Aventuras Patagónicas
Por Rosa María Torlaschi

Del 29 de febrero al 31 de marzo del ‘2000
Por la zona de Santa Cruz, lagos Posadas y Pueyrredon, Monte San Lorenzo y Paso Roballos


Volamos con mi hermana Florencia a Comodoro Rivadavia, donde hicimos noche, para tomar al otro día un vuelo de LADE a Perito Moreno (Périto, según locales y demás pobladores de la zona), ya en Santa Cruz, sobre la famosísima y desolada ruta 40. Como teníamos que esperar todo un día para conseguir el archiúnico transporte a Lago Posadas decidimos intentar conocer el río Pinturas y la Cueva de las Manos, a unos 100 km para el sur. Un remisero nos llevó por la Estancia Los Toldos (más corto). Ahí accedimos al espectacular cañadón por arriba, lo bajamos por un senderito, cruzamos el río por una pasarela y volvimos a trepar (las pinturas están del otro lado, por donde va el público habitual). No había nadie, salvo un paisano cuidador, y fue una sorpresa lindísima llegar. Aunque no hubiera ni una pintura vale la pena el paisaje. Unas formaciones increíbles de colores y, además de los cientos de manos, hay otras muy buenas: guanacos estilizados corriendo, preñadas, huellas de ñandúes, espirales, otros bicharracos tipo lagartija, en ocre, negro, rojo, blanco. Volvimos a "Périto" con los millones de estrellas de las noches patagónicas.El camino a Lago Posadas es sacudidito por la 40 pero muy lindo, aunque sea estepa patagónica pura. Acampamos al lado de la hostería de nuestros amigos los Fortuny. La zona es increíblemente variada, con acantilados de unos 200 m que caen a pique hacia el lago (el Posadas es turquesa y el Pueyrredón, a continuación, azul), cañadones de colores, formaciones de origen glaciar. Parece un sitio muy codiciado por los geólogos porque luego cayó un grupete de "herren" que estudiaban la deformación de los Andes. Deformado sin duda es el paisaje por esos rincones. Al llegar al Lago Posadas nos cruzamos con tres escaladores, uno con un ojo tapado.Después supimos que era uno de los sobrevivientes del accidente del Monte San Lorenzo, hacia donde partimos al otro día.

Rosa María Torlaschi

Hay que remontar el río Oro (que desagua en el Pueyrredón) y son unos 70 km desde Lago Posadas. Nos llevaron nuestros amigos en camioneta hasta el final del camino. 

De ahí a patita a vadear el río que por suerte llegaba a la rodilla nomás, aunque a la vuelta con tanto calor hasta la mitad del muslo. A la hora llegamos a la Estancia Los Ñires, donde pensábamos dormir antes de continuar al refugio del Padre De Agostini (ya en el lado chileno), a unas 7 hs de pateada para arriba. Salieron a nuestro encuentro 7 gendarmes; todos revolucionados con el rescate!! Habían mandado un equipo para ver si recuperaban los cuerpos; lamentablemente, a pesar del apoyo de un helicóptero, no pudieron bajar en la zona del derrumbe por los vientos.

Estancia Los Ñires

Partimos a la mañana siguiente rumbo al refugio (Marito, el hijo del dueño de la estancia, nos llevaba hasta ese punto las mochilas en un caballo pilchero). Nos despedimos de los gendarmes y salimos con mucho sol. Las indicaciones para llegar habían sido muy vagas y rápidas por todo el tema del rescate. Cuestión que a las 6 PM estábamos casi en los glaciares del San Lorenzo y el refugio ni se veía. 

Además se suponía que llegaban con caballos y la trepada que habíamos hecho era digna del hombre araña. No teníamos ni carpa ni comida, salvo abrigo para el día y un encendedor para posibles emergencias. Decidimos emprender el regreso a mil por hora. Sabíamos que a las 9:30 PM era noche cerrada así que cruzamos el río tipo topadora. A las 9 y pico, ya cerca de la casa, oímos voces: era Marito que regresaba con sus 3 pilcheros. Se le habían desbarrancado y lastimado y recién volvía del refugio. Cuestión que llegamos todos juntos. Carcajada generalizada de los gendarmes al vernos volver con las orejas gachas. Pero después supimos que estábamos en el valle equivocado, que había que vadear mucho antes, cruzar una cordillera y pasar al otro valle paralelo. Esa noche nos protegieron los gendarmes y nos llevaron a dormir a una casa muy antigua (construida por ingleses a principios de siglo) que usan como refugio para montañistas y que la muchachada había invadido temporariamente. Nos dieron de cenar y a la mañana siguiente... se va la segunda. Esta vez con las indicaciones correctas llegamos a destino sin problemas. Nos aguardaban en el refugio nuestras dos mochilas. La noche anterior nos habíamos cruzado con el resto de los sobrevivientes, que ya regresaban al pueblo. 

Torres Feruglio. Monte San Lorenzo

Esa parte fue triste porque, aunque no conocíamos de antes a los protagonistas, nos sentimos muy involucradas.
El San Lorenzo suele ser huidizo y timidón, con su cima siempre oculta tras las nubes. Ya habíamos estado en una oportunidad del otro lado, sobre la cara sur, en el Parque Perito Moreno, y rara vez habíamos logrado verlo en todo su esplendor. Pero en esta ocasión, como un regalo a la constancia, supongo, lo disfrutamos más de una semana con un cielo azul y un sol increíbles. Es imponente con sus glaciares y nieves eternas pero a la vez amigable. Parece una esfinge con los brazos extendidos, lista para acoger a los que intenten su cumbre. Y al verlo así tan magnífico pensábamos que era el mejor lugar para que quedaran sepultados Santiago (Batet) y Tony (el suizo); sin duda mucho más cerca del Tata Dios. (Ellos dos no pudieron salvarse cuando se derrumbó el hongo de hielo de la cumbre)
En el San Lorenzo hicimos muchas caminatas, hasta las Torres Feruglio y a la base de los glaciares. Al regresar no quedaba nadie en la estancia, salvo un gaucho que vive ahí también, un tal Díaz, un chileno viejo, con una barba blanca casi hasta la mitad del pecho. Después nos contó otro paisano en Chile que ese Díaz es hiper comunista y su chiva es en honor a Fidel. Nos comentó que había estado en Cochrane (en Chile, misma latitud casi, a donde fuimos después): "Fui en 1960, cuando eran apenas dos casas, y entonces sí que nevaba, pero después tremenda ciudá se hizo y ahora ya casi no nieva." (se ve que había leído sobre el efecto invernadero...). Cuestión que cuando llegamos a la "tchremenda ciudá" largamos la carcajada porque siguen siendo unas pocas casas. Claro, comparado con esas soledades era la gran metrópolis.


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