las suyas, los súper veloces que van con lo puesto a hacer todo en dos días, los que van de a tres y tienen tres porteadores que les llevan todo el peso, con guía y cocinero, les arman las carpas y los llevan hasta la cumbre.
Un párrafo aparte merecen los porteadores y los guías peruanos. Era común verlos subir y bajar dos veces al día entre campamentos Morrena y Base, alguno con mocasines y camisa, cargados con bultos como heladeras en sus espaldas, con mochilas de estructura de caño, siempre saludando con una sonrisa y un comentario amable. Dignos descendientes de los Incas, pensaba yo, dueños de la montaña...
El Campamento Morrena se encuentra a 4.900 m de altura con unas vistas fantásticas de los Huandoy, el Pisco, el Chacraraju, el Yanapaccha, el Caraz de Parón, el Artesonraju, nuestro Chopicalqui y los Huascarán. Casi nada..! Allí aclimatamos practicando un poco de escalada en hielo en el glaciar que baja desde “el Chopi”.
El sábado 23 comenzamos la subida hacia el Campo Uno, a 5.600 m sobre el glaciar, y ya en el arranque quedó demostrada la necesidad de tener el casco puesto, porque hay un tramo pegado a una pared rocosa muy inestable que deja caer piedras continuamente. El paso por allí debe ser lo mas veloz posible. Luego de unas cinco horas y media de subida encordados, cruzando y saltando grietas, alcanzamos el Campo Uno. En un rato, los colores rosáceos del atardecer lo invaden todo y aprovecho para sacar unas lindas fotos. Estamos en un hombro de hielo flanqueado por una pared congelada de unos 50 m de altura por detrás nuestro. Entretanto, los Huascarán truenan cada menos de una hora, con avalanchas de todos los tamaños.
El domingo 24, con luna llena, sin viento y con muchas ganas, salimos hacia la cumbre a eso de las cuatro de la mañana. Al montarnos en un filo vemos hacia el sur en la llanura, como una estrella de mar gigante, las luces de Huaraz en la oscuridad de la noche, a la distancia. Mi compañero marca el paso y yo a los quince metros de cuerda que nos separan lo sigo sintiéndome en óptimas condiciones. Al mirar hacia arriba se dibujan plateadas las irregularidades y cornisas blancas que nos esperan. Hay más de una cordada subiendo. Podemos ver claramente las luces de sus linternas frontales en medio de un tramo casi vertical, allá arriba cerca de la cumbre.
Cuando amanece, el espectáculo se hace grandioso. Nos toca subir unos resaltes de unos 40 m de nieve dura a 60º/ 70º. Las posibilidades de caer son pocas ya que el paso de las anteriores cordadas deja marcadas profundas huellas en la nieve, y además ponemos alguna estaca, pero el riesgo objetivo es grande ya que una caída terminaría indefectiblemente en el abismo de la cara sur del Chopi, hacia la Quebrada Ulta. Con mucha tranquilidad vamos alcanzando los tramos finales hasta que luego de un nuevo resalte un poco más corto, alcanzamos un filo desde donde la cumbre puede apreciarse con toda su majestuosidad. Estamos en un punto de no retorno desde el cual la visión de la cumbre anestesia todo agotamiento, toda posibilidad de desistir. Este último tramo fue para mí, de un disfrute enorme.
Pisamos la cumbre a eso de las diez y media de la mañana. Nos abrazamos con Fernando y sacamos fotos. Yo saco una vieja bandera argentina que bajé una vez del cerro León Blanco en 1999, y la pongo al viento. La cumbre es algo sublime, un gigantesco merengue de hielo colgado a 6.400 m en el centro del escenario de la Cordillera Blanca...
Ya son casi las once de la mañana, las nubes rápidamente se acercan y comienzan a invadirlo todo, así que nos vamos para abajo. Tenemos que hacer dos rappeles que nos roban bastante tiempo, porque hay otra cordada bajando antes que nosotros. El último es de unos 30 m y lo hacemos desde una estaca de nieve que ya está puesta. Luego todo es bajar y bajar hasta llegar al Campo 1.
El cansancio es grande y el frío no se hace esperar, por lo que tomamos unos mates para hidratar y nos quedamos dormidos de tal forma que nos olvidamos de cerrar la carpa. Al otro día, con poca agua bajamos hasta el Campo Morrena para comprobar que el pequeño ojo de agua al lado del glaciar había desaparecido y no había agua por ningún lado. Bastante deshidratados seguimos bajando hasta el campamento base, al que llegamos a la tarde. Con gran malhumor compruebo que una de mis piquetas se ha caído en la bajada. Final feliz, luego de reiniciar la subida casi a la media hora un chileno que viene bajando me ve y levanta la piqueta con su mano. Ahora sí, podíamos volver a Huaraz tranquilos. A la noche estábamos comiendo arroz chaufa hasta morir, tomando cerveza Cusqueña y paseando por la ciudad con un cansancio tan grande como la felicidad misma que nos embargaba.
Un pensamiento en mi cabeza: este cerro estaba bastante concurrido, al igual que muchos otros en Perú. La escalada de alguna forma termina eliminando gran parte de uno de sus componentes, la incertidumbre, pues las huellas eliminan toda posibilidad de equivocar la ruta y la información de quienes vienen de la cumbre igual. Ésta queda reservada a vías menos visitadas y por lo general mucho más peligrosas. Aún así, estos cerros deparan duros retos y hermosos parajes, y ya comienzan a invitarnos a pensar en nuevas escaladas.


Heber con fondo cumbre de Vinson, completado las 7 cumbres. Nº 91 en el mundo (con Pirámide de Carstensz).


Transitando el filo del Chopicalqui llegando al campo 1 (5.600). Foto: Fernando Arranz

Fernando Arranz y Juan Pablo Gustafson en el Campo 1, con una vista
espectacular de los Huandoy, el Pisco y parte del Chacraraju.


En el campo 1 al atardecer con los Huandoy al fondo.


Fernando Arranz llegando a la cumbre del Chopi. Foto J. P. Gustafson.


Cumbre!