Octubre 2009    

 

Reportaje a Magnani

Reportaje a Alfredo Magnani: Alicia Pacheco con la colaboración de Marcelo Lisnovsky y Marcelo Espejo. Agosto de 2009.
Contacto y edición: Santiago Storni.
Fotos julio 2009: Roni Monrás.
Fotos del libro “Argentinos al Himalaya”: Centro Cultural Argentino de Montaña.

Sus comienzos en el montañismo.
A principios de 1943, con 13 años de edad, pasé accidentalmente frente a las oficinas del Club Andinista Mendoza, ubicadas en el centro de la ciudad. Entré para observar las fotos de montañas que allí exhibían. Los socios presentes, ninguno de ellos bajaba de los 25 años, me recibieron con generosa hospitalidad y me invitaron a su próxima excursión para el fin de semana siguiente a la Precordillera. Fui con ellos, me aceptaron como parte del reducido grupo de andinistas del club en calidad de “mascota” y yo … feliz!
Entre ese año y 1945 ascendí todas las cimas de más de 5.000 metros del Cordón del Plata, Sector Noreste, el Tolosa y otras.
Al siguiente año, en febrero, realicé mi primer y fracasado intento de ascensión al Aconcagua, pero participé durante su desarrollo en la construcción del Refugio Plantamura y el rescate del cadáver de Hans Stepaneck, la primera víctima deportiva de la montaña.
En diciembre de ese mismo año, con dos compañeros, uno de los cuales me llevaba 10 y el otro 20 años, llegamos a la Cumbre de América. Fue la ascensión Nº.23, y me consagré como el andinista más joven que lo había logrado.
En invierno practicaba esquí en Vallecitos, Mendoza. Participé en los campeonatos nacionales organizados en el Cerro Catedral, en Bariloche, en los años 1946 y 1948.
En 1947 con Héctor Perone, mi compañero del Aconcagua subimos el Tupungato, y al año siguiente el Mercedario. Fuimos así los primeros en lograr esas tres destacadas cumbres andinas.
En esas mismas temporadas llevamos a cabo exploraciones de numerosas zonas: Fitz Roy, Ojos del Salado, el Chañi y otras, ascendiendo varias de esas cumbres.
En 1950 fuimos a Bolivia y logramos pisar las cumbres de los nevados Illimani y Huayna Potosí, en la Primera Expedición Argentina a Montañas Extranjeras.
En 1952 con Francisco Ibáñez y Carlos Sonntag fuimos becados al curso de guías de la Escuela Nacional de Ski y Alpinismo de Chamonix, Francia, oportunidad en la que además de escalar numerosas cimas alpinas, entre ellas la del Monte Blanco, obtuvimos la certificación profesional de Aspirante- Guía.
En 1952 fuí seleccionado como integrante de la 1ª Expedición Argentina al Himalaya, alcanzando con Gerardo Watzl una altura superior a los 8.000 metros, lo que constituyó el punto culminante de mi actividad andinística, pero eso no significó su término, ya que proseguí llevando a cabo exploraciones y ascensiones durante muchos años, en diversas partes del mundo.

¿Un compañero de cordada?
El Teniente 1º Francisco Gerónimo Ibáñez, jefe de la Primera Expedición Argentina al Himalaya, en 1954, con quien además fui condiscípulo de escuela.

¿La ascensión más difícil?
El intento al Monte Dhaulagiri, 8.167 m., por la Pared Oeste-Cresta Sur, Ruta de “La Pera”, en 1954.

