GUIANDO EN NEPAL
Solo hace falta chocar los zapatitos...

Por Ángel Ezequiel Armesto
Guía Profesional de alta montaña
Pokhara, octubre del 2004

Esta es una historia común, de un tipo común, que logró, poco a poco hacerse su lugar en el mundo, y hoy, después de un tiempo, convertirse en Leader de una de las empresas más importante de trekking y expediciones del mundo. Cualquiera puede serlo. En mi caso, no tengo talento especial ni nada parecido; sólo amo lo que hago, y me lo tomo muy en serio. Lo único que he hecho durante estos años fue procurar mejorar, hacer las cosas lo mejor posible, renovándome periódicamente y manteniendo un enfoque profesional.
Mi pasión por las montañas nace cuando niño. Cada vez que con mis padres íbamos a Córdoba, ya con cuatro años ascendí a Los Terrones, “hazaña” que todavía recuerdo. Poco tiempo después el destino me llevó a Sierra de la Ventana, lugar que amo, y de regreso a Córdoba, con amigos. Cuca Anastasi, Tano Valsecchi, Ricky López, Crack Tassara y Zapallo Carduz fueron los primeros compañeros de aventuras, cuando con 14 años llevábamos cuchillos de 25 cm a lugares donde la vegetación mas densa llegaba a los talones y donde los osos polares y tiranosaurios ya se habían extinto (nadie nos aviso a tiempo!).
Poco a poco las alturas fueron enamorándome, y comprendí un día que el enrarecido aire de las cumbres era lo que me sentaba mejor.Desafié mi genética de porteño, y emigré a Mendoza. Más cerca de los Andes, comprendí que había nacido para ello, cayendo en la cuenta que cada cumbre era en realidad la recompensa al sacrificio y determinación, en lugar de un trofeo para exhibir.
Hoy soy guía profesional de alta montaña, egresado de la EPGAMT con sede en Mendoza. Trabajo en Argentina, Nepal, España, Bolivia y también tengo programas en Perú y norte argentino, y esta nota es el relato de la expedición que me tocó liderar en Nepal, durante Octubre del 2004.

Sin más que diez días
A comienzos de 2004, y para renovar mi amor por las montañas, y extrañarlas un poco, decidí regresar por unos meses a mi Llavallol natal. Monté un taller de costura donde producir ropa de alta montaña, especialmente camperas de pluma, bolsas de dormir, y otras prendas, como mitones y bolsos de expedición, que ya fueron probados con éxito en situaciones de lo más duras como Aconcagua en invierno y algún ochomil también. Me encargo de todo, hasta de coser, lo que me da mucho tiempo para pensar, y reflexionar; justo lo que necesitaba por esas fechas.
El hecho es que estaba en la overlock, cuando recibo un mail de trabajo... Lo leí, releí, luego lo recontra-releí, y cuando caí en la cuenta, de lo que pasaba, casi me hago encima..! Mi oportunidad de volver a Nepal estaba firmada y tenía fecha. El viaje era en diez días..! Menudo bolonqui iría a dejar. Destino: Lobuche East, Island Peak, Pokalde y Gokyo Ri, cruzando El paso de Cho La. Uno de los programas más complejos del catalogo.
Confirmo el ticket aéreo la misma mañana del viaje, tomo un taxi a Ezeiza, y ya estaba en carrera en el largo camino que me conduciría al mítico reino de los Himalayas, de paso por París, Madrid, y Nueva Delhi.
Tres días después llego al hotel donde me esperaban: un cinco estrellas de la cadena Radisson en Katmandú, donde me recibirían el mayordomo, dos maleteros, el Gran Jefe, y el operador local, todos formados para la recepción. “Es demasiado” pensé, acostumbrado a la continua desacreditación de la profesión en Argentina, y el maltrato en los hoteles, empresas de transporte y gobierno.
Doy una propina al chofer, con la palma derecha hacia arriba, ligeramente inclinado hacia él, y sosteniendo mi brazo derecho con la mano Izquierda, como es propio del agradecido aquí en Nepal. Y me quedo charlando con el Gran Jefe, quien con su sencillez bien podría ser quien se sienta al lado en el colectivo de la mañana.
Conecto la laptop para ver los mensajes, y entre los ciento cincuenta de SPAM aparecen los de los amigos y familia dando ánimos y apoyo, esos que tanto uno aprecia en estas circunstancias. Sólo los que estuvieron de cerca comprenderán lo que significa para mí poder representar a los buenos profesionales de nuestro país y en particular a la Asociación de Argentina de Guías Profesionales de Montaña, de quien formo parte.

