Trekking por Tierra del Fuego

Texto y fotos: Maria Rosa Torlaschi


Punta Arenas - Yendegaia
Iniciamos con mi hermana Florencia nuestra aventura patagónica el lunes 19 de febrero de 2001, con un vuelo al alba rumbo a Río Gallegos. 
Allí combinamos con un bus a Punta Arenas. Nos alojamos en el hostal de Ivette Martínez, la administradora de la estancia Yendegaia, donde comenzaríamos nuestra travesía, y dueña de Caleta María, otra estancia más al norte por donde también pasamos. Yendegaia es una bahía chilena sobre el Canal Beagle, al oeste de Ushuaia. El problema es el acceso porque no existe un paso habilitado en esa latitud, de modo que la única posibilidad era tomar la barcaza que zarpa cada tanto desde Punta Arenas hacia Puerto Williams, en la isla Navarino. Fue así que el miércoles 21 de febrero a las 19 hs emprendimos la navegación. Sabíamos que tendríamos unas treinta y seis horas de barco, con lo cual tomamos la opción camarote (son dos nada más). Nos dedicamos a leer, dormir y comer.El camarote estaba justo encima de los motores, de modo que si echábamos un huevo al piso se freía en el acto. Esto hizo que la comida en el fondo de nuestras mochilas se derritiera y luego se endureciera increíblemente. La navegación por los fiordos estuvo bastante tranquila al principio, con lloviznas y frío, y tuvimos la visita de dos delfines que nos acompañaron un buen trayecto jugando. 


Rosa María Torlaschi

Arribamos a Yendegaia a las 4 de la mañana. Nos esperaba el gaucho encargado de la estancia, José Machuca. Caminamos un cuarto de hora en la oscuridad y llegamos a la casa principal, donde nos alojamos. A la mañana siguiente, con un día de sol esplendoroso, descubrimos que había un velero fondeado: el Ada II, de unas inglesas. Estas chicas estaban ahí esperando que el marido de una de ellas y otro escalador regresaran de una ascensión en la Cordillera Darwin. Resultaron muy divertidas e hicimos algunas cabalgatas juntas. La zona es bellísima, con cerros por donde se mire, glaciares, bosques y ríos muy caudalosos. Nos quedamos una semana disfrutando de la estancia.

Yendegaia - Caleta María
Luego de esos días iniciamos nuestra tan esperada travesía, en compañía de José, un caballo pilchero con nuestras mochilas y dos de los ingleses, rumbo al puesto Rancho de Lata, donde pasaríamos una noche, para luego seguir nosotras hacia el Paso de las Lagunas. 

El vadeo de los ríos Yendegaia y más adelante del Lapataia (que desemboca en el Lago Roca, Parque Lapataia, Argentina) hubo que hacerlo arriba del caballuno porque el caudal superaba la montura. Pero estas cabalgaduras son increíbles! Cuando subimos al Paso de las Lagunas por el bosque empinadísimo y con bajadas también muy abruptas, los pingos optaban por la segura técnica del "culo patín", y saltaban troncos con una facilidad sorprendente.
El Rancho de Lata es de pura lata, como su nombre bien lo indica, lleno de agujeros y con algunos plásticos para intentar aislar un poco. 
De día se tiene la impresión de estar bajo un cielo de estrellas (los efectos especiales logrados por esas insólitas perforaciones) y de noche, con luna, se goza de una iluminación de "spots" naturales. 
El rancho constaba de una habitación multipropósito y un monturero al lado, donde dormimos en nuestras bolsas con Florencia, acompañadas también por un novillo bagual recién carneado. 
Al día siguiente José nos depositó en la base del Paso, y ahí nos despedimos para iniciar solas la travesía. Había empezado a neviscar y, para cuando atravesamos las trece lagunitas y descendimos un poco para acampar al pie del Cerro Atalaya con unos glaciares espectaculares, la nevada era muy abundante. 
Total que el comienzo de la pateada fue con reclusión forzosa en la carpa por dos días, hasta que paró y salió el sol. 
Creo que fue el único momento de descanso prolongado en los veinte días que seguirían hasta nuestro arribo a Ushuaia. Bajamos por el valle del río Toledo, cruzamos el río Betbeder, que desagua en el Lago Fagnano, y remontamos el siguiente río, conocido como el de los Castores, por la gran cantidad de estos roedores.
Es increíble cómo destruyen el bosque tumbando troncos, modificando los cursos de agua e instalando sus diques hasta en los sitios más impensados. Se perdía un tiempo atroz sorteando todos esos obstáculos. 