¿Qué equipo usaba en las distintas épocas?
Cuando me inicié en el andinismo no existían en el país fábricas de ropa y equipos especiales para la montaña. Era necesario producir e improvisar todo. Las laboriosas manos de mi madre convirtieron un sobretodo en desuso en mis primeros pantalones para alta montaña.
Con las escasas telas que ofrecía el mercado, no siempre adecuadas y sobre modelos extraídos de publicaciones extranjeras salían a la luz rompevientos, mochilas, bolsas de dormir (con rellenos de dudosa efectividad, ya que el “duvet” nos era desconocido), gorros, medias tejidas a mano etc.
El calzado, generalmente de origen militar, consistía en una bota de media caña y cuero alérgico a la humedad y difícil de secar. Ostentaba en las suelas unos amenazadores clavos de cabeza redonda y otros tipo “ala de mosca” en sus bordes, que facilitaban su adhesión sobre superficies heladas, pero que resbalaban fácilmente sobre la roca lisa, y se desprendían como los granos de un choclo, dejando agujeros que servían de fácil conducto para que el agua ingresara al interior de la bota. Recién en 1952 durante los cursos de guía que realizamos en Chamonix utilizamos calzado con suela de goma provisto por la escuela, además de cuerdas y ropas de fibra sintética.
La primera foto con película color la tomé en 1954 en el Himalaya.
La piqueta bastón, de origen castrense, no soportaba su primer encuentro violento con el hielo duro, en el que perdía su aguzada punta, por lo que a partir de ese momentos sólo era útil como parante para la carpa.
Los grampones, también cuarteleros, poseían no más de 8 o 10 puntas, vulnerables a la tenaz resistencia de la superficie glaciaria, por lo que tras una marcha de algunas horas quedaban inutilizadas varias de ellas … o todas.
Mi primer calentador o cocinilla se alimentaba con querosén, y obtenía la presión mediante un pequeña bomba anexa. Aún ronda mi olfato el desagradable olor de ese combustible y el de los gases que su combustión generaba.
Poco después conseguimos otros que consumían benzina, la que al alcanzar cierta temperatura fundían su válvula de seguridad, transformándose en verdaderas “bombas molotov”!
A partir de nuestra visita a los Alpes Franceses actualizamos nuestro equipamiento personal y técnico, y dos años después, con motivo de la expedición al Dhaulagiri, nos servimos de los más modernos elementos para la alta montaña, similares a los empleados por los alpinistas galos en su exitosa expedición al Monte Annapurna, primera cima superior a los 8.000 metros alcanzada por el hombre.

¿Cómo era el montañismo en la década del '50 y como lo ve en la actualidad?
Mi concepto sobre la actividad en montaña, generalmente compartida por mis compañeros habituales, puede resumirse así:
“Las ascensiones no pueden considerarse como un fin en sí mismas, sino como parte de un todo, en el que se incluye una visión del mundo que incluye elementos culturales, religiosos y étnicos, por la pasión de explorar y la vocación de aventurero, por el conocimiento de uno mismo, de los camaradas y del propio universo”.
Dentro de esta concepción, tiene total prioridad la seguridad del compañero sobre el triunfo de la cima. Respetamos el aforismo que expresa “Subir una cúspide no es obligatorio, pero regresar todos, sí”.
No se aceptaba el sentido mercantilista en la actividad. Entendíamos que era nuestra obligación transferir sin cargo a la comunidad todo lo que habíamos recibido de la montaña.
El respeto por la naturaleza que tanto amábamos, era natural, y no concebíamos que alguien intencionalmente pudiera dañarla. ¿Cómo podíamos degradar o destruir aquello que tantas satisfacciones nos brindaba?
Si bien las más elevadas montañas de nuestro medio habían sido ya escaladas, decenas de cimas menores de nuestra cordillera eran prácticamente desconocidas, tanto en cuanto a la aproximación a ellas, sus características orográficas y rutas de ascensión. Todo ello nos exigía a actuar en una primera etapa como exploradores y aventureros, dado que no teníamos la menor idea de las peripecias que nos depararía cada viaje a la montaña. Tal situación significó un verdadero privilegio ya que las cumbres eran prácticamente nuestras, o sea del reducido grupo que las había descubierto, bautizado y pisado por vez primera.
Esta satisfacción es irrepetible. No quedan ya cimas ignotas en el mundo. La computación les dio el golpe final.