Corriendo tras las montañas
Dos días mas tarde, y con cuatro horas de retraso, el Twin Otter aterriza en la inclinada pista de Lukla. Un viaje de 45 minutos nos dio las primeras postales de las gigantes cumbres nevadas, destacándose es Kwangde, tan imponente desde las cercanías de la terminal. Nuestro destino del día: Phakding.
Los sherpas estaban allí, nos presentamos y al tiempo que tomamos un té salado, charlamos sobre mi punto de vista y forma de trabajo: aclaré que no soy Mr. Ángel, cosa que les tuve que recordar más de una vez, que todos trabajamos a la par, que por ser jefe no soy más que ellos, aunque tenga otro tipo de responsabilidades, y que en la montaña cuando las papas queman el que baila con la mas fea sería yo, sin ningún drama. Son gente de sonrisa sincera y corazón puro, muy respetuosos, se asombraron de ver cómo más de una vez comía con ellos, como es costumbre, con las manos. Era el “Jefe sherpa argentino”, que en lugar de tomarles fotos para mostrarlos como cosa rara, comparte sus costumbres como uno más.
Partimos rumbo Phakding por caminos centenarios, casitas de madera y piedra, porteadores que en todo momento transportan mercaderías, sobre sus hombros, cruzando una baga de cuerda por detrás, y acomodándola sobre su frente. Nos pasan como parados. También lo hacen los shopkios, mezcla de yak y vaca. Aquí somos gringos todavía no adaptados a la altura, y aunque son sólo 2.800 m de altitud, hay que tomarse con calma los primeros días ya que la serenata es larga.

Sobre Solokumbu
El valle del Solukumu ha experimentado innumerables cambios durante los últimos años, mejorando la calidad de vida de los habitantes (en un concepto muy occidental). Hoy en lugar de largos y peligrosos rodeos se cruza por puentes colgantes hechos de hierro y cables de acero. En lugar de ser evacuado ante cualquier complicación medica hasta Katmandú, hay dos hospitales que han salvado más de una vida. Todas estas obras en su mayoría, gracias al aporte de Sir Edmund Hillary y diversas ONG.
En el otro lado de la balanza, el creciente incremento del turismo, siempre en busca de las mismas comodidades que en sus países, ha generado una ola de cambio que hace difícil encontrar lo típicamente local, por lo menos en la orilla del camino principal. Es así como en lugar de Pahhunah ghar, hay “Guest Houses” que en la planta baja, donde antaño dormían los animales, adecuaron el lugar para ofrecer a los peregrinos un sitio donde parar a beber una taza de dudh-chia, (té con leche), gaseosas, o comer, a precios de turista.
Hoy, en lugar de “danne bhat” juntando las manos se dice “thank you!!” giñando un ojo, o sin siquiera ver al otro. Las casas están generalmente pintadas en vivos colores en lugar del tradicional hollín de las paredes, y tienen varias ventanas, y en vez de figuras de Shiva y Budha con su incienso ardiendo, vemos posters de Jeniffer López y hasta de Batistuta!!!

