Febrero 2010    

 
 
 

Cuando el río suena...

ALUD EN PERÚ

Por Marcela Valzolgher

Transcurría la madrugada del día 25 de enero (de 2010), viajando hacia Cusco en un micro que habíamos tomado en la ciudad de Ica en la tarde del 24, y que venía desde Lima. Habíamos intentado averiguar si la empresa en la que habíamos sacado pasajes anticipados era buena, porque había habido un paro de transportes y queríamos asegurarnos el regreso. Pero los peruanos de Huacachina, localidad en la que estábamos vacacionando, no nos hablaban bien de esa empresa. Nos recomendaban otras, pero ya habíamos comprados los pasajes. Una vendedora al saber que viajábamos nos alertó, y finalizó el diálogo diciendo que iba a rezar por nosotras; y nos dio su dirección de correo para que le avisáramos si habíamos llegado bien. No entendimos qué quiso decirnos hasta el otro día, en el que nos acordamos de ella, y comprendimos su preocupación.

Pero esta historia comenzó en el mes de diciembre (de 2009), cuando decidí mis vacaciones sumándome a este viaje soñado por dos amigas, que me incluyeron en su plan de conocer Bolivia y Perú. Si bien no era mi idea, la posibilidad de ir a Machu Pichu con amigas me resultaba más que atractiva. Iba a ser toda una experiencia que realizaba por primera vez, y que las tres estábamos en condiciones de hacer. Sería un mes recorriendo y conociendo.

Escapamos de Buenos Aires el 1º de enero (de 2010) después de brindar, y  el mismo día llegamos a La Paz, Bolivia. El viaje continuó sorprendiéndonos con un sinfín de aventuras y experiencias que ni hubiéramos imaginado.

Al regresar de Machu Pichu una de mis amigas decidió seguir hacia Ecuador. El agitado ritmo con el que veníamos viajando y el poco tiempo con el que contábamos generó que nos separásemos, y mi otra amiga y yo elegimos seguir el trayecto más corto y supuestamente más tranquilo: fuimos a Paracas, y después  a Huacachina. La odisea fue al regreso.

Viajando, alrededor de las cinco de la madrugada me despierto, y veo que el micro estaba detenido. Otro ómnibus se había encajado en el lecho de un fangoso río, nos cerraba el paso y no había modo de cruzar por otro lado.
Esperamos hasta que vino una grúa, que no sacó al micro pero despejó las piedras e hizo lugar para que el nuestro pudiera pasar.
Un poco más adelante vi desde mi asiento un ómnibus que se había caído del camino y estaba volcado en la ladera de la montaña. Era de una de las empresas que recomendaban. No sé qué habrá pasado con esa gente, y la imagen me impresionó, pero seguimos nuestro viaje.

Al rato vuelve a detenerse nuestro bus, y solicitan que los hombres bajen a sacar las piedras que habían caído en el camino, porque nos impedían continuar. Yo también bajé y vi que la montaña se había desmoronado, y a pocos metros caían las piedras de otro desmoronamiento. Me acerqué al asistente y le pregunté: “¿No vamos a pasar por ahí no?”, a la vez que me daba cuenta de que estábamos andando por un camino de montaña, sinuoso, muy elevado, y en el que había derrumbes. Una sola de esas piedras podía tirar al micro por la ladera.
Seguimos, pero al rato el chofer detuvo el coche y nos dijo: “Hasta acá llegamos”.
Paramos en el medio de la montaña. Los derrumbes habían roto la ruta en tres partes y eso hacía imposible pasar.
“¿Y ahora qué hacemos?” nos preguntamos todos los pasajeros, a lo que el chofer nos respondió: “No sé”.
Según el asistente debíamos caminar hasta Limatambo, y allí nos encontraríamos con micros de la empresa que nos trasladarían hasta Cusco. Limatambo estaba a 15 km. El tener que caminar cargando el equipaje de un mes de viaje, sumados algunos regalos y compras varias, no me resultaba nada atractivo. Menos aún sin agua ni comida, y a pleno rayo del sol. La empresa había prometido que en el viaje nos darían una cena y un desayuno, pero la cena había sido un sandwichito minúsculo y desayuno no hubo. Tampoco tenían ninguna bebida.