Un referente de sus comienzos:
El héroe de mi niñez fue el noruego Roald Amundsen, primer vencedor del Polo Sur. Este sentimiento surgió con la lectura de su libro “La Conquista del Polo Sur” que aún conservo como un tesoro que me obsequió mi padre, quien alimentaba mi ansiosa imaginación infantil con las “perlas” que descubría en sus frecuentes exploraciones en librerías de usados.
Tal fue el impacto que esa clásica obra me produjo que casi 50 años después viajé con Haydée, mi esposa y cómplice, a Noruega para visitar en Oslo el barco “Fram” utilizado por Amundsen en su increíble aventura.
La personalidad del francés Maurice Herzog, que con el guía Louis Lachenal logró la primera cima superior a los 8.000 metros de altura, la del Annapurna en el Himalaya de Nepal, en 1950, enriqueció el panteón de mis modelos humanos. Herzog, rompiendo con la norma tradicional impuesta por los ingleses en sus primeras expediciones al Himalaya, fue simultáneamente jefe y exitoso escalador de la cima deseada.
El ingeniero Herzog además de ser un excelente alpinista amateur escribió varias obras literarias dedicadas a la montaña, entre ellas la que tituló “Las Grandes Aventuras del Himalaya”, en 1981, en la que reseñó las 16 empresas más destacadas a la cordillera asiáticas, según su ilustrado criterio. En el tomo 2 dedicó un generoso espacio a la expedición argentina de 1954. También fue autor de numerosos trabajos sobre sus experiencias himalayas, las que generaron un modelo particular de organización y ejecución, que fue aplicado en lo posible por nuestra empresa. Y gestionó las becas que se nos otorgaron para realizar los cursos profesionales en la Escuela Nacional de Ski y Alpinismo, en Chamonix.
Herzog, al igual que su compañero, fue afectado en el Annapurna por graves congelaciones en dedos de sus manos y pies, varios de los cuales le fueron amputados.
Una vez repuesto de la intervención quirúrgica, en 1952, su vocación por la montaña se impuso, y organizó una ascensión al monte Cervino-Matterhorn, en los Alpes Italo-suizos. Le acompañaron sus dos hermanos, condiscípulos y dos guías. Nos invitó a participar en el evento a Ibáñez y a mí. Yo, lamentablemente por estar afectado por un fuerte resfriado, no pude participar en lo que fue un importante episodio en la historia del montañismo mundial. El equipo logró pleno éxito y alcanzó una de las cimas alpinas más prestigiosas por su trágica historia.
Herzog fue también Ministro de la Juventud y los Deportes de Francia; parlamentario y alcalde de Chamonix, donde hizo construir la moderna sede de la Escuela de Alpinismo y Ski.
Designado “Miembro de la Legión de Honor”, aún hoy recorre el mundo como honorable representante de su país.

¿Su opinión sobre el alpinismo del S. XXI?
En oportunidad de nuestra visita a los Alpes franceses en 1952, en la que entre otras escalamos como primera cordada argentina la cima del Monte Blanco y varias de las Agujas de Chamonix, si bien aún se vivía la reconstrucción de la Europa de post-guerra, la invasión de las montañas por multitud de alpinistas-turistas era ya una realidad.
Como ejemplo señalaré dos casos tipo: en la cima de Monte Blanco nos encontramos con más de 80 personas que habían llegado desde la vertiente francesa, además de las provenientes del lado italiano. Y al pie de la Chimenea Mummery, en la Aguja de Grepon, era necesario esperar horas para ingresar en ella, para acceder a la cima.
El contraste con nuestros solitarios y paradisíacos parajes andinos era demasiado impactante, pero tuve la intuición de que ese fenómeno era imparable en su número y extensión. El progreso y transformación que la civilización experimentaba en todo sentido así lo hacía entrever, y por lo tanto en algún momento, ese fenómeno afectaría a nuestras montañas aún intactas.
Regresé con la convicción de que había que protegerlas, para que con tiempo la llegada de esos nuevos contingentes produjeran el menor impacto negativo posible. Pensé que para ello sería un instrumento adecuado convertir las regiones a proteger en Parques Provinciales, regidos por normas estrictas para el logro de su objetivo.
En el Aconcagua el fenómeno comenzó a ser observado a partir de los años 80. Redacté entonces los proyectos de ley para la creación de los Parques Provinciales Aconcagua y Volcán Tupungato, que fueron sancionados en los años 1984 y 1985 respectivamente, y con posterioridad las normas que dieron origen a la creación del Cuerpo de Guardaparques, Patrulla de Auxilio, Cuerpo de Guías y Porteadores, Cuerpo Médico, Patrulla de Rescate, Servicio de Helicópteros, etc.
Toda esta estructura, según entiendo, funciona, en forma satisfactoria.
Si bien una multitud invade anualmente la montaña, en la temporada 2008-2009 ingresaron más de 10.000 visitantes de los cuales 3000 llegaron a la cima, y existe un control sobre ellos para preservar ese imponente monumento natural que conforma la cima más elevada de América.
En mi caso particular no tengo dudas de que si en 1943, cuando me inicié en la montaña hubieran existido situaciones similares , el andinismo no me hubiera contado en sus filas, y yo seguiría soñando con ser un solitario pero feliz explorador antártico…
Otros aspectos como la mercantilización, y el impacto ambiental aprecio que son consecuencia también inevitable de la banalización de la actividad.