Itinerario
Nuestro itinerario remonta el Dudh Koshi hasta la villa de Gokyo. Ascendemos el Gokyo Ri, un mirador natural que vale la pena ascender para ver el ocaso, por la infinidad de matices entre dorado y violeta del cielo en estas latitudes, que me recuerda a los amaneceres de cumbre de mi querido Aconcagua, cuando desde la base del Glaciar de los Polacos, siempre me paro a contemplar a Febo y la maravilla del amanecer.
Dejando atrás el valle del Dudh Koshy cruzamos el Cho La, maravilloso en todo su recorrido, y desde donde vemos por primera vez las postales del Lobuche East (6.119 m), máximo en exigencia de todo el recorrido, para luego entrar de lleno en el valle del Imja Drengka. Me quedo atrás enviando a los sherpas con los miembros y yo me ocupo de cuidar de los porteadores. Algunos de ellos nunca antes han estado sobre hielo, así que están asustados. Tomo la carga de uno de los que mal la estaba pasando y me lo hecho a la espalda, ante la mirada atónita de sherpas, quienes luego agradecerán el gesto. Nuestros porteadores están muy bien equipados, con buenas botas, pero son en su mayoría de los valles, donde el hielo no existe casi, y no queremos que ninguno pase un mal rato.
Llegamos al campo base, desplegamos todo el equipo al estilo mercado de pulgas, para revisar una vez más todo, y allí están los 950 metros de cuerdas fijas, 16 estacas de nieve, 16 tornillos de hielo, algunos clavos de roca, eslingas y cordines, que demandarán todo el trabajo y dedicación de un equipo compuesto por, 6 sherpas escaladores, y la fortaleza de cada uno de los 12 miembros de la expedición, más la ayuda del que escribe.
Nos movemos al campo 2, dormimos, y al otro día, partirían temprano los sherpas a equipar con cuerdas fijas el tercio superior. La directiva es alcanzar la segunda cumbre, pocas veces ascendida. Si ellos no lo conseguían, iríamos Bishnu el líder de los sherpas escaladores, y yo, solos, a equiparla, el resto de sherpas nos seguirían con la gente.

Día de Cumbre
00:30 hs, arriba!!!!!!!! Vamos, el té esta listo, debo sacudir algunas carpas, para despertar a algunos, el rigor del frío hace que debamos estar listos bastante antes, charlo con todos, sherpas y miembros, unas palabras de aliento, alguna frase de escaladores de antaño, una taza de avena tragada de mala gana, y adelante que el día es corto! Yo me quedo en la retaguardia cuidando de los mas débiles y empujándolos, y tengo la oportunidad de admirar la larga fila de luces de linternas frontales y cascos rodeando la laguna glaciar y enfilando al corredor de rocas que indica el comienzo del recorrido. El aire nos trae una mezcla de infinidad de sensaciones de alegría, excitación y temor difíciles de expresar.
La ruta trascurre entre piedras al principio, y luego nieve de inmejorable condición. Ascendemos lento, pero sin pausa. Ganamos la banda rocosa, cuerdas fijas, mosquetones, eslingas, y ascensores, cascos; toda la ferretería hace ruido y nos pone las pilas.
”¡Chequeamos todo dos veces!” Los sherpas atienden el llamado e inmediatamente revén todos los arneses. “¡Moviéndoseeee, que me cago de frío! ¡Les voy a romper el traste a patadas si no se apuran!” (risas y jadeos).
Al poco tiempo alguno regresa, acompañado de un sherpa, y sigue el ascenso de los demás. Ganamos el filo, superando algunas grietas tan guapas como azules y oscuras. Algún miembro hace una pregunta a la cual respondo: “Si cae, lo tapamos y listo”. Una hora y media más y estamos en el filo cumbrero. Veo al equipo de escaladores de vanguardia superando una brecha difícil. Les digo por radio que me esperen, que quiero divertirme; ellos están cien metros sobre nuestra vertical, y por radio me dicen que no dejarían nada para mi. Nos reímos un rato y siguen escalando un expuesto filo que llega hasta la cumbre. Los seguimos, con paso mas lento, parando cada tanto.
Seguimos todos muy contentos pero agotados, cuando repentinamente... @#%|@@#@#!!! Uno de los sherpas, empieza a despotricar, y no lo comprendo hasta que veo lo que pasa. Un grupo que nada que ver tiene con nosotros, nos quiere pasar, pisando a uno de los sherpas con los crampones! Menuda puteada le echaron y diplomáticamente les dijeron en tono pausado y dulce, que qué carajo hacían, que eran nuestras líneas, y que se quedaran atrás si no querían ligar un piquetazo!
¡Vamos, vamos que falta poco! Y en menos de lo que pensábamos la lucha de ocho horas termina con todos en la primera cumbre. Las nubes empiezan a cubrir el valle, no hay tiempo que perder, fotos de rigor, y consulto a los más fuertes si querían seguir hasta la segunda y mucho más difícil cumbre, donde el equipo de escaladores ya fijo la mitad de las líneas, y yo completo el resto. A la respuesta del paso al frente, sólo cuatro acceden a venir conmigo.
Recorremos el filo entre las dos cumbres: 900 m de caída para un lado, 700 para el otro, y no más de 80 cm de ancho. No hay demasiado para elegir, mejor no caerse. Los dos miembros que vienen detrás mío me dicen que necesitarán algo de papel si no los ayudo, a lo que con mi paternal voz y tiernas palabras de aliento y apoyo les recuerdo que tienen hermanas, y los convenzo de que suban, obligándoles a pagar un par de cervezas al regreso. Aseguro a cada uno con mi cuerda primaria, sin desconectarlos de las líneas fijas y proseguimos la escalada. Algunos metros más sobre el filo, un pequeño resalte, y la pala final de 65 grados y 80 metros, que como una escalera al cielo nos ubica donde no había más por ascender, donde abrazos y alguna lagrima le dan un toque de calor a la fresca mañanita que nos ha tocado.
A nuestro alrededor, tenemos una panorámica de 360º, sólo interrumpida por unos monigotes de duvet y arneses que molestan, y son ellos mismos los que ven cómo las nubes están subiendo y piensan que en poco nos habrán cubierto. La cara norte del Everest ya no se ve, pero sí se muestran con claridad picos menores como, Kangtega, Thamsherku, Kwande, Pumori, más abruptos que el coloso Sagarmatha. Ponemos unas banderas de oración, rezo a mi Pachamama, le doy gracias a la montaña, y otra vez rappel y, desescalada mediante, a las bajas cotas.