Empezamos a caminar. Éramos una caravana de pasajeros con nuestros equipajes intentando sortear las roturas del camino destruido. Cansadas, nos unimos a otros y al ver venir un auto bloqueamos el camino para que nos llevara. Nos propuso un precio, aceptamos y nos acercó… hasta un lugar donde ya no se podía seguir. Limatambo estaba del otro lado del río, pero se había roto el puente, y vadearlo con el caudal que tenía y las piedras que arrastraba, era imposible. Tampoco se podía cruzar por la montaña. La miré a mi amiga Silvana, que me preguntaba ansiosa cuál era el plan, a lo que yo le respondí: “No hay plan”.

Al ver nuestra real situación decidimos quedarnos a dormir en la ruta. Nos hicimos a la idea de que perderíamos el vuelo que nos iba a dejar por dos días en Santa Cruz, Bolivia, para después regresar a Buenos Aires.
Debíamos buscar un lugar despejado, para tratar de descansar sin el temor de que nos caiga una avalancha encima. Podíamos intentar que nos dejaran dormir adentro de algún micro. Había mucha gente que iba y venía desorientada, sin saber qué hacer.
En eso veo que los micros comienzan a irse. No entendía ni por qué ni a dónde se iban. Consulté a un chofer y me dijo que se había roto una represa y que en pocos minutos toda la zona iba a quedar inundada..!
Era la noticia que faltaba. No nos quedaba otra opción; tendríamos que trepar la montaña.
Empecé a caminar como estaba, en ojotas bordeando un brazo del río, hundiéndome en el barro. Después me calcé las zapatillas para empezar a subir.
Al principio el camino era transitable. Era un esfuerzo subir la cuesta, pero se podía andar. Sedienta y transpirada, miraba desde arriba como se inundaba el camino que dejábamos abajo. Subir a la montaña nos protegía del desastre que en la misma montaña se había originado.
Fuimos ganando altura y se fue complicando. Había que cruzar un río con la mochila (que había llenado sin imaginar que tendría que cargarla de ese modo), y con mi inexperiencia creía que no tendría la fuerza necesaria, pero logré cruzar el río por las piedras y subir una ladera de barro resbaladizo, mientras la gente que venía detrás nos apuraba porque se nos venía la noche...
Y se nos vino la noche… y seguí adelante, sin parar más que para recuperarme por momentos, sintiendo la aceleración de mis pulsaciones.
Durante la noche fui quedando atrás, sin saber bien el camino. En una bifurcación un peruano me iluminó con su celular el rumbo a seguir, y finalmente llegué a la ruta. Allí nos levantó un camión, que por unos soles nos llevó hasta el “famoso” Limatambo.
Allí descubrimos que no nos esperaba ningún micro de la empresa. La única opción fue llegar a Cusco en la caja de un camión que nos llevó hacinados como ganado, también a cambio de unos soles… que ya no tenía! Me había quedado sin moneda peruana, y otra allí no servía. Me prestaron y así pude subirme al camión.
El viaje fue incómodo, y como no se puede transportar gente en camiones, debíamos pasar en silencio por los peajes. Me sentía como una refugiada. Finalmente llegamos a Cusco.

Después de todo lo que nos pasó, la lección fue que aún lo más imprevisto nos puede pasar, y que nunca sabemos de lo que somos capaces, hasta que lo intentamos. Si pensamos que no lo vamos a lograr, ni siquiera vamos a empezar a hacerlo.
Y eso lo puedo aplicar a otros aspectos de mi vida diaria. Quizás a partir de ahora no haga falta encontrarme en otro país, varada por un alud en plena cordillera, con la montaña como única salida, para darme cuenta de que puedo lograrlo.