¿Una anécdota inédita?  
En enero de 1950 ingresamos al valle del río Fitz Roy en dirección a la Laguna del Torre, a cuyo pie habíamos previsto instalar el campamento base para nuestra programada exploración del Glaciar Adela. Nos precedía don Andreas Madsen, pionero de la zona y propietario de la estancia homónima, quien conducía dos caballos “pilcheros” que transportaban nuestros equipos y alimentos. Ya nos había informado don Andreas que en ese sitio estaba instalado el famoso explorador patagónico R.P.S. Alberto M, de Agostini, acompañado por un guía italiano.
Para no importunarle con nuestra imprevista llegada pedimos a don Andreas que nos condujera a un sitio en el bosque distante del ocupado por el eminente sacerdote-explorador. Al llegar al lugar indicado nos encontramos con el Padre de Agostini quien nos esperaba, advertido por Madsen de nuestra llegada, y nos invitó cordialmente a instalarnos próximos a su campamento y compartir el albergue de ramas tipo Ona, que allí había construido.
Mientras don Andreas preparaba el asado de cordero separamos de nuestro bagaje una caja con botellas de vino mendocino, que despertó la atención de nuestro anfitrión y le llevó a decirnos: “Como buen italiano del norte prefiero el vino tinto”. Agregando medio en broma medio en serio: “Yo sólo bebo vino tinto dos veces al día: cuando como y cuando no como”. Es innecesario decir que el rico asado fue generosamente regado con el oscuro jugo de las uvas de nuestra tierra.
En todo momento el respetado explorador itálico fue muy amable con nosotros, he hizo gala de su generosidad en un artículo que publicó en una revista de su congregación salesiana, en el que dedicó elogios para nuestro grupo.

¿Cuál es la visión que tiene hoy de la expedición al Himalaya de 1954? ¿Qué ve diferente a lo que escribió en el libro?
Todo lo que escribí en mi primer libro “Argentinos al Himalaya” (1955) que tuvo su origen en el diario de la expedición, y se ajustó estrictamente a los hechos acaecidos durante su desarrollo.
En mi segundo libro  “Mendocinos al Himalaya” editado en 1994, esto es casi 40 años después, reproduje en forma textual e íntegra el texto del primero en lo referente a nuestra empresa. Incorporé en él nuevos capítulos de información general, la historia del Dhaulagiri posterior a nuestro intento y la compilación de datos sobre todas las expediciones argentinas a la cordillera asiática hasta 1994.
En todos esos años, ninguno de sus protagonistas me hizo saber disconformidad alguna con lo narrado en esas obras. Por el contrario, todos ellos o sus hijos conservan al menos una copia de ambas ediciones, como un verdadero tesoro familiar en sus bibliotecas.
Tal vez sea ello una de las más grandes satisfacciones de mi vida.