En las tierras bajas no tan bajas
De regreso en el campo base, y como es tiempo de festival Hindú, bebimos algo de rakshy, típico whisky local hecho de arroz, muy bueno, bailamos al estilo nepalí, y a mi me tocó cantar algo, así que salió un Cambalache y un Naranjo en flor de dudosa letra y tono, con voz ronca, pero tranquilo en mi "performing", sabiendo de que no hablan español. Cuando el termómetro indicaba las -8ºC nos fuimos a dormir, sabiendo que el día había valido mucho más que la pena.
Durante el resto de la expedición escalamos el Imja Tse, también llamado Island Peak, el Pokalde, e hicimos varios trekings entre los que se destacan los tramos de Lapharma - Tengboche, en medio de un bosque mágico casi intransitado, donde vimos variedad de fauna local, y donde seguramente Dios, Buda, Shiva, Alá y demás, se sientan cada tarde a descansar e intentar solucionar los problemas de negocios, guerras y odio de la humanidad que sus hijos mortales dan a este mundo, sin saber que las razones de tales enfrentamientos no son los credos, sino ellos mismos. Sin lugar a dudas, si en algún rincón del planeta de los que he estado, encontré paz, es en este milenario bosque de rododendros y plantas sagradas de los lamas curadores de Dewoche.
Y aquí me encuentro, escribiendo desde Pokara, con vistas al lago Pewa, con mi fiel compañera de viajes, Miss Laptop, mientras escucho a Larralde, Cafrune y Argentino Luna, gente de mi tierra, Argentina, que tanto tiempo negué, pero que hoy quiero cada vez más, de una forma lógica, en vez de glandular. Teniendo las posibilidades de quedarme en el exilio, decidí al fin establecerme donde siento compromiso por la tierra, y donde espero construir un futuro como lo hicieron mis abuelos, inmigrantes. Solo espero que dentro de algún tiempo pueda ser mas interesante leer historias de nuestra tierra en lugar de las del otro lado del mundo, solo por ser lejano. Creo que tenemos todo lo que hace falta; sólo hace falta quererlo y darse cuenta, como en el Mago de Oz.