Florencia en  Paso de las Lagunas

Según indicaciones –vale aclarar que no teníamos cartas buenas porque son imposibles de obtener en Chile-, debíamos remontar el río Castores hasta sus nacientes. Subimos y subimos por ese valle limitado por cerros muy escarpados. En eso, justo al lado de una gran montaña con glaciares vimos un típico paso cordillerano. Florencia insistía en que ese debería ser el camino pero yo opinaba que seguramente había que continuar porque aún faltaba para arribar a las nacientes propiamente dichas. Total que caminamos todo ese día atravesando con gran trabajo bosquecitos de lenga achaparrada, por un terreno cada vez más escarpado. Eran ya las siete de la tarde y empezó a nevar muy fuerte. Decidimos acampar y al día siguiente ver qué hacer. Pero no fue fácil encontrar un lugar apto para plantar la carpa. Dormimos finalmente en la única superficie menos inclinada, aunque al cocinar se nos escabullía la cacerola cuesta abajo! A la mañana emprendimos el regreso hacia el supuesto paso, con nieve a mitad de pantorrilla por el filo cordillerano. 

Al cabo de unas horas vimos una tropilla de guanacos y gritamos ¡Es ahí! Era lindísimo verlos al galope con una agilidad envidiable. Había hembras con sus chulengos y el macho que custodiaba se quedaba observándonos y relinchaba. Así pudimos dar con el camino correcto. Sabíamos que al subir el paso debíamos encontrar una laguna color esmeralda en la base de un gran glaciar que descendía de un cerro sin nombre (casi toda la topografía está sin bautizar porque nadie ha andado mucho por esas latitudes). Grande fue nuestra alegría al verla, ya entrada la tarde. Nos instalamos sobre la nieve y tomamos todas las precauciones por si venía el vendaval pero fue una noche totalmente calma. En la siguiente jornada bajamos la cordillera rumbo al valle del río Fontaine, que desemboca junto a la Estancia Caleta María en el Seno Almirantazgo. Ese descenso desde las cimas fue espectacular: un bosque muy antiguo y empinado cubierto de musgo verde. Hubiera sido terrible treparlo pero para abajo era un placer hundirse en ese colchón. Volvimos a dormir en el inicio del valle y al otro día llegaríamos ya a Caleta. Esa fue una de las jornadas más agotadoras porque llovió casi todo el tiempo y el terreno era muy blando con enormes turbales. En una de esas Florencia quedó atrapada en una ciénaga hasta la cadera. Por suerte pude rescatarla, para lo cual se sacó la mochila y tirando, tirando pudo salir.


Estancia Caleta Olivia

  A las cinco de la tarde, bastante mojadas y agotadas, divisamos el imponente paredón de montañas que caen a pique en el Seno Almirantazgo. Gritábamos de alegría porque habíamos recorrido el camino correcto (siempre nos quedaba la tremenda duda de haberle errado porque sin mapas casi solo guiaba el instinto) y ya veíamos las casas de la estancia a lo lejos. Al acercarnos salieron a nuestro encuentro dos entrañables paisanos: Don Cata y su yerno Alejandro. Don Cata, de 75 años y 35 de vivir en esas soledades, era el anterior dueño de esas 400 has.