¿Por qué no participó en la segunda expedición al Himalaya?
El equipo de hombres al que le correspondió ejecutar el esfuerzo final en el Dhaulagiri, en 1954, entre los 7600 y los 8050 m, fue integrado por Gerardo Watzl, austríaco-argentino, los sherpas nepaleses Pasang Dawa y Ang Nigma, que eran hermanos, y yo. Éramos así los únicos conocedores en el mundo de la difícil y peligrosa ruta que discurre en una primera etapa por la Pared Oeste entre los 4.600 y los 7.600 m, y en la segunda, entre los 7.600 y los 8.050 m por la cresta sur de la montaña. Por ello la participación de alguno de ellos en un nuevo ascenso por esa vía era casi indispensable.
Watzl no fue invitado, y aunque lo hubiera sido no habría aceptado, según me lo manifestó él mismo, ya que sus relaciones con el jefe de la empresa en gestación eran decididamente malas como consecuencia de las serias desinteligencias producidas entre ellos durante la expedición que compartieron al Hielo Patagónico Sur en 1952. Con respecto a los sherpas nunca supe las causas por las que no fueron contratados.
En mi caso fui invitado por el organizador y jefe del emprendimiento. Dado que por mi actuación y experiencia obtenida en la Primera Expedición eran muchas las posibilidades de que me correspondiera encabezar el grupo de asalto a la cima del Dhaulagiri, y consciente de los riesgos que ello implicaba, impuse como condición que se me otorgaran por escrito las garantías que aseguraran que tendría facultades decisorias en todo aquello que se relacionara con la planificación y ejecución del asalto final. No fue aceptado y entonces decidí  no participar.
En lo que hace al desarrollo y resultados de la 2ª, Expedición, salvo un informe oficial poco confiable, no tuvo repercusiones en los medios andinos ni en la prensa en general, como si un manto de olvido voluntario se hubiera tendido sobre ella.
Jaime Femenías el andinista tucumano que formó parte de la 2º Expedición en calidad de escalador, redactó un extenso informe sobre sus experiencias en la aventura y me envió una copia del mismo. Su lectura resulta desoladora y expone claramente las causas de su fracaso.

La pérdida de un amigo en la montaña
No hay peor experiencia para un andinista, especialmente cuando esa amistad se inició en la niñez y se fue consolidando a través de la cuerda que los unió en múltiples ascensiones. Esa tremenda circunstancia me tocó sufrirla con motivo del fallecimiento de Francisco Ibáñez en Nepal, durante la expedición al Monte Dhaulagiri de 1954.
Recordemos que Ibáñez comenzó a sufrir el congelamiento de sus pies sobre los 7.600 metros de la montaña. Desde allí y hasta la ciudad de Pokhara fue descendido por sus compañeros, sherpas y coolies durante tres semanas a través de la difícil topografía de la región, rica en extensos y empinados glaciares, ásperos campos cubiertos por morenas glaciarias, densos bosques, torrentosos ríos, martirizados por mosquitos y sanguijuelas, y siempre bajo la implacable lluvia monzónica. Finalmente llegamos a Pokhara; la gangrena se extendía por los miembros inferiores de nuestro jefe. Logramos embarcarlo en uno de los irregulares vuelos que unían esa localidad con Katmandú. Cuando creíamos que nuestro jefe y amigo había salvado al menos su vida, nos enteramos de su muerte en el Hospital Real. La septicemia había vencido.
Sus restos fueron repatriados y descansan actualmente en el cementerio de Mendoza. Frente a su granítica tumba y durante 50 años nos reunimos periódicamente sus camaradas de expedición, que siempre mantuvimos una estrecha amistad, para saludarlo y conversar con su espíritu…
Si bien este hecho no mitigó nuestro dolor,  al menos nos concedió la satisfacción de no haberlo perdido totalmente.

La profesión de guía de montaña.
Con Ibáñez y Sonntag fuimos los primeros guías argentinos con certificación de la escuela nacional francesa y homologada por la Federación Argentina de Ski y Andinismo, y por Parques Nacionales. Si bien nunca fue mi propósito ejercer esta profesión conozco bien sus modalidades.
Se trata de un trabajo noble, agotador y peligroso por lo que exige impecables condiciones físicas permanentes, dominio de las técnicas de montaña y está regido por estrictas normas legales, civiles, penales y bajo la lupa de la prensa y la convicción de que para un guía de montaña en su trabajo remunerado, su objetivo no es la ruta ni la cumbre, sino la seguridad total del cliente o turista, quien debe retornar no sólo físicamente íntegro, sino satisfecho por los momentos vividos con su conductor. Mi más sincero respeto a los guías que logran este resultado.
















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