Octubre 2007    

 


TUPUNGATO
Por Herman Sachse

hermansachse@gmail.com

Integrantes: Luca Omann (Italia), Víctor Rodríguez (Uruguay) y Herman Sachse (Argentina).

Todo comenzó a fines de noviembre de 2004 cuando en viaje a Bariloche intentando el Tronador nació la idea de subir una alta montaña, y que sea a su vez aislada o poco frecuentada. Por eso durante un año comenzaron a aparecer nombres como el Pissis, el Mercedario o el Tupungato.

Luca, de Italia de paseo por Argentina, y Víctor, amigo uruguayo al cual conocí en algún maratón que corrí en Buenos Aires, fueron los compañeros elegidos.

Es muy poca la información que existe de esta montaña. Me fui enterando que es aislada, que es alta, (6.800 m) que no hay gente, y que para llegar a la base hay que hacer un trekking de más de cien kilómetros. Los preparativos de los últimos días fueron intensos, cuidándome de no olvidar nada.

Ya instalados en la ciudad de Tupungato nuestro principal objetivo fue conseguir animales para transportar nuestra carga, que en esos momentos era de casi 200 kg. Por suerte dimos con un lugareño que tenia a cargo el funcionamiento del dique Santa Clara, y que además contaba con mulas. Llegamos a un acuerdo y la expedición estaba en marcha. Pero el territorio por recorrer está bajo jurisdicción del ejército, así que nos dirigimos al Regimiento RIM 11 donde además de darnos las llaves de los candados de tres tranqueras, tomaron nuestros datos personales por seguridad.

El Lunes 24 de enero de 2005 nos encontramos en el refugio Santa Clara, hasta donde llegaron las mulas con nuestros pesados bultos. La caminata arrancó a 2.000 m, muy cómodos salimos cerca del mediodía con destino final el Refugio “El micro”.  Este lugar consta de efectivamente la carrocería de un micro abandonado del año ‘60.  Increíble pero real. Durante la tarde intentamos pescar, pero esa noche no comimos truchas. Eso sí, pudimos dormir bajo millones de estrellas junto al eterno río Santa Clara.

Por la mañana bien temprano, buen desayuno y a caminar. Debimos cruzar cuatro o cinco veces el río (¡Qué frío!). La idea era llegar al próximo refugio distante unos 10 km y a 3.700 m de altura. Sería el ultimo refugio que encontraríamos y que está totalmente construído con durmientes del ferrocarril. Al llegar unos merecidos mates nos recompusieron del esfuerzo. Lucas, nuestro arriero, continuó su camino con la carga y el equipo de alta montaña, que no necesitábamos por el momento. Él tenía que  llegar hasta el Portezuelo del Azufre, a 4.800 m, dejar los bultos allí y regresar a Tupungato. El día lo tomamos de descanso pensando en nuestra aclimatación. Las tortas fritas con mate hicieron que esa tarde fuera magnífica. Los únicos testigos eran manadas de guanacos.

Por la noche, al encontrar un par de kilos de harina en el interior del refugio intentamos cocinar pan o algo que se le pareciera, y así después de varios intentos y varias horas de dedicación logramos, un Italiano, un uruguayo y un Argentino, comer una pizza grande de queso, tomate y salamín a 3.700 metros de altura!

Partimos al día siguiente al Portezuelo del Azufre donde encontramos nuestros bultos a 4.500 m. Las nubes cada vez más bajas amenazaron todo el día con descargar una nevada, que llegó al caer la tarde y con nuestras carpas armadas.  Nevó toda la noche y la temperatura descendió a unos -20 °C.

Al amanecer ya  teníamos, la tormenta debajo nuestro y la presión atmosférica en ascenso. El viento y la sensación térmica se hicieron sentir aquella mañana, y nuestras barbas tenían hielo. El resto del día fue en descenso hasta el valle del río Tupungato. El río congelado y toda la carga en nuestras espaldas hicieron dura aquella jornada. Fuimos perdiendo altura, para poder llegar con las últimas horas de luz a orillas del río a 3.200 m. Estábamos agotados. Sopita y a la cama, o mejor dicho, a la bolsa. Por la noche otra nevada. En minutos todo se puso blanco y el ruido de los copos de nieve sobre la carpa nos hacía sentir realmente lo aislados que estábamos del mundo. La naturaleza una vez más decía presente, y volvía a poner a prueba nuestro temple.

La próxima etapa de aproximación fue la quebrada de la bajada. Fue sin dudas la más dura, aunque el paisaje fue espectacular. Millones de penitentes rodeándonos hicieron que las dos jornadas siguientes fueran inolvidables. Esas formaciones de hielo talladas por el viento siempre  sorprenden con su belleza. Además ya comenzaban a aparecer las laderas orientales del majestuoso volcán Tupungato, lo que nos motivó mucho, después de tantas jornadas de aproximación sin verlo. El recorrido implicó llegar hasta “El Hito” a 4.800 m que marca la frontera con Chile. Llegar llevó varias horas de un gran esfuerzo, ya que nos encontramos con interminables acarreos de piedra suelta que dificultaron mucho nuestro ascenso. Desde allí se ve claramente el filo que conduce a la pared final, que después de superarla, conduce a la cumbre. Decidimos armar nuestro campamento, a 5.200 m. Desde allí veíamos lo que faltaba. ¿Por dónde subir? ¿Cuánto tiempo llevaría?  ¿Lo lograríamos? El clima no podía ser mejor aunque al ocultarse el sol la temperatura descendió varios grados bajo cero. La idea era al día siguiente intentar llegar a la cumbre desde allí.

Esa noche no dormimos. Mucha ansiedad e incógnitas como para poder pegar un ojo. Por eso a las cuatro de la madrugada partimos con linternas frontales y la ayuda de una increíble  luna llena. El viento sostenido soplaba del sudoeste e interrumía nuestra marcha. Debíamos parar frecuantemente al reparo de rocas o filos, para intentar aplacar el intenso frío que soportamos durante cinco horas. Entonces nos dimos cuenta de que ese no sería el día de cumbre. Que si lo intentábamos al día siguiente y desde una cota más alta, tendríamos mayores posibilidades de éxito.

Esa decisión fue muy acertada y al día siguiente y desde los 5.500 m partimos nuevamente, con más energía y menos frío. La cantidad de oxígeno en el aire es menor a medida que ascendemos, y se hace más difícil respirar. Había que controlar la ansiedad y tratar de no cometer errores, porque a esa altura se podían pagan caros. Hasta que finalmente... ¡la cumbre! Ese momento mágico y único.

Todo parece estar al alcance de la mano: el Aconcagua al norte, el Océano Pacífico al oeste, toda la provincia de Mendoza allí abajo. El tiempo parece detenerse y uno quisiera quedarse allí eternamente. Lágrimas, y un interminable abrazo que nos junta a los tres. La montaña nos abrió sus puertas y nosotros seremos eternamente felices por haber podido estar ahí en esos días de inolvidable aventura.