 Recientemente se las había vendido a Ivette Martínez y en ese momento estaba tratando de rescatar todas sus vaquitas para llevarlas a vender a Punta Arenas (en barcaza, por supuesto). Alejandro había ido a colaborar con la búsqueda vacuna. Ivette desde Pta. Arenas les había advertido por radio que llegaríamos en algún momento y, como buenos gauchos, miraban y miraban los cerros. Creo que ya a esa altura sospechaban que nos habríamos perdido... Enseguida nos invitaron a su casita a tomar las "once" (el té según los chilenos) y nos dimos una buena panzada de pan casero y dulce.  Luego Don Cata nos llevó a la casa principal, nos hachó leña, prendió la cocina económica y nos instalamos como dos reinas. Los chilenos no tienen la costumbre de plantar barreras de álamos, con lo cual los ventanales tenían una vista increíble del seno y a la noche el viento aullaba y pegaba con tanta fuerza que estábamos más que felices con nuestra cucha. Estuvimos dos días descansando y haciendo sociales con nuestros tan hospitalarios y cálidos vecinos.

Caleta María - Lago Fagnano
Emprendimos, entonces, la segunda etapa de nuestro trekking, de Caleta María a Ushuaia. Tuvimos la brillante idea de preguntarle a Alejandro si no nos acompañaba un trayecto con un pilchero y aceptó gustoso porque ama las montañas y siempre está listo para la aventura.


Don Cata

Así fue que nos despedimos con un fuerte abrazo de Don Cata, como si nos hubiéramos conocido desde siempre, y salimos los tres, más el caballuno, que ya fue marcado desde el bautismo -se llamaba Flojo. El día era espectacular y disfrutamos muchísimo del paisaje. Tomamos una picada abandonada que remonta el río Azopardo, de aguas muy agitadas y de un verde azulado bellísimo. Por suerte Alejandro llevaba machete y fue abriendo camino para el pingo y nosotras. Al final de la jornada llegamos a las proximidades de la desembocadura del río Betbeder, ya sobre el lago Fagnano, aunque todavía del lado chileno. Armamos campamento debajo de un manchón de árboles y descansamos muy bien. Al otro día dejamos a Flojo atado a un árbol y continuamos sólo los tres porque había unos turbales gigantescos muy peligrosos para cuatro patas. Alejandro nos guió hasta cerca del Rancho de las Peñas, un lugar donde había vivido Don Cata muchos años, en un aislamiento terrible, con vistas hermosísimas sobre el lago. Ya del rancho no quedaba nada, salvo algunos rastros. Nos despedimos de Alejandro y comenzamos a subir un poco la costa escarpada para ir bordeando el Fagnano. Fue una jornada muy dura porque se avanzaba con gran lentitud por la cantidad de matas, troncos caídos, espinas y demás obstáculos. Armamos campamento, con la esperanza de llegar a la Bahía Grande al otro día. Eso significaba ingresar ya en la Argentina. La geografía es exactamente la misma pero algo se mueve en el cuore cuando se reingresa al pago. Seguimos en la lucha a brazo partido, en el sentido más literal porque el matorral era tremendo, y luego de diez horas de marcha sin llegar a la tan ansiada Bahía Grande decidimos acampar. Floren me pidió que controlara con el GPS cuántos Km. habíamos recorrido. Pedido fatal… porque habían sido apenas tres! Es cierto que este navegador satelital contabiliza en línea recta y la costa es terriblemente recortada pero resultaba medio deprimente saber que habíamos avanzado tan poco. Y si seguíamos así ni pintadas lograríamos llegar a Ushuaia en los siete días más que habíamos calculado. El problema era la comida, pensada con un poco de margen pero no tanto. Así comenzó, entonces, una dieta digna del Dr. Cormillot en tiempos de hambruna. A la mañana siguiente, con gran alegría, logramos llegar a la Bahía Grande.

Lago Fagnano - Lapataia - Ushuaia
Por suerte seguíamos con buen clima. A esa altura el problema de la cartografía estaba superado porque nuestros queridos amigos de Ushuaia nos habían enviado fotos satelitales, contábamos con cartas del IGM y los way-points marcados antes de partir. Sabíamos que había una antigua picada que llegaba a Lapataia, atravesando el Río Alto, Lago Alto y Río Pipo. Remontamos una enorme cascada por la derecha y comenzamos a subir y subir, dejando al Lago Fagnano a nuestras espaldas. Así fue que desembocamos en el Lago Alto, con mucha lluvia, y acampamos en el único lugar más o menos protegido que encontramos al lado de un bosquecito de lenga achaparrada. Continuamos la marcha hasta un paso y luego iniciamos el descenso al valle del Río Pipo, cuyas nacientes encontramos a media jornada de caminata. El paisaje es muy atractivo porque uno va encerrado entre montañas, hasta que ya nos encontramos en el valle propiamente dicho. Ahí la historia fue diferente porque nos topamos con inmensas castoreras, las "encadenadas", turbales y un caos vegetal. Ya pensábamos que en una jornada más arribaríamos al parque Lapataia pero por las dudas seguía la dieta rigurosa. Ese desayuno fue… una rica polenta con algo de leche. Lástima que todo en mínimas porciones. Salimos bien temprano y estaba todo congelado, una ventaja porque no nos hundíamos demasiado y podíamos avanzar a mejor ritmo. Seguimos bajando a orillas del Río Pipo e intentamos retomar la vieja picada que se nos había perdido. Fue medio milagroso encontrarla y con esto logramos acelerar la marcha porque abandonamos la zona complicada y subimos al bosque de altura. 

Ese día tampoco logramos llegar a Ushuaia y decidimos acampar en un lugar paradisíaco, junto al río, en medio de un bosque con lengas y coihues gigantescos. A la mañana siguiente la expectativa de desayuno era por demás desalentadora: media sopa de espinaca!
 En el camino íbamos diciendo qué era lo que íbamos a comer primero cuando encontráramos la casa del guardaparque. 
Teníamos la idea –totalmente equivocada- de que ahí había un almacén y ese era nuestro primer objetivo. La picada medio borrosa al principio se convirtió en una senda bien marcada y bien embarrada. Vimos bosta fresca y muchas pisadas de caballunos, con lo cual empezamos a chapotear y a ensuciarnos cada vez más. 
En un momento dado hubo que hacer cuerpo a tierra para atravesar unos árboles tumbados y completamos el camuflaje. Finalmente, cerca del mediodía, aparecimos en la zona de acampe del Río Pipo, en el parque Lapataia. Era lunes y por supuesto no había ni un alma. Tomamos el último de té que nos quedaba y con gran entusiasmo y trancos de avestruz seguimos el camino de ripio hacia la ruta 3 que comunica con Ushuaia, a unos 20 Km. 


Rosa María en Paso de los Tres

 En eso oímos un motor y corrimos hacia la ruta para hacer dedo. Era un auto muy elegante con tres hombres, que ya nos hacían señas de que no iban a parar, pero pusimos las manos en señal de súplica y se compadecieron. La primera pregunta fue: "¿De dónde vienen con tanto barro?" y, al saber de nuestra travesía nos dijeron que nos llevaban a Ushuaia. Resultaron ser un remisero, un guía y un pobre turista que tuvo que aguantar el enchastre que dejamos. Así fue que en forma casi milagrosa logramos llegar con rapidez a la casa de nuestros amigos en Ushuaia para empezar a deleitarnos con buena comida y buenos baños.

Finalmente tomamos el avión a Buenos Aires y por unos cuantos días no probamos el arroz!

A los quince días unos amigos nuestros fueron de paseo a Ushuaia. Contrataron una combi y, cuando estaban en el parque Lapataia, el chofer y el guía les comentaron: "Saben que acá hace dos semanas juntamos a unas hermanas que venían de una travesía larguísima. Y no se imaginan el aspecto que tenían; eran puro barro del cuello para abajo." Y ahí nuestros amigos pensaron que debíamos ser nosotras y, con las señas particulares, confirmaron la sospecha. Se ve que quedaron muy impactados… no con lo que habíamos recorrido sino con la costra que tuvieron que limpiar de los inmaculados asientos